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jueves, 15 de marzo de 2018

Verdad, ciencia y paradigmas

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Al respecto del control sobre las investigaciones de fenómenos desconocidos


Si bien es conocida y aceptada en parte la idea de que los llamados "paradigmas" se imponen en cada época y sociedad eso no quiere decir que la ciencia se abra paso por sí sola; lo que sucede es que lo que cambia es el poder (como del eclesiástico al burgués en el caso de Europa) y es ese nuevo poder el que establece aquello que es "lo verdadero" de la ciencia.

"La ciencia" en realidad es solo un constructo mental, una palabra que pronunciamos o escribimos; pero lo real y concreto, su aplicación, está a cargo de quienes deciden qué de lo que se sabe "es oficial" y qué no. No basta con que un científico aislado en un laboratorio descubra algo; ese experimento, ese estudio, por más que esté bien hecho, puede ser visto como una amenaza, un peligro para determinadas entidades comerciales (laboratorios) o estatales (el ejército) y por lo tanto se lo "silencia", se "confisca" y se margina al susodicho científico. El caso Galileo, que ilustra esto, sucedió en la era pre moderna, pero el caso Tesla ocurrió ya en la era moderna.

Los científicos entonces son solo los obreros que trabajan sobre la materia; sus resultados necesariamente tienen que pasar todos por el tamiz del poder. Pero el poder no solo es el Estado: es principalmente el establishment, que es más que un gobierno (que es algo pasajero) o un Estado (que implica solo un ámbito local). Como sabemos, las revistas internacionales de ciencia, los grandes laboratorios, las instituciones de investigación, universidades u ONG privadas tienen dueños que no conocen fronteras, y sus representantes son quienes "aprueban o desaprueban" las investigaciones dependiendo del grado de implicancia que ellas tengan para el normal funcionamiento de la sociedad de mercado. Más importante que los descubrimientos en sí es la evaluación de si eso afecta o no los intereses y el control de dicha sociedad. Exactamente igual que lo que ocurrió con Galileo pero con un sentido más "comercial", menos religioso.

De modo que ideas como que "la ciencia se abre paso" son solo puras fantasías, simples creencias que albergan muchos de los que todavía, ilusamente, desligan la ciencia del poder cuando en realidad son un binomio indisoluble. Lo que le faltó en sus análisis al filósofo Thomas Kuhn, creador de la noción de “paradigma” en su obra La estructura de las revoluciones científicas, fue el factor político en la ciencia debido a que muchos de los "teóricos" como él cometen el error de creer que el estudio de la ciencia es algo puramente ajeno a los intereses humanos, como si trataran con un problema matemático o con jugadas de ajedrez.  

Desde siempre se ha dicho que "conocimiento es poder" y la ciencia hoy más que nunca significa únicamente poder (revisemos el caso de la creación de la bomba atómica en Álamo Gordo y sus ilustres personajes como Fermi, Oppenheimer o Einstein manipulados por Truman). De modo que si algún día cambian los "paradigmas" no será para que la ciencia sea como quisiéramos que fuera, clara e imparcial, sino para que sea lo que siempre será: el reflejo de la sociedad que existe en ese momento.

En conclusión, los cambios de "paradigmas" no se dan realmente en la ciencia sino en el poder, el cual necesita incorporar nuevas formas de entender la realidad pero orientadas de acuerdo con sus intereses.


martes, 13 de marzo de 2018

La canción de autor, o trova, en el Perú


El siguiente es un comentario surgido a raíz del artículo “Canción de autor en España: memorias off the record” publicado en Internet  por autor no especificado con la intención de dar un punto de vista particular sobre dicho fenómeno en el ámbito peruano.

La expresión musical llamada Trova se remonta mucho más atrás en la historia del hombre, y se sobreentiende que no ha habido pueblo que no haya contado con un poeta o un trovador que cante sus vicisitudes y conserve su memoria.

En el caso particular de Occidente, la historia de los trovadores ha sido variada y compleja, habiendo pasado por diferentes etapas que van desde las más sencillas y opacas (poetas cantantes que iban de pueblo en pueblo viviendo con lo que podían) hasta las más notables (los juglares en la Edad Media europea que eran recibidos gratamente en las cortes como vehículos de información y distracción). Más contemporáneamente esa función la desempeñaron jóvenes cantantes de la pos guerra cuyo éxito despertó la ambición de las casas disqueras.

La influencia y presencia de los trovadores está necesariamente vinculada al curso de los acontecimientos históricos que determinan el grado de importancia e influencia en cada una de sus sociedades. En el caso de Norteamérica, las guerras mundiales y la proliferación de lo medios de comunicación produjeron una etapa de cambios en la década de los sesenta. Una manera de canalizar esa situación fue el surgimiento de los poetas-cantores quienes emplearon el rock y el folk para comunicarse. Este fenómeno se prolongó hasta comienzos de los años setenta para, finalmente, ser absorbido por la maquinaria económica que, eliminando su contenido poético-político, hasta la actualidad viene empleando solo su forma y su estructura musical (las consabidas fórmulas de grupos rock con indumentaria y gestos desaforados, elementos que se dirigen de manera exclusiva a los jóvenes, en vista que son ellos los grandes consumidores y sostenedores de la industria de la música).

Como consecuencia de ello se puede decir que, actualmente, los poetas-músicos auténticos de las grandes ciudades han vuelto a sumergirse en las oscuridades de la sociedad comunicando, a solo unos pocos, cuáles son los verdaderos sentimientos, deseos y frustraciones del ser humano contemporáneo (la llamada cultura subterránea). La sociedad de mercado no los necesita y por eso los ignora, creando a su vez ciertos sustitutos que consuelan a quienes buscan mensajes y sensaciones más fuertes que las románticas melodías convencionales (en el ámbito de habla hispana se pueden identificar personajes como Sabina, Andrés Calamaro, Charly García, Ismael Serrano, Fito Páez, Alberto Plaza y, muy particularmente, Ricardo Arjona, por poner solo algunos ejemplos). Estos apenas rozan la verdadera realidad del hombre contemporáneo; no llegan a cuestionarlo.

Todos estos “trovadores” están incorporados al sistema, respetan puntillosamente sus reglas y se benefician de ello, mientras que la gente ¾su público consumidor¾ piensa que a través de ellos y de sus mensajes están siendo reflejadas sus propias vicisitudes (pero, en verdad, solo muestran una parte de ellas, las románticas y las de rebeldía adolescente, ignorando las más radicales, aquellas que determinan los verdaderos acontecimientos de la vida humana). La razón es que, si mostraran eso, afectarían directamente a los intereses de sus casas disqueras pues estarían cuestionando la cosificación del ser humano y la sociedad de consumo.

Ahora bien, en el caso particular del Perú, es indudable que, al igual que en todas partes, ha tenido trovadores de toda clase según su devenir histórico. En la época prehispánica cuenta Garcilaso que, en el imperio incaico, esta función la ejercían ciertos poetas ambulantes denominados en quechua como "arawix". Es obvio que deben haber habido infinidad de formas y variantes de cantantes e intérpretes de la historia y acontecimientos andinos. Ya en la época hispánica surgen varios movimientos de expresión popular como el llamado Taki Onqoy; éste era una danza acompañada de letras de carácter reivindicativo y venía a ser subversiva para la colonia (puesto que quienes participaban en ella eran trovadores-bailarines que iban de pueblo en pueblo recordando lo grande que había sido el imperio incaico y de cómo tenía que hacerse para regresar a él, expulsando a los españoles; se trataba, entonces, de una “música protesta”, razón por lo cual fue combatida y suprimida).

También existieron otros tipos de músicos trashumantes quienes, cargando sus arpas, violines, vihuelas y guitarras, compusieron una serie de melodías, historias y poemas que, hasta la fecha, se recuerdan sin que se sepa el nombre de sus autores. Hoy se puede ver a esos trovadores pero principalmente en las zonas más humildes y apartadas de las grandes urbes: en las caletas de pescadores, en los pueblitos del interior y en los villorrios. Igualmente es posible encontrarlos en alguna feria popular, en eventos familiares o en los bares y cantinas amenizando alguna reunión. Pero, como es de esperarse, sus apariencias no encajan con lo que industria de la música exige, motivo por el cual no se les reconoce oficialmente como “artistas” sino solo como “músicos populares”.

A pesar de ello, irónicamente sus creaciones constantemente están alimentando al "star system", el cual se encuentra conformado por los intérpretes que sí se incorporan a las estructuras reguladas del sistema. Por eso es que se dice que la verdadera inspiración siempre “viene del pueblo y va hacia él” (César Vallejo, poeta peruano). Pero eso sí: la industria del disco no acepta canciones con letras comprometidas que tengan algún tinte político o reflexivo. Rara vez logra darse algo así y eso solo cuando un determinado fenómeno es ya imposible de ocultar (como el caso de la canción “Flor de retama” del trovador Ricardo Dolorier, que fue un popular huayno-himno en la época de la subversión del grupo maoísta Sendero Luminoso). Quiere decir que los trovadores-músicos-poetas del pueblo siempre existen, pero viviendo al margen de los medios de comunicación, transmitiendo sus mensajes para unos cuantos privilegiados que los saben valorar y escuchar.

Finalmente, con respecto a influencia que tuvo la trova en su forma cubana en ciudades como Lima, el llamado movimiento Nueva Trova de Cuba (nacido en calor de la Revolución cubana y apoyado totalmente por el Gobierno, única explicación de su fuerza e impacto) influyó en los años sesenta exclusivamente en un sector de la clase media y media alta de Lima (que en aquel entonces era izquierdista-intelectual), por eso es que muchos de esos jóvenes imitaron dicho modelo intentando desarrollar movimientos musicales parecidos (hacían música popular con textos políticos, pero normalmente utilizando ritmos cubanos y argentinos). Fue en esa época que surgieron intentos notables como el del músico académico Celso Garrido Lecca, quien, apoyado por el espíritu nacionalista del gobierno de Juan Velasco Alvarado, formó la Escuela de Arte Popular de la cual surgieron artistas y grupos interesantes como Tiempo Nuevo (el cual estaba integrado en su mayoría por estudiantes de la Universidad Católica).

Por otro lado, se hicieron también esfuerzos personales pero con modelos más liberados del discurso político, como lo hecho por Chabuca Granda, cuya influencia sirvió para formar a los más identificables y renombrados cantautores peruanos hechos bajo dichos parámetros (que exigía el uso de ritmos propios del país): Andrés Soto de la Colina y Daniel “Kiri” Escobar. Ambos trovadores tienen en común el empleo de ritmos peruanos para expresar, no solo sus sentimientos, sino también situaciones sociales agudas de su propia sociedad (la marginalidad, la pobreza, el racismo, la injusticia, etc.).

Los años setenta fueron para ellos de apogeo, pues eran vistos como los “Silvios y Pablos” peruanos, siendo de este modo aceptados por la clase alta, ansiosa de ponerse a la moda y, en especial, cuidadosa de respetar la opinión de la aristocrática Chabuca (Isabel Granda Larco) quien los apadrinaba. Luego de esta primera generación, a fines de esta década, aparecieron otros dentro de la misma línea pero cuyos textos empiezan a despegarse del discurso marxista panfletario de los setenta y se acercan al intimismo y posmodernismo de los ochenta (entre ellos se puede mencionar a Juan Luis Dammert).

Con el pasar de la moda izquierdista empieza la era del todo vale, pues solo quedó el Capitalismo y la sociedad de mercado como único modelo político. Esto hace que la generación de trovadores urbanos limeños siguiente (Pepe Villalobos, Lino Bolaños, Piero Bustos, y otros) se dispersen, a mediados de los ochenta, por caminos diversos u opuestos. Los suceden trovadores más influenciados por el rock (como Daniel F o Rafo Ráez), que es la expresión musical más aceptada por la mayoría de jóvenes. Sus obras reflejan más bien la idea de la globalización (el mundo es uno solo y todos pasamos por lo mismo y a todos nos duele lo mismo) pero con un marcado acento urbano y personal (mi realidad es la misma de la de todos) lo cual logra captar a un importante sector del mercado contracultural.

En la búsqueda del mito de la universalidad, de lo globalizado, estos músicos se encuentran más desligados del contexto del país, de la realidad integral y de los problemas coyunturales particulares del Perú. Además evitan tocar las bases de la sociedad de mercado (solo la insultan), ignorando la existencia del mundo campesino no urbano y hablando solo del estilo de vida hedonista y relajado de los jóvenes de los noventa, para quienes su mayor preocupación es la bebida alcohólica y las diversiones. Por esas épocas se dio el caso que jóvenes que no vivieron las convulsiones políticas de los 60 redescubren la música de Silvio y éste se vuelve una moda. Las chicas más "pitucas" (adineradas) y cabezas huecas repetían sus canciones sin saber qué decían y de eso se aprovecharon muchos para montar espectáculos dirigidos a dicho segmento. Fue el tiempo del auge de Barranco (distrito bohemio de Lima) y de sus peñas,  donde lo más saltante era la frivolidad y el relajo, motivado también por el profundo miedo a la guerra subversiva.

Sin embargo, con la caída del líder de Sendero Abimael Guzmán y la sensación de estabilidad y libertad que ello produjo, la música de contenido en ese medio se hizo prácticamente innecesaria y llegó la era del canto a la sociedad de consumo y a sus valores. Desde ahí todo ha tenido que pasar por la medida de lo económico para que algo sea válido (“salvo el mercado el resto es ilusión”). Actualmente los trovadores urbanos se encuentran navegando en el dilema de estar entre la necesidad de participar activamente del proceso económico (hacer espectáculos, vender sus discos, atraer público y medios de comunicación) y la obligatoriedad de reflejar los verdaderos sentimientos y necesidades de su pueblo.

Sin este último factor dejarían de ser trovadores para pasar a convertirse en unos productos más del sistema, razón por lo cual hoy se vive una etapa de dudas, de polémica y cuestionamientos sobre cuál debe ser el verdadero rumbo a tomar con respecto a la trova. El modelo cubano ya se agotó y la sociedad exige una forma de expresión auténtica. Hasta que esto no se halle continuará la incertidumbre respecto a qué es en este momento la verdadera trova. A pesar de todo, como se dijo líneas atrás, los trovadores marginales siempre sobreviven a estos embates y continúan su labor, principalmente en los lugares más apartados del país.

lunes, 12 de marzo de 2018

Comentario al libro El Estadio de José del Valle González

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19 de enero del 2018

Toda obra de arte consta de dos partes: la forma y el fondo. La forma es el elemento con el cual se expresa una idea, que viene a ser el fondo. En la pintura la forma es el cuadro o la superficie más los colores y cómo todo esto se dispone. En la música son los sonidos y de qué manera se organizan. En el caso de la literatura son las palabras y el modo de exponerlas.

En este libro titulado El Estadio de José del Valle González encontramos que su forma es correcta; está bien redactado, es sencillo en sus expresiones y se encuentra al alcance de cualquier público mediana o escasamente instruido, lo cual es de por sí una virtud en estos tiempos en que la gente se inclina cada vez más por las lecturas rápidas y sintéticas que nos ofrecen las diversas pantallas que por todos lados nos acosan. Tiene un formato que es el de cuento-novela, pues es más larga que un cuento y más corta que una novela convencional, según mi particular apreciación.

Pero todo esto tendrá o no importancia siempre y cuando responda al objetivo central que es la razón de ser de la obra. Y aquí es a donde entramos en la parte del fondo, a la esencia que motiva el comentario sobre este trabajo. Antes de continuar, y a modo de plantear una intriga, citaremos una de las frases que quizá sea el leit motiv del libro en cuestión. Proviene de un pasaje de la Biblia, del Eclesiástico, el cual dice: “Todo lo que de la nada viene, a la nada vuelve; así el impío, del vacío vuelve al vacío. La dicha dura pocos días, pero el buen nombre dura para siempre”.

Diera la impresión de que el autor encontrara en lo profundo de este pensamiento una motivación para exponernos preocupaciones que van desde las dudas epistemológicas —la epistemología es una especialidad que estudia a la ciencia— sobre la capacidad de ésta para explicarlo todo, hasta el asombro ante nuestra peculiaridad humana de vivir siempre insatisfechos. Se trata entonces de un relato más cercano a la reflexión y a la moraleja, cosa con la que todos los cuentos siempre finalizan.

A propósito de esto, es bueno mencionar que la literatura es un arte que camina sobre  sus propios pies y no tiene por qué atenerse a la lógica de Hollywood o de Disney, empresas que suelen utilizarla impunemente para sus películas pero deformándola para adecuarla a sus fines que son reforzar lo “políticamente correcto”. Digo esto porque la narrativa y la cuentística real no siempre funcionan con los simplistas esquemas de “bueno-malo” a los que nos tiene acostumbrados la ideosincracia norteamericana, apegada a una moral puritana de clase media que espera recibir solo aquello que ésta entiende y pueda aplaudir. En la literatura, por lo menos hasta ahora, esa idea de ser una simple máquina de repetición de los valores y patrones culturales típicos de la mass media no es la que más se utiliza.

Este es el caso de El estadio, cuyo propósito no es el de arrancar de sus lectores un “qué lindo” ni una aprobación emocional al estilo de los libros de autoayuda, sino más bien el conducirnos hacia una situación en la que terminamos con más dudas y preguntas que cuando empezamos. Y es acerca de esas dudas y preguntas sobre las cuales quiero hacer hincapié más que en su exégesis literaria, en particular porque mi personal interés es la filosofía y ese es el campo en el que mejor me desenvuelvo.

Evitaré entonces contar la trama y más aún el desenlace puesto que ello es lo que precisamente hay que invitar a hacer, centrándome en aspectos puntuales que siempre son buenos resaltar ya que muchas veces los pasamos por alto. Previamente es necesario aclarar que el autor, Valle González, es físico de profesión así como especialista en metodología científica. Este dato es fundamental ya que ello explica la preocupación central de la trama que, a mi entender, trata acerca de la verdad, la realidad y cómo el ser humano las asume. Y ya que hablamos de la verdad, es imposible mencionarla sin nombrar también a su hermana gemela: la creencia. Una verdad en la que nadie cree no es una verdad, aunque ésta sea comprobada de mil maneras. Y además, contrariamente a lo que muchos piensan, así como podemos fanatizarnos con la verdad, o con lo que pensamos que ella es, también lo podemos hacer con su negación, con el no creer, posición aún más cómoda porque así no requerimos darnos ningún tipo de explicación. Al respecto de ello cito un pasaje del libro que dice: “A veces se es fanático por creer, pero también se suele ser fanático por no creer, aun cuando las evidencias estén al alcance de la mano.”

Y efectivamente, cuando la mente  no alcanza, cuando los argumentos no llegan a ser los suficientes, la actitud más común que asumimos es la de arribar a una conclusión que es casi siempre aquella que restablece el orden previamente alterado. A quién no le ha pasado que alguna vez en la vida se ha visto ante un suceso que no pudo explicarlo y que al final lo hemos resuelto mediante una alzada de hombros junto con un: “Me habrá parecido”. Esa respuesta, que obviamente no es ni real ni culmina el misterio, resulta una tabla de salvación ante fenómenos que, por diversos motivos, no tienen explicación para nosotros. En la obra, uno de los personajes principales, que es ciego, calma las preocupaciones de todos a través del razonamiento siguiente: “No he podido contemplar al mágico estadio ni lo veré nunca, pero creo en él porque también creo en las palabras de mis amigos y buenos vecinos y estoy convencido de que existe, al igual que existen cosas malas y buenas que están fuera del alcance del hombre.”

Lo que nos propone este razonamiento es que las cosas existen no solo porque las veamos o las toquemos, o quizá porque la ciencia lo diga, sino también, y sobre todo, porque mucha gente de confianza así lo dice y les creemos, lo cual podemos comprobar en la práctica cuando los alumnos de la universidad asumen la palabra del catedrático de ciencias como “verdadera” solo porque es el profesor de ciencia. A pesar que se les enseña que no deben creer subjetivamente porque alguien con autoridad lo diga, los nuevos científicos se forman diariamente en las aulas a través de la credibilidad en la palabra del maestro. Es, sin duda, una de las tantas paradojas acerca de qué es el conocimiento. Al respecto de ello, traigo a colación otra de las frases que nos brinda el libro: “…la ciencia históricamente ha explicado muchas cosas y cada vez las sigue explicando con más precisión, pero cuestionándonos siempre si los métodos científicos constituyen la única vía para descubrir la verdad absoluta…”

No hay que olvidar que esta es una obra contemporánea, escrita por alguien que conoce muy bien la estructura científica y que, por ello, sabe que no todo es lo que parece. A ojos del lego, al igual que le pasa al paciente ante el médico, el científico figura como aquel que puede tener todas las respuestas, como las tenía el cura medieval antes de la modernidad. Pero, al igual que solo los que trabajan en el teatro saben la diferencia entre las apariencias y la realidad, lo cierto es que la ciencia no es la que da las respuestas a todo, como lo suelen repetir los medios de comunicación, sino más bien lo contrario: la ciencia es la capacidad de asombro ante todo, el deseo de entender lo que se ve, la inquietud por descubrir que se sabe menos de lo que se creía. Diariamente se desechan miles de libros de texto científicos debido a la cantidad de nuevos descubrimientos que contradicen y niegan lo que hasta hace poco era una verdad sagrada. Esa es la verdadera ciencia, y no la de las películas de ficción donde se la presenta como la que todo lo puede y que para todo tiene las respuestas exactas.

El Estadio parte de la premisa de que los misterios de la naturaleza muchas veces no son asumidos de la manera cómo deberían serlo, o sea, con una debida investigación y comprobación, sino de acuerdo a criterios y valores comunes y entendibles por las mayorías. La obra viene a ser entonces una metáfora de nuestra vida diaria donde aquello que creemos ser “la verdad” no lo es porque exista detrás de ello alguna prueba casi irrefutable sino porque alguna autoridad o fuerza la inserta en nuestra estructura mental y allí cobra sentido incorporándose a lo que llamamos como lo “conocido”. De modo que cualquier explicación que se dé, por muy irracional que sea, funcionará como un tranquilizador de nuestras conciencias permitiéndonos continuar con nuestra vida diaria.

Hasta aquí he abordado el problema de la relatividad de la verdad que el texto nos propone y con el cual nos hechiza de principio a fin, aunque sin darnos el final aclaratorio y moralizante al cual estamos acostumbrados por el cine norteamericano y la televisión, como ya señalé, los cuales procuran hacer que sigamos pensando que vivimos en un mundo confiable, controlado por nuestras supuestamente sabias autoridades. Ahora tocaré el otro aspecto también fundamental de la obra pero que tiene que ver con algo más cercano a nosotros: nuestra idea de valor, de ética y de moral.

La trama del libro nos muestra que un hecho insólito e inexplicable, aparte de cuestionar nuestras ideas de la realidad y su forma de asumirla, desencadena también una serie de sucesos de orden social. El haber elegido un argumento aceptable y consolador ante el misterio termina convirtiendo a este en uno de los tantos tabús con los cuales vivimos y que preferimos nunca tocar por cuanto hacerlo nos puede llevar a una serie de sinrazones y confusiones a las cuales no hallamos respuesta. Incluso el no buscar explicaciones, como sucede cuando estamos con los niños, resulta ser la mejor salida al entrampamiento. No preguntar, no indagar es muchas veces la solución a nuestras dudas existenciales.

Pero ello nos lleva también hacia una problemática acerca de qué es lo correcto, lo honesto y lo adecuado. Así como con las mentiras piadosas, las mentiras sociales y políticas son también un “mal necesario”. Todos sabemos que es imposible vivir diciendo siempre la verdad. Imaginemos un día salir y expresar públicamente lo que solemos pensar para nuestros adentros. No llegaríamos más allá de unos cuantos metros de nuestra casa en que ya nos veamos envueltos en un altercado con alguien a quien le hemos dicho lo que tenemos en la cabeza en voz alta. Lo contrario sucede cuando saludamos cortésmente y pronunciamos palabras gratas y enaltecedoras al prójimo con quien nos cruzamos, la mayoría de ellas, por supuesto mentiras de marca mayor que ameritarían pasar por el confesionario si fuésemos católicos. El clásico cuento del traje invisible del rey nos demuestra esta realidad.

Ahora bien, ello no sería problema si no fuese porque siempre existe gente para quienes tal hipocresía necesaria para la convivencia no es aceptable. Nuestra sociedad es un constante estado de equilibrio entre el deber ser y el ser, entre lo que deberíamos y lo que somos, entre lo que quisiéramos que fuera pero que no podemos evitar que sea. Solo cuando estas dos fuerzas se desequilibran, cuando una de ellas adquiere mayor peso o preponderancia, es cuando se producen los fenómenos sociales mencionados por la historia tales como la Florencia religiosa, moralista y persecutoria de Savonarola y la corrupción desestabilizadora de la Francia pre revolucionaria. En estos dos extremos se ubican ciertos individuos para quienes ambas fuerzas no pueden compartir el mismo espacio y solo es posible que exista una de ellas, cosa que los convierte o en criminales o en profetas o personajes aislados y sufridos, incomprendidos debido a que se aferran fanáticamente a principios que, si bien son aplaudidos y deseados por todos, son a la vez inaplicables excepto en algún determinado aspecto. Estas normas entonces solo sirven como metas, como horizontes o ideales, tal como lo son las diversas religiones lo plantean, pero no son ejecutables en la vida diaria en la mayor parte de los casos.

Y este es el contexto en el cual se desenvuelve el personaje principal de la obra, un coordinador de deportes de un pueblo quien se debate entre lo que observa y toma conciencia que es la realidad versus lo que los demás asumen falsamente con cinismo y hasta con inmoralidad. Cuando lo cuestionan o presionan para que acepte lo que por sentido común todos hacen, éste agudiza aún más su crisis personal acerca de lo que él considera como lo sensato y lo correcto. Es así que en un pasaje responde al que pone en tela de juicio la sensatez de su padre, quien actuó también principistamente: “Pero lo hizo con honradez, ministro, porque para él el deporte significaba mucho más que dinero…”.

Ante ello la reacción del pueblo, de la sociedad en su conjunto, que es mostrada como irreflexiva y siempre en procura de restituir el equilibrio perdido por un suceso extraordinario, es la de calificar críticamente al que no sigue la corriente ni se adapta a los hechos como de “raro y conflictivo”. Es por eso que el ministro le retruca: “Caramba, veo que eres obstinado como él [como su padre]; los tiempos han cambiado y todos los que siguen pensando así están condenados al fracaso; cuando un día se dan cuenta de su error entonces no hay remedio.”

La conclusión del relato no es la restitución del orden y el develamiento del misterio; eso es algo típico en la literatura contemporánea que intenta crear clientes y seguidores satisfechos con finales agradables que contentan y tranquilizan a los compradores y que llenan los bolsillos de las editoriales. Los verdaderos misterios siempre permanecen ocultos en su explicación y comprensión, por eso son misterios. Los poderes de turno son más bien los que intentan darles un sentido pero de acuerdo a su conveniencia, haciendo que estos se “resuelvan” pero bajo las pautas de su régimen para con ello perpetuar su autoridad y la idea que lo tienen todo controlado, situación que es lo que da confianza al pueblo y le hace creer que están bien conducido por sus dirigentes.

Pero el hecho que todo quede así, explicado pero no resuelto, hace que se perpetúe el estado de insatisfacción que, a la larga, sume a los seres humanos en la ansiedad y desilusión. El volver todo a la “normalidad”, a pesar de que los milagros se manifiestan a nuestro alrededor, nos hace entender que estos extraordinarios sucesos no son el camino hacia ningún cambio o mejora; los milagros solo sirven para el asombro inicial, pero luego el poder se encarga de engullirlos y colocarlos en una situación favorable para sus intereses. Podríamos decir, a manera de síntesis un tanto irreverente, que así aparezcan los ovnis y los extraterrestres, así se presente la Virgen María y retorne Jesucristo a la Tierra, ninguno de estos hechos producirá algo más allá de una admiración inicial puesto que al poco tiempo los dueños del poder los ubicarán en el lugar más favorable para ellos, y así podrán seguir controlando sus negocios y su lugar preferencial en la sociedad.

En conclusión, lo que a mi parecer nos pretende decir El estadio es que si realmente esperamos algún cambio auténtico en nosotros y en nuestro medio éste solo podrá venir de nosotros mismos, no de afuera. Es por eso que la historia termina con una frase que traduce este pensamiento: “Entrenador, ¿cuándo este pueblo irá a tener un estadio que valga la pena? …/… Cuando lo merezcamos, doctor… cuando lo merezcamos.”



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Artista adalid

Artista: ser humano creador de belleza. Adalid: persona que lleva el estandarte; un líder. Si combinamos estos dos seres en uno tendremos, a no dudar, a un personaje singular: un líder creador de belleza, o una belleza que lidera. Todo depende de cómo lo queramos ver. Para quienes sufrimos esta época nos es más grata esta segunda expresión porque ello refleja el nuevo sentido que deberían tomar las cosas en nuestra sociedad. Pero ¿qué tiene que ver el artista con el liderazgo? Veámoslo.

Desde muy antiguo el poder ha sido detentado por personajes de muy distintas naturalezas. Ha habido reyes, guerreros, religiosos, intelectuales, iluminados, delincuentes, etc. Cada uno respectivamente ha encontrado una justificación en su tiempo para asumir el mando. Pero ¿alguna vez lo han asumido los artistas? Quizá se hayan dado casos accidentales, pero han sido pocos. Hubo escritores presidentes, pero tal parece que sus gobiernos no fueron para nada artísticos pues indudablemente relegaron sus funciones creativas para efectuar las administrativas. En suma, tuvieron la oportunidad de proponer nuevos horizontes y, o no lo pudieron hacer, o no lo quisieron.

Resurgimiento de una civilización
Miremos a nuestro alrededor. Algo está pasando. Algo se está moviendo y no lo vemos con claridad pero el país ya no es el mismo de hace algunos años. Estamos un país en crisis, con una sociedad que hace agua en todas sus estructuras. Pero la razón no es debido a un fenómeno de corrupción muy común en toda cultura ni no que se trata de un proceso social que no es otra cosa que la resurgencia de una renacida civilización andina que viene presionando y socavando a la occidental desde abajo hacia arriba, desde dentro hacia fuera, con la fuerza de un huracán, con la intención de volver a ocupar el sitial que le corresponde en nuestra realidad (entendiendo por civilización andina todo aquello que actualmente se da y se genera en el ámbito de la cordillera de los Andes, incluyendo las ciudades de la costa y de la selva, y a la cual pertenecemos todos los que habitamos aquí, sin importar el color de nuestra piel o nuestro lugar de origen).

Este hecho ¿hay alguien que lo esté percibiendo? ¿Hay quien constate el suceso y lo haya empezado a reconocer, describir y pregonar?  ¿No eran acaso los artistas ¾aquellos hombres poseedores de una especial sensibilidad e inteligencia, capaces de captar lo que para el común de la gente es invisible, aptos para transformar lo oscuro en obvio con el genio suficiente para crear mundos imaginarios de la nada¾ los que deberían estar interpretado la sutileza de estos cambios? ¿Qué les ocurre: están sordos, ciegos, mancos, mudos? ¿Los mantienen acaso encerrados sin ver el mundo y sin conocer lo que está ocurriendo a su alrededor?

Miami way of life
Lo que sucede es que nuestros más selectos y sensibles artistas quienes deberían haberlo captado tienen la cabeza puesta en otra parte. La tienen puesta en Miami (otros en un plato de comida). Y Miami significa no necesariamente dicha ciudad sino todo el conjunto de valores y cosas que el mundo moderno pone a nuestra disposición. Miami significa patrones de conducta y esquemas de vida que reflejan otras realidades, por muy latinoamericanas que éstas sean (lo que puede ser válido en Cuba o en Puerto Rico no lo es en nuestro país). Lamentablemente la mayoría de nuestros artistas tienen el cerebro lleno de libros norteamericanos, ingleses, franceses y alemanes y viven diciendo como cierta vez manifestaba el escritor Vargas Llosa en sus discursos de candidato presidencial: “Algún día nuestro país será como Suiza”.

Y se la pasan enfrascados en sus bibliotecas leyendo la última traducción de algún escritor europeo o concentrados escuchando una de las más selectas grabaciones de jazz hechas por un pobre negro convertido por los blancos en mercancía. Viven condenando y burlándose de la “incultura” de la gente de nuestro pueblo, de su pueblo, quienes, para ellos, no se merecen ningún respeto puesto que no conocen a Marcel Proust o Faulkner (y a lo más reconocen, mientras sostienen un whiskey en la mano, la sorprendente  “habilidad” de estos “indios” incultos para hacer ciertas cosas que ellos no se atreverían jamás).

Es por eso que nuestros artistas se sienten frustrados y amargados, porque sueñan con un mundo que aquí nunca se va a dar. Y entre sus anhelos occidentales y sus lamentos no tienen tiempo para pensar en nuestra realidad. Me refiero a nuestra realidad andina, porque indudablemente ellos se desplazan solo por la occidental.

Pero antes esto dirán: ¿y qué hay del artista popular? ¿Cuál, el que se disfraza de “típico” y se convierte en un títere para poder sobrevivir? Ese está igualmente encasillado en el esquema Miami; la prueba de ello se halla en sus giras al exterior. Estos personajes son más bien un objeto más de la sociedad consumista. Solo exceptuaríamos de ello a ciertos músicos y actores populares, urbanos y rurales, aunque haciendo la salvedad que como todavía no han tenido la oportunidad de ser tentados por el dinero grande no se les puede juzgar terminantemente.

Artista maestro
Visto esto, ¿qué queremos decir? Que existe una civilización andina que despierta de su letargo y un artista que no lo ve. Es como si estuvieran conectados a la televisión de otros países pero no a los programas locales. Pero esto ya no debe seguir así. Es duro criticar pero no lo hago por placer o afán de notoriedad sino con el objetivo de ablandar nuestra sensibilidad y prepararla para los nuevos mensajes. Y este es el nuevo mensaje que yo daría a nuestros artistas: tenemos que ser maestros. Maestros tal como lo son los profesores de escuela primaria: personas sencillas y sacrificadas, con el corazón más grande que las necesidades y dificultades. Tenemos que vivir modestamente y aceptar nuestra posición social. Tenemos que transmitir, por sobre todas las cosas, amor hacia nuestros “alumnos” que son nuestros receptores, aquellos que asimilan el arte y a quienes debemos enseñar las tradiciones, el valor del trabajo, del sacrificio, la abnegación y la humildad. Tal como así lo hacen miles de maestros que recorren diariamente los confines de nuestra nación.

Porque un artista en nuestro mundo, el andino, no puede ser ni será nunca una “estrella”. Ese modelo hollywoodense aquí es ajeno y no se digiere. “Estrellas” solo son los de afuera: seres de plástico, productos de venta, objetos de nuestra curiosidad y divertimento a quienes solo les interesa llevarse nuestras alabanzas, nuestros aplausos y nuestro dinero. Ellos no son nuestros artistas. Ellos no reflejan nuestra realidad, nuestros sentimientos, nuestras ambiciones y necesidades. Ellos no comprenden nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. Solo nos entretienen y mantienen ocupada nuestra mente con experiencias ajenas. ¡Olvide el artista andino el buscar ser una estrella al estilo occidental! Nosotros tenemos nuestra propia manera expresarnos y de ser y hacia eso debemos llegar.

El más indicado
Creo entonces que el papel del artista en nuestra sociedad pasa por, primero, despertar sus cualidades naturales y luego orientarlas hacia nuestra propia realidad, asumiendo así el papel de un maestro sin poses que imiten costumbres ajenas. Además debería en lo posible, evitar vivir de su arte. De esta manera tendríamos un necesitado menos y un artista más. A los que ya se estén dedicando a tiempo completo a ello solo les alentaría a que tengan la suficiente fuerza para persistir con el mismo empeño con que empezaron para que, de este modo, no caigan en la desesperanza cuando vean que sus problemas caseros se agudizan. Quien no tenga este coraje, quien no ame el oficio sin pensar en la compensación económica no pretenda entonces ser artista.

No hay otros
Los hombres cambian solo cuando sus ideas cambian, y por su facultad de percepción que les permite captar los fenómenos y las sutilezas, a lo cual se suma su capacidad de transmisión para darlas a conocer a las mayorías, el artista debería tomar conciencia que en la actualidad él es el más indicado para señalar el rumbo a seguir. Es la hora del artista. Ni los filósofos e intelectuales están preparándose para dicha acción como tampoco los científicos, los colegios profesionales o las organizaciones políticas. Veamos si no sus ideas, sus postulados y observemos que el tiempo no está propicio para ellos.

Porque dichas personas y organizaciones en verdad no saben por dónde ir ni qué hacer con el país. Quizá les falte imaginación o sensibilidad y amor por nuestra tierra; o capacidad de entrega, honradez, o simplemente valor (aunque habrá algunos que, contra viento y marea, a pesar de las pasadas y funestas experiencias, tratarán de decir que lo que se necesita es aplicar determinadas recetas importadas porque, ya que funcionaron en otro país, tienen que resultar en el nuestro por muy diferentes que seamos). El auténtico artista, en cambio, sí es capaz de saber qué hacer y de demostrar que el futuro nos pertenece, hecho por nosotros y para nosotros.

Señalar el camino
Es por esa razón que pienso que nuestro artista tiene que ser hoy el adalid; el portavoz del cambio. Y si tú, amigo lector, eres o quieres ser artista, prepárate. No hay ni habrá otro mundo mejor que el que tú mismo puedas imaginar y crear. No es tiempo de esperar a que vengan otros de afuera para que arreglen las cosas. La historia y nuestro pueblo están aguardando a que sus propios artistas cumplan con su deber. No hacerlo sería traicionarlo y condenarlo a vivir en la desilusión, el miedo y el fracaso más tiempo del que ya los ha vivido.

De modo que el artista tiene que señalar el camino. Y debe hacerlo recurriendo a las propias fuentes de su cultura y a sus manos. Todos los ojos, oídos y corazones están esperando que hable, que se manifieste, que construya algo para propiciar el cambio. Tiene que darse cuenta que el mañana que proyecte será el presente de nuestros hijos y que será juzgado en la medida que no sea consecuente con su destino.


Como decía Vallejo: “Ya va a llegar el día, ponte el alma”. Ha llegado el momento de que el artista asuma su verdad y lidere la nación. Ya salió el Sol y la noche quedó atrás. Solo queda, entonces, levantarnos y andar. 

viernes, 29 de mayo de 2009

Mitos y verdades sobre la corrupción

Si no fuera por la gravedad del hecho uno diría: "algo que ocurre todos los días no es noticia", tal como enseñan en las escuelas de periodismo. Pero esto me motiva dos comentarios que los haré breves pero que son parte de distintos ensayos más extensos que he realizado.

1. No es cierto que las fuerzas policiales, de aquí y de todo el mundo, combatan a la corrupción y al delito. En realidad, lo que hacen es administrarla. Brevemente: el ser humano tiene dentro de su comportamiento general una natural tendencia a romper los esquemas. Esto no puede ser considerado malo porque esa es la base del cambio y el progreso sin lo cual hasta ahora estaríamos en el "Paraíso terrenal" o en la Edad de Piedra. Ante ello lo más adecuado es canalizar estas fuerzas de la mejor manera; y eso es administrar, ponderar, dirigir. Por ejemplo: aunque nos parezca increíble, toda delincuencia (salvo la circunstancial, producto de una acto de desesperación) está organizada y delimitada. Toda persona que delinque por lo general lo hace de la mejor manera que sabe y en donde lo puede hacer. Todo eso lo conoce la fuerza policial, quien tiene un mapa detallado de los tipos de delitos y quiénes los comenten y en dónde. Lo que las policías de todo el mundo procuran es que ese esquema no se rompa o rebase y ocasione un escándalo social (que es a lo que se teme siempre y que ocasiona las “reformas”). Es decir, mientras una fuerza policial pueda mantener dentro de sus cauces el delito de su sociedad las cosas van a ir bien. Esto implica, lamentablemente (pero también "realísticamente") que el método para hacerlo exige que las fuerzas policiales "negocien" con las fuerzas delictivas para que ambas mantengan sus espacios. Nunca la policía acabará con el crimen y el crimen nunca irá más allá de su ámbito y tamaño natural. Lo que se procura es el equilibrio. Para entenderlo mejor, es como en una clase de colegio donde hay desde los "nerds" hasta los más aplicados, los mudos, los normales y los "viciosos". Ninguna clase dejará de tenerlos. Lo que debe hacer el maestro no es expulsar a los "viciosos" (porque otros tomarán sus lugares) sino controlarlos, mantenerlos a raya. Este es más o menos el resumen del ensayo y la enseñanza que nos da es que no se trata de eliminar el delito sino de controlarlo y administrarlo de la mejor manera, sin que éste llegue a alterar las estructuras básicas de la sociedad (igual que el viejo problema de la prostitución: el asunto es orientarla, porque no se la puede erradicar del comportamiento humano). Entonces, como conclusión, un buen sistema policial es el que administra bien el delito. (Para comprobarlo, si algún día les roban el carro y tienen gran influencia en la policía verán que ellos, los policías, por el lugar y la modalidad del robo, les dirán inmediatamente dónde está el vehículo, quién lo hizo y para qué; e inmediatamente ordenarán su devolución. ¿Por qué? Porque ni la policía ni los mismos delincuentes permitirían que unos desconocidos invadan sus “terrenos”. Ambos, policías y delincuentes, identificarán y denunciarán a los nuevos y advenedizos que se han atrevido a actuar sin tener el respectivo "permiso").

2. El otro comentario que también me suscita esta anécdota es la importancia de mantener un sistema policial y judicial corrupto. ¿He escrito bien? Sí. Permítanme explicarlo. ¿Han oído hablar alguna vez que a un banquero, a un miembro del Club Nacional se lo detenga y se le juzgue en el Perú? No. Lo que pasa es que no entendemos que un sistema corrupto siempre favorece al más fuerte, al que puede pagarlo, al que puede sacar y poner jueces a discreción. Para entenderlo mejor usaré una comparación que siempre es ingrata pero a veces necesaria. En EEUU existen miles de millonarios y empresas tan poderosas que, si no existiera un contrapeso en el Estado y un sistema judicial independiente, una transnacional como la Exxon o la GM tendrían la capacidad de manejar a su antojo al gobierno. Allí hay tantos poderosos que, sin ese sistema judicial, hace tiempo que Norteamérica habría caído en manos de cualquier súper millonario (y aún así ocurre a veces, como el caso de Lehman Brothers). En cambio, en países como el Perú es todo lo contrario. Aquí basta con tener un poco de dinero y amigos en el Congreso o en Palacio para que la ley no te toque. Y más grave aún: cualquier empresa con algo de poder puede digitar al Ejecutivo a su regalado antojo. Por eso se procura que siempre, tanto la policía como el Poder Judicial, esté lleno de mediocres, pelagatos y, sobre todo, "cholos" acomplejados (porque los hay de los otros) que ante un blanco se tiran al piso para obedecer (¡vamos, todos sabemos que los policías y jueces del Perú son "cholosmuertosdehambre" y así los tratamos!). Esta es la situación que hace que aquí las mineras, por ejemplo, pateen todos los tableros y hagan lo que les viene en gana, porque nuestros poderes de control son solo una cueva de pobres diablos que hacen lo que se les ordena. Por eso el mismo que se para ante una luz roja en Patterson, y no se mueve hasta que no cambie, es el mismo que se la pasa en Javier Prado. Porque como él dice: “aquí la ley no se respeta; allá sí”. (¿Alguno de ustedes se ha enfrentado alguna vez con un policía de carretera de Texas o de Ohio? ¿Han intentando darles un billete de 5 dólares?). En conclusión: la corrupción no es gratuita ni casual en el Perú: ES NECESARIA PARA PODER HACER NEGOCIOS). Y mientras los grandes grupos de poder necesiten hacer crecer sus negocios requerirán cada vez más jueces adecuados a sus intereses (porque los que no obedecen son los llamados “tremendos jueces de la tremenda corte", la clásica frasesita con la que se califica a todo juez que dictamina en contra de los grandes intereses ¿no?). Así que quejarnos de la corrupción en el Perú sin entender por qué ésta es indispensable es no conocer a fondo el hecho que la sustenta.