sábado, 9 de junio de 2018
La música popular del Perú
lunes, 4 de junio de 2018
¿Criollismo o criollada? Sobre la actual situación de este género

La pasión futbolística ha desatado una ola de nacionalismo que hace mucho no vivíamos los peruanos. Eso no es invento nuestro: lo viven todos los países del mundo, y es algo fomentado por todos los Estados sin excepción. No digo que no sea natural: el amor a la tierra, a lo propio, lo es. Lo que es exaltado es el nacionalismo, una vinculación extrema hacia una idea de identidad llamada patria o nación.
Para el anarquismo esa idea de nación o de patria es perniciosa, y argumentan que el ser humano está preparado para vivir sin una macro organización puesto que le basta ponerse de acuerdo de manera inteligente para que todos sean libres de vivir como quieran sin que existan leyes que lo dispongan y normen. Los filósofos griegos estoicos se llamaban a sí mismos "kosmou polites" o ciudadanos del mundo porque decían que no tenían que sujetarse al hecho de haber nacido en determinado lugar y tiempo y que por ello se sentían más libres que los demás.
Más fuerte que nuestros deseos
Pero a pesar que esa idea siempre ha rondado la cabeza de mucha gente, y no sin razón, lo cierto es que nos guste o no nacemos humanos e hijos de una madre determinada a quien no se puede dejar de amar por lo que es y por lo que nos dio. Si somos lo que somos es porque ella (o él) así lo quisieron, y actuamos de acuerdo con eso sin poder evitarlo. Nacer no es un acto voluntario y nadie nace donde quiere ni como quiere. Por lo tanto el amor, el afecto hacia lo que nos dio la vida, es natural, tal como lo demuestran todos los animales.
Primero somos masa, después individuos
Pero tampoco somos solo hijos de nuestra madre natural sino también ella forma parte de un contexto llamado sociedad en la cual vive y a la cual nos inserta casi siempre con éxito. Mucho antes que tomemos conciencia de nuestra individualidad lo que somos es parte de un todo, de una masa no diferenciada y nuestro mayor esfuerzo lo dedicamos a "hacer como hacen los demás", a imitar, a aprender de otros cómo tenemos que vivir. Sin esa actitud natural no aprenderíamos ni a caminar ni a hablar ni nada; nuestra primera noción no es individual sino colectiva.
Solo después, en nuestro proceso filogenético, es que nos hacemos individuos, cuando tomamos conciencia que además de ser parte de un todo somos también seres autónomos, con capacidad de pensar y actuar al margen de lo que indiquen las mayorías. Muchos animales también tienen esa facultad, en especial los mamíferos, de modo que eso es exclusivo del ser humano. Pero esa individualidad no nos hace ajenos a nuestro medio puesto que es muy difícil, si no imposible, llegar a vivir completamente solos; un ser absolutamente solitario es un ente destinado a su desaparición, es el expatriado o expulsado condenado a la muerte en vida. Por lo que necesariamente nuestra realización como seres vivos tendrá que ser siempre en sociedad.
¿Y qué hay de la música criolla?
Pero ¿qué tiene que ver esto con el criollismo? En que la expresión de una sociedad se manifiesta muchas veces en sus manifestaciones culturales, una de las cuales es la música. En el caso concreto actual, la música criolla se ha convertido en un símbolo patrio dejando de ser lo que fue en sus comienzos: una expresión popular de fiesta, de amor y de pasatiempo. Esto por un lado puede significar que dicho género se ha realzado obteniendo una categoría superior a la que tenía, pero por otro lado ha sufrido también una transformación que, quiérase o no, la ha deformado.
Porque las expresiones musicales populares suelen caracterizarse por ser espontáneas y un reflejo del momento en que se vive; son un termómetro o una manifestación que demuestra el sentir de aquellos que no encuentran otra forma de dar a conocer lo que sienten y piensan. Y si estas empiezan a ser constreñidas por un Estado que requiere de mecanismos de unión o de uniformización el resultado es que adquieren un carácter o "cliché" que las aleja de lo que originalmente fueron. Ha pasado siempre en distintas ocasiones en la historia en que el Estado se apropió de una determinada música y la convirtió en un símbolo nacional.
Cuándo nació la criollada
Con la música criolla peruana ha ocurrido esto. Durante la época de Velasco se buscaron distintos elementos que contribuyeran con su ideario nacionalista y uno de ellos fue la música. Ello recayó en la creatividad de un compositor, Polo Campos, quien contribuyó con el pedido de crear canciones criollas de exaltación patriótica que fueran con la línea aquella. Polo Campos no era un cualquiera. A pesar de su origen ayacuchano alcanzó un éxito extraordinario surtiendo de melodías a la industria fonográfica peruana que estaba necesitada de temas que, por su llegada, fueran vendibles y así resultara un buen negocio invertir en ellas.
Esa resultó ser la era de oro de la música criolla pero también su fin. Se la transformó de ser una manifestación de una forma de vida (criolla) a ser únicamente una "canción", un valse, festejo o polca, desligándola de sus raíces y causales. Ya no era el criollo quien la creaba y entregaba a la sociedad sino el "especialista en crear música criolla para las ventas" el que instalaba el género en el imaginario colectivo nacional. ¿El resultado? Mientras que la industria del disco desapareció hasta el día de hoy la idea de música criolla vinculada a la fiesta, diversión, jarana o juerga quedó entre la gente, así como la idea de que "es patriótica".
Cómo se ve a la música criolla
Por supuesto que toda canción puede ser patriótica (como lo demuestran muchos valses hechos durante la Segunda Guerra con Chile así como la denominación de "marinera" creada por Gamarra) pero eso no la vuelve "patriotera", y hoy por hoy, si hay alguna música "patriotera" esa es la criolla, aquella que utilizando letras elementales y pegajosas demuestra una "peruanidad" que casi solo sirve para los eventos deportivos, nada más. Los "criollos" son ahora personajes pintorescos dedicados, como si fueran "personal trainers", a levantar el entusiasmo por los símbolos patrios apoyando, quieran o no, a todos los gobiernos de turno.
¿Qué se ganó y qué se perdió?
Se ganó en popularidad masiva, porque tanto en las barras bravas como en las reuniones familiares se opta por esta expresión salpicada de licor, bulla, gritos y fanfarria entendiendo que el criollismo es para destapar nuestros instintos más primitivos envueltos en una bandera. Pero se perdió todo lo demás: el afecto, la pasión, la poesía, el retrato popular, la sensibilidad, el cariño, la sutiliza y sobre todo: la inteligencia. Una letra más o menos bien escrita resulta ser "demasiado complicada" para saltar y gritar en un partido de fútbol. Canciones como las de Chabuca Granda, la máxima expresión de cultura en dicho género, son detestadas por muchos músicos por ser "muy tristes y aburridas", solo para pituquitas delicadas.
Si hay alguna explicación a la decadencia de la música criolla peruana actual es por causa de su vulgarización patriotera y por la idea comúnmente aceptada que "es para la juerga" y no para el cerebro, para el alma ni para cualquier otra cosa. La juventud prefiere el género rap o hip hop (que nada tienen que ver con nuestra realidad) para expresarse, aunque esto dista mucho de llamarse música y aún está a años luz de ser poesía. No opta por lo criollo porque no lo ve "serio", y muchos artistas no se dan cuenta de ello y prefieren dejarlo así. Los pocos cultores "privados" de los llamados centros music
ales se dedican más a una labor de investigación histórica (canciones "del pasado") como si el solo rescatar lo antiguo fuera suficiente. Conocer el pasado es fundamental siempre y cuando se mire hacia el futuro. Quedarse en él es condenarlo a la muerte.
martes, 13 de marzo de 2018
La canción de autor, o trova, en el Perú
lunes, 20 de noviembre de 2017
Todos necesitamos de un sueño
jueves, 30 de julio de 2009
Derechos de autor y decadencia del arte en Occidente

El mundo del arte contemporáneo está plagado de leyes y de derechos de autor que buscan que los artistas ganen un dinero que supuestamente les es legítimo. Pero en nuestra opinión el arte no es ni puede ser propiedad de nadie. Es un trabajo colectivo hecho por toda la humanidad. Es como si un zapatero nos cobrara, no solo por arreglar nuestros zapatos, sino también por usarlos, ya que él se dedica al arte de hacer zapatos. En nuestra opinión los artistas no hacen mal cuando cobran por sus servicios. Tampoco cuando se agremian para ayudarse en sus necesidades. Pero sí cuando pretenden tener derechos sobre sus obras más allá de los que les corresponden. Imaginemos que los poetas estuvieran amparados por una ley que les permitiera exigir dinero a todos los que usan la poesía para cualquier tipo de actividad: para enamorar, para pensar, para hablar, para enseñar, etc. Lo que hay aquí es un mal entendido derecho a la propiedad y al justo precio.
Pero ¿quiénes crearon esos derechos y actualmente los usufructúan? Pues todo se origina en las grandes empresas norteamericanas las que, ansiosas de recuperar sus inversiones y obtener aún más dividendos, inventaron dichas leyes y luego las extendieron a todo el ámbito artístico. Esto no debe sorprendernos pues se trata de la lógica del mercado, donde todo producto debe generar un beneficio económico. El arte y las obras que este produce cayeron en manos de los comerciantes quienes hoy lo manejan como una industria más. Este mismo criterio se trasladó hacia los artistas y estos, a su vez, se han convertido también en comerciantes de sí mismos.
El nuevo rico
Sin embargo todos sabemos qué pasa cuando, de la noche a la mañana, a un individuo común se lo convierte en mercader de lo que hace: le brota la ambición y el desenfreno por obtener más dinero. Los artistas en general, y los creadores en particular, se sienten hoy con derecho a poseer fortunas debido a lo que hacen; pero eso ha convertido al arte contemporáneo de Occidente en una producción de fruslerías en el cual el único objetivo es vender y vender. Ya no importa qué es lo que se hace: el único valor real y objetivo es el dinero.
Todo es privado
Y esta ambición por la posesión privada de la naturaleza se extiende incluso hasta a las moléculas de la vida, las cuales son ahora patentadas como si de inventos se tratase, y ningún ser humano puede emplear el género de vida que de ésta provenga. Es decir: si alguien, por ejemplo, siembra una papa y no sabe que ésta ha ya sido registrada por una empresa privada terminará, sin saberlo, siendo multado o yendo preso por delincuente. Llegamos entonces a la conclusión que, tanto un delito como una falta —y por qué no, hasta el mismo “mal”— solo existen cuando se crea la ley que les da nacimiento. Esta es la idea que ampara a quienes, con la ley en la mano, convierten automáticamente en criminales a aquellos que contravienen el derecho a la “propiedad”.
El declive
Y así, desde los años 80 hasta la actualidad, casi todo lo que se ha creado en el mundo occidental y aledaños está impregnado de esa visión, de esa manera de pensar. Ningún género artístico se ha salvado; todos apuntan al mismo blanco: a la economía. Todos los artistas, jóvenes o no, solo conciben su arte en función del mercado. Por eso se vuelven lobos que protegen sus presas con los dientes. El arte actual no es más que la demostración clara de la más profunda decadencia en que se encuentra Occidente.
El mendigo que se vuelve millonario
En el caso particular del Perú, este afán por ganar dinero a través de las leyes tiene su más viva expresión en la Ley de protección de los derechos de autor que usufructúa la Asociación Peruana de Autores y Compositores (APDAYC). Cuando la propiedad musical se posesionó súbitamente de unos individuos de humilde condición —quienes no estaban preparados para la administración de una economía de ese tipo sino solo para la creatividad y el disfrute de la música— se repitió así el caso del pobre que de un momento a otro tiene la posibilidad de obtener plata y pierde la cabeza, descarrilándose luego. A partir de esto la calidad musical del autor peruano desapareció; surgió en cambio el interés por surtir al mercado, por darle pan y circo al pueblo, por alimentar al negocio de la música, por generar ante todo una rentable economía basada en el sonido. Ahora todo se ha vuelto baratija; los géneros en sí ya no interesan; solo cuenta la efectividad, el consumo, las cifras de venta. Todo aquello como la profundidad, el cuidado, la poética, el mensaje quedó de lado ante la necesidad de “llegar al primer lugar”, de “alcanzar el éxito”, de ser un producto masivo para las mentes más elementales posibles.
Aparte de dinero, nada
Así como los años 60 fueron una luz que iluminó el panorama del alma humana, desde el “triunfo” del Capitalismo de los 70 hasta la actualidad la oscuridad total ha inundado todos los rincones del valor humano. Ya no existen los auténticos artistas: son solo best-seller, grandes vendedores de algo. Todos son productos, objetos de consumo, todos tienen un precio. Los críticos, parte del engranaje del sistema, solo se dedican a alabar cada 5 segundos a un "nuevo genio" o a alguna "insuperable obra" recién salida al mercado. Pero cuando se hace una evaluación de lo realizado durante los últimos 30 años solo encontramos repeticiones, deformaciones, remedos, y añoranzas, mas ninguna obra de arte que sea siquiera comparable con las que se hicieron a comienzos del siglo XX.
martes, 7 de julio de 2009
Cuando un ídolo muere
Resulta sintomático que, en plena crisis económica que afecta principalmente la estructura del sistema capitalista un ídolo popular como Michael Jackson pase a mejor vida. Son esas confluencias de la vida que parecieran ser llevadas por una mano misteriosa que intenta decirnos que los hechos nunca son aislados. Con Jackson se va también mucha historia y un modelo de hacer dinero a través de la música.
Recordemos que todo empezó con el invento del fonógrafo, cuando se vio que ese aparato que reproducía el sonido podía convertirse en un buen negocio. La tierra más fértil para tal pensamiento no podía ser otra que Estados Unidos, una nación que surgió primero como una esperanza para los que buscaban un mundo mejor y que terminó siendo el mercado ideal que las nacientes ideas capitalistas necesitaban para imponer la Modernidad comercial. Hasta antes de dicho aparato la música no ocupaba otro espacio que el que siempre tuvo a lo largo de la historia de la humanidad: las plazas y los palacios de los poderosos. La música era indesligable del músico en vivo y había que contar con él inevitablemente.
Nace un producto
Todo cambió con la comercialización del fonógrafo. El músico ya no fue necesario más que para la grabación inicial. A partir de ahí su obra podía ser escuchada de un modo infinito, mientras se pudiera reproducir lo grabado. Surge entonces, en ese momento, el negocio de la música, un negocio que en sus inicios fue modesto pero que a la larga alcanzó una magnitud insospechada. Con el tiempo los gestores y dueños de este comercio se dieron cuenta que habían otros elementos complementarios además de la música y que también rendían dividendos. En ese momento nació el llamado merchandaising musical, toda la parafernalia colateral alrededor de la música.
De artista a personaje
Fue así que, de haber sido los músicos simples empleados para las fiestas y celebraciones oficiales y populares, pasaron a convertirse en figuras especiales, en superdotados convertidos en héroes para millones de personas. La industria necesitaba superlativizarlos para poder venderlos como objetos maravillosos. En torno a ellos se inventó toda una serie de elementos que iban desde la leyenda hasta la vida tormentosa que tanto atrae a la gente. Un artista, para ser vendedor, tenía que tener atributos adicionales además de su propio arte. Muchos no pudieron atravesar esa barrera porque no encajaban en el nuevo arquetipo del artista. Eran demasiado modestos, físicamente poco atractivos y carecían de “defectos” que hacen el encanto del ser humano común y corriente que no los puede tener por estar más allá de su capacidad de solventarlos.
El comprador decide
Es de este modo cómo, entrado ya el siglo XX, los artistas populares lentamente dejaron de ser señores adustos y muy profesionales para convertirse en lo que el imaginario del consumidor, del comprador de sus productos, quería. Quedó solo para la llamada música clásica todo aquello que el pueblo no podía asimilar por su excesiva complejidad y lejanía con el pueblo. Los Bach, los Mozart, los Paganini y los Verdi fueron sacados del olimpo de los dioses por no encajar dentro de los esquemas del consumo masivo. En su lugar se colocaron los cantantes populares, jóvenes y hermosos, que satisfacían intereses más allá de los meramente musicales.
Cuesta abajo
Llegamos así a inicios del siglo XXI, en el que la industria, que tanto dinero reportó a los bolsillos de los conductores de las empresas de sonido, se ven afectadas por otro invento: la Internet. Si bien no es un golpe mortal, dio inicio a la decadencia del negocio por cuanto ya no es posible hacer las grandes cifras de antaño. El pináculo de esa época fue el señor Michael Jackson, quien fue el responsable de crear los éxitos más lucrativos de la historia de la música. Fueron los tiempos dorados en los que el consumo se elevó a cifras nunca antes vistas. Pero también el fue el punto culminante a partir del cual todo sería cuesta abajo. Ya no fue posible dominar el soporte donde la música se guardaba. Ahora se podía acceder de manera gratuita, sin que le productor cobrase por ese servicio.
Vidas de ensueño
Hoy el negocio ya no es como antes aunque aún produce millones, fundamentalmente por las llamadas regalías por la reproducción en otros medios (como la televisión, la radio, etc.) y por la publicidad y las entradas a los conciertos. Sin embargo el viejo disco, el elemento donde se encuentra el sonido, ya no es el centro de las ganancias. Pero a pesar de eso quedan todavía las ilusiones, las fantasías y los sueños que esos músicos, convertidos en seres casi mágicos, provocan en el ciudadano común. Al igual que los gladiadores del circo romano o los poetas de edad de oro griega, los artistas populares concentran todos los afanes y frustraciones del hombre contemporáneo.
Todo pasa
¿Qué hay de cierto en todo esto? La misma certeza que existe en la fantasía y en las esperanzas de las mayorías. Todo ello se desvanece pronto, todo demuestra lo efímero y lo frágil del tiempo vivido. Quedará en la memoria de los que lo experimentaron, pero las nuevas generaciones solo lo verán como una referencia, como un pasado extraño e incomprensible, algo propio de sus progenitores y de cómo ellos veían el mundo cuando eran jóvenes. El negocio cambió, el mundo también y las emociones vividas se desvanecerán al igual que las de los humanos de hace miles de años quienes también pensaron que su tiempo era infinito.
El alto precio de la fama
Artistas como el señor Jackson, lo mismo que otros en la música y en el deporte, solo fueron instrumentos al servicio de una industria y pagaron el precio por ello. Convertirse en productos sacrificando sus vidas comunes nunca será algo fácil de soportar y normalmente acaba por consumir el sencillo espíritu del artista para quien, el único objetivo de su vida, era hacer su arte, no asumir un papel que exigía dedicarse más a lo superficial y colateral que al fondo de su oficio. Sin embargo, a pesar que esto se sabe muy bien, muchísimos individuos, casi siempre con muy pocas aptitudes artísticas, están dispuestos a ser tratados de la manera que sea con tal de convertirse en esos productos, semejándose a esos esclavos que, voluntariamente, se acercaban a las subastas para ofrecer sus servicios al amo que lo deseara.
viernes, 29 de mayo de 2009
Sobre la música chicha y su transformación en "cumbia"
La música es un elemento vivo de la humanidad; se retroalimenta cruzando todas las fronteras: las físicas, las ideológicas y las estéticas. Grandes compositores académicos europeos y norteamericanos (los llamados "clásicos") basan muchas de sus obras en manifestaciones musicales de distinta índole, raza, cultura, sociedad y tiempos.
Pero también es cierto que existen los períodos donde se dan predominancias diversas. Lo más común es que éstas épocas las determinen los imperios y culturas dominantes, quienes impondrán, por lógica, sus propios gustos y visiones de la vida. A esto se le llama moda.
Un ejemplo clásico de cómo los gustos y preferencias navegan por las sociedades es el del tango, y su historia es lo que más se asemeja a nuestro caso. El tango era una música de "arrabal", creada por los negros esclavos argentinos (que también crearon la milonga) la cual tenía aceptación solo entre los sectores más pobres de Buenos Aires (principalmente, entre los emigrantes europeos). Sin embargo, por esas cosas del destino, su más alto representante llamado Carlos Gardel, nacido en Francia, tuvo el genio musical suficiente para encandilar a la clase alta francesa, la más culta de su tiempo. El mismo Rey de Francia le pidió un "bis" cuando cantó ante él en su gira a Europa. Al regreso de la misma el tango, de ser una música despreciable en los ambientes cultos de la capital, se convirtió en "la favorita" (no podía ser menos, si el mismo Rey de Francia la cantaba) y de allí saltó a la fama universal. Fue la venia europea la que convirtió a este género en lo que hoy es. Algo parecido le ocurrió a la hoy innombrable "chicha" cuando triunfó en Italia (“La colegiala”).
Un segundo caso notorio es el de el rock norteamericano (originalmente llamado rhythm and blues). Música de esclavos negros, despreciada por el mainstream gringo, tuvo que blanquearse para poder ingresar al mercado "blanco" y convertirse en el gran negocio que es hoy. La fórmula mágica se llamó Elvis Presley (el Gardel norteamericano) quien estableció ese puente cultural al poner la voz de negro al cantar. Sin Presley no existirían los Beatles, sus admiradores, y por lo tanto, no existiría toda la historia que hoy conocemos.
El proceso musical peruano está en plena maduración y ha llegado, como en los casos del tango y el rock, a salir de los arrabales o los barrios marginales de donde nació a los lugares más exclusivos de la sociedad. A partir de aquí viene la siguiente etapa donde los sectores más pudientes suelen asumirla como suya y la trabajan incorporándole otros elementos. Esto hace que esta música se enriquezca. El paso final, como suele ocurrir, es cuando los compositores académicos la empiezan a usar como base para sus futuras creaciones, cosa que enriquece a todos, tanto al pueblo que la creó como a la clase superior que la enalteció.
Según esto, entonces, la aparición de grupos como Bareto pareciera que nos anuncia la pronta llegada de algún Gardel o Elvis que convertirá a la antigua “chicha” en una nueva forma de expresión musical que será el aporte del mundo andino a la cultura universal contemporánea.
De gritos y de música: los Jona’s Brothers en Lima
Este acontecimiento de los Jona’s Brothers me suscita una reflexión. Recuerdo que de niño me obligaron a acompañar a mi hermana a un cine. Renegando estaba yo rodeado de cientos de chiquillas adolescentes sin saber a qué se debía ese alboroto cuando de pronto, en la pantalla de aquel local hoy desaparecido, aparecieron las figuras de cuatro muchachos ingleses melenudos cantando extrañas canciones.
Los gritos eran tan estrepitosos que apenas sí se escuchaban las melodías, pero no puedo negar que, a partir de ese día, ese sonido se convirtió para mí en algo estremecedor, que podía oír incesantemente durante todo el día sin agotarme. Eran los Beatles.
Como comprenderán, en ese momento lejos estaba de mí el verme atraído por sus caritas o por sus gestos, pero no podía evitar sentir algo emocionante por su música. Aún ahora, tantos años después, cuando las escucho, siento la misma emoción por la belleza que todavía producen en el alma de quien las oye.
Los años 60 fueron una época de gloria cultural y de creatividad, donde se cambiaron los patrones y las costumbres; donde la juventud irrumpió con una actitud antes nunca vista: con su propia voz, su propio pensamiento. El pináculo de todo eso fue Woodstock, cuando miles de jóvenes se reunieron para cantarle al amor, a la vida, a la libertad y a la paz, sin ningún otro fin que ello mismo. Visto con los ojos del tiempo, aquello fue un ritual, una ceremonia donde los sumos sacerdotes eran los músicos, iluminados por una fuerza especial que daba el sentimiento de esa época.
Pero estamos en el siglo XXI y hoy domina el mercado. Todo funciona alrededor de él y para él. Nada de lo que ahora se hace puede dejar de ignorarlo, bajo el riesgo de simplemente no existir. Estamos en el imperio de los mass media, donde todo lo que sus dueños dicen se hace y se consume. Los artistas auténticos, esos seres libres imposibles de domesticar para el servicio de las ventas, están expulsados de esa maquinaria por rebeldes e indomables. Son reemplazados por productores y managers conocedores de las reacciones sicológicas de las masas quienes elaboran los productos indicados como quien crea un nuevo tipo de chocolate. Ellos controlan todos los espacios, todo el sonido que se escucha sobre la Tierra; y no hay posibilidad para que alguien que no pertenece al sistema se pueda dejar oír.
Es cierto que, ayer como hoy, las jóvenes adolescentes siempre gritarán y correrán donde hay muchachos guapos cantando; pero no todos podrán ser como los Beatles, los Stones, los Who y hasta los Monkees, quienes, a pesar de haber sido creados por la maquinaria norteamericana, nos dejaron un legado musical que, pasado el tiempo, increíblemente ha sobrevivido. Sí pues, era música; tenían calidad.
