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domingo, 10 de junio de 2018

Extraterrestres y ángeles: problemas de comunicación

Escribo para los que les gusta el tema OVNI y los mensajes "del más allá". No deja de extrañar la enorme cantidad de "contactados" a quienes "los extraterrestres" o "los ángeles" se dirigen para pedirles "que haya paz en el mundo". Recordemos si no a los tres pastorcillos de Fátima si creen más en la religión que en lo paranormal. No niego que eso pueda suceder puesto que no tengo pruebas de lo contrario (a diferencia de los escépticos profesionales que niegan sin haber siquiera investigado y se basan en sus libros). Pero sí puedo expresar mi extrañeza por la manera cómo estos "seres superiores" se comunican con nosotros.
Porque definitivamente ni los pastores ni las personas comunes y corrientes deberían ser los receptores de estos "mensajes" tan importantes. Pues si fuera cierto que "estamos a punto de destruir el mundo" creo que dicha preocupación ameritaría no perder el tiempo en conctactarse con un cualquiera que no tiene capacidad para hablar sino con alguien que sí tenga influencia y capacidad para impedir dicha destrucción. En pocas palabras, los contactos y comunicaciones de otras dimensiones deberían hacerse a los más apropiados, a aquellos que sí pueden hacer algo por cumplir con el "mensaje de paz" que dichos seres suelen transmitir siempre de manera insistente.
¿Por qué no escogen bien a sus contactos?
¿Son estas entidades tan hábiles para venir de otras galaxias o del mismo cielo y no se dan cuenta que están hablando con un pobre diablo o con un don nadie? ¿No pueden elegir un poco mejor con toda la enorme tecnología o sabiduría que dicen tener? Y esto no lo digo por algo que haya sucedido hace poco o hace algunos años: lo digo porque es una tónica que se repite desde hace siglos, desde hace miles de años según se puede leer en la Biblia.
Pero ¿cuándo viene por fin el "fin del mundo"?
En dicho libro se predice un cataclismo debido a que el ser humano "desconoce a Dios" (Apocalipsis) y promete que "muy pronto vendrá el castigo divino como consecuencia de sus actos malvados". Pero ya ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para preguntarnos ¿acaso no ha sido ya bastante la demostración de maldad del hombre como para que ya se produzca de una vez el Armagedón o algo parecido? Sin embargo todo sigue igual, los extraterrestres continúan enviando "mensajes de advertencia" de que "si no cambiamos nuestro comportamiento van a venir grandes desgracias" pero nada pasa.
Un consejo sano
Yo les recomendaría a dichos seres extraordinarios que, si realmente quieren evitar algo, se dirijan directamente a los grupos de personas que son los que toman todas las decisiones buenas o malas del planeta. No son muchas: no pasarán de 20 los que realmente deciden hacer las guerras o matanzas. La gran mayoría de la humanidad solo vivimos nuestras vidas y nada más. No sabemos de nada y nada decidimos sobre el conjunto de la sociedad. De modo que les pediría que no se desgasten en comunicarse con pastorcillos o con "contactados" porque ellos nada van a hacer más que causar algo de risa o, en el mejor de los casos, que la gente construya una ermita donde dicen que les hablaron. 

martes, 13 de marzo de 2018

La canción de autor, o trova, en el Perú


El siguiente es un comentario surgido a raíz del artículo “Canción de autor en España: memorias off the record” publicado en Internet  por autor no especificado con la intención de dar un punto de vista particular sobre dicho fenómeno en el ámbito peruano.

La expresión musical llamada Trova se remonta mucho más atrás en la historia del hombre, y se sobreentiende que no ha habido pueblo que no haya contado con un poeta o un trovador que cante sus vicisitudes y conserve su memoria.

En el caso particular de Occidente, la historia de los trovadores ha sido variada y compleja, habiendo pasado por diferentes etapas que van desde las más sencillas y opacas (poetas cantantes que iban de pueblo en pueblo viviendo con lo que podían) hasta las más notables (los juglares en la Edad Media europea que eran recibidos gratamente en las cortes como vehículos de información y distracción). Más contemporáneamente esa función la desempeñaron jóvenes cantantes de la pos guerra cuyo éxito despertó la ambición de las casas disqueras.

La influencia y presencia de los trovadores está necesariamente vinculada al curso de los acontecimientos históricos que determinan el grado de importancia e influencia en cada una de sus sociedades. En el caso de Norteamérica, las guerras mundiales y la proliferación de lo medios de comunicación produjeron una etapa de cambios en la década de los sesenta. Una manera de canalizar esa situación fue el surgimiento de los poetas-cantores quienes emplearon el rock y el folk para comunicarse. Este fenómeno se prolongó hasta comienzos de los años setenta para, finalmente, ser absorbido por la maquinaria económica que, eliminando su contenido poético-político, hasta la actualidad viene empleando solo su forma y su estructura musical (las consabidas fórmulas de grupos rock con indumentaria y gestos desaforados, elementos que se dirigen de manera exclusiva a los jóvenes, en vista que son ellos los grandes consumidores y sostenedores de la industria de la música).

Como consecuencia de ello se puede decir que, actualmente, los poetas-músicos auténticos de las grandes ciudades han vuelto a sumergirse en las oscuridades de la sociedad comunicando, a solo unos pocos, cuáles son los verdaderos sentimientos, deseos y frustraciones del ser humano contemporáneo (la llamada cultura subterránea). La sociedad de mercado no los necesita y por eso los ignora, creando a su vez ciertos sustitutos que consuelan a quienes buscan mensajes y sensaciones más fuertes que las románticas melodías convencionales (en el ámbito de habla hispana se pueden identificar personajes como Sabina, Andrés Calamaro, Charly García, Ismael Serrano, Fito Páez, Alberto Plaza y, muy particularmente, Ricardo Arjona, por poner solo algunos ejemplos). Estos apenas rozan la verdadera realidad del hombre contemporáneo; no llegan a cuestionarlo.

Todos estos “trovadores” están incorporados al sistema, respetan puntillosamente sus reglas y se benefician de ello, mientras que la gente ¾su público consumidor¾ piensa que a través de ellos y de sus mensajes están siendo reflejadas sus propias vicisitudes (pero, en verdad, solo muestran una parte de ellas, las románticas y las de rebeldía adolescente, ignorando las más radicales, aquellas que determinan los verdaderos acontecimientos de la vida humana). La razón es que, si mostraran eso, afectarían directamente a los intereses de sus casas disqueras pues estarían cuestionando la cosificación del ser humano y la sociedad de consumo.

Ahora bien, en el caso particular del Perú, es indudable que, al igual que en todas partes, ha tenido trovadores de toda clase según su devenir histórico. En la época prehispánica cuenta Garcilaso que, en el imperio incaico, esta función la ejercían ciertos poetas ambulantes denominados en quechua como "arawix". Es obvio que deben haber habido infinidad de formas y variantes de cantantes e intérpretes de la historia y acontecimientos andinos. Ya en la época hispánica surgen varios movimientos de expresión popular como el llamado Taki Onqoy; éste era una danza acompañada de letras de carácter reivindicativo y venía a ser subversiva para la colonia (puesto que quienes participaban en ella eran trovadores-bailarines que iban de pueblo en pueblo recordando lo grande que había sido el imperio incaico y de cómo tenía que hacerse para regresar a él, expulsando a los españoles; se trataba, entonces, de una “música protesta”, razón por lo cual fue combatida y suprimida).

También existieron otros tipos de músicos trashumantes quienes, cargando sus arpas, violines, vihuelas y guitarras, compusieron una serie de melodías, historias y poemas que, hasta la fecha, se recuerdan sin que se sepa el nombre de sus autores. Hoy se puede ver a esos trovadores pero principalmente en las zonas más humildes y apartadas de las grandes urbes: en las caletas de pescadores, en los pueblitos del interior y en los villorrios. Igualmente es posible encontrarlos en alguna feria popular, en eventos familiares o en los bares y cantinas amenizando alguna reunión. Pero, como es de esperarse, sus apariencias no encajan con lo que industria de la música exige, motivo por el cual no se les reconoce oficialmente como “artistas” sino solo como “músicos populares”.

A pesar de ello, irónicamente sus creaciones constantemente están alimentando al "star system", el cual se encuentra conformado por los intérpretes que sí se incorporan a las estructuras reguladas del sistema. Por eso es que se dice que la verdadera inspiración siempre “viene del pueblo y va hacia él” (César Vallejo, poeta peruano). Pero eso sí: la industria del disco no acepta canciones con letras comprometidas que tengan algún tinte político o reflexivo. Rara vez logra darse algo así y eso solo cuando un determinado fenómeno es ya imposible de ocultar (como el caso de la canción “Flor de retama” del trovador Ricardo Dolorier, que fue un popular huayno-himno en la época de la subversión del grupo maoísta Sendero Luminoso). Quiere decir que los trovadores-músicos-poetas del pueblo siempre existen, pero viviendo al margen de los medios de comunicación, transmitiendo sus mensajes para unos cuantos privilegiados que los saben valorar y escuchar.

Finalmente, con respecto a influencia que tuvo la trova en su forma cubana en ciudades como Lima, el llamado movimiento Nueva Trova de Cuba (nacido en calor de la Revolución cubana y apoyado totalmente por el Gobierno, única explicación de su fuerza e impacto) influyó en los años sesenta exclusivamente en un sector de la clase media y media alta de Lima (que en aquel entonces era izquierdista-intelectual), por eso es que muchos de esos jóvenes imitaron dicho modelo intentando desarrollar movimientos musicales parecidos (hacían música popular con textos políticos, pero normalmente utilizando ritmos cubanos y argentinos). Fue en esa época que surgieron intentos notables como el del músico académico Celso Garrido Lecca, quien, apoyado por el espíritu nacionalista del gobierno de Juan Velasco Alvarado, formó la Escuela de Arte Popular de la cual surgieron artistas y grupos interesantes como Tiempo Nuevo (el cual estaba integrado en su mayoría por estudiantes de la Universidad Católica).

Por otro lado, se hicieron también esfuerzos personales pero con modelos más liberados del discurso político, como lo hecho por Chabuca Granda, cuya influencia sirvió para formar a los más identificables y renombrados cantautores peruanos hechos bajo dichos parámetros (que exigía el uso de ritmos propios del país): Andrés Soto de la Colina y Daniel “Kiri” Escobar. Ambos trovadores tienen en común el empleo de ritmos peruanos para expresar, no solo sus sentimientos, sino también situaciones sociales agudas de su propia sociedad (la marginalidad, la pobreza, el racismo, la injusticia, etc.).

Los años setenta fueron para ellos de apogeo, pues eran vistos como los “Silvios y Pablos” peruanos, siendo de este modo aceptados por la clase alta, ansiosa de ponerse a la moda y, en especial, cuidadosa de respetar la opinión de la aristocrática Chabuca (Isabel Granda Larco) quien los apadrinaba. Luego de esta primera generación, a fines de esta década, aparecieron otros dentro de la misma línea pero cuyos textos empiezan a despegarse del discurso marxista panfletario de los setenta y se acercan al intimismo y posmodernismo de los ochenta (entre ellos se puede mencionar a Juan Luis Dammert).

Con el pasar de la moda izquierdista empieza la era del todo vale, pues solo quedó el Capitalismo y la sociedad de mercado como único modelo político. Esto hace que la generación de trovadores urbanos limeños siguiente (Pepe Villalobos, Lino Bolaños, Piero Bustos, y otros) se dispersen, a mediados de los ochenta, por caminos diversos u opuestos. Los suceden trovadores más influenciados por el rock (como Daniel F o Rafo Ráez), que es la expresión musical más aceptada por la mayoría de jóvenes. Sus obras reflejan más bien la idea de la globalización (el mundo es uno solo y todos pasamos por lo mismo y a todos nos duele lo mismo) pero con un marcado acento urbano y personal (mi realidad es la misma de la de todos) lo cual logra captar a un importante sector del mercado contracultural.

En la búsqueda del mito de la universalidad, de lo globalizado, estos músicos se encuentran más desligados del contexto del país, de la realidad integral y de los problemas coyunturales particulares del Perú. Además evitan tocar las bases de la sociedad de mercado (solo la insultan), ignorando la existencia del mundo campesino no urbano y hablando solo del estilo de vida hedonista y relajado de los jóvenes de los noventa, para quienes su mayor preocupación es la bebida alcohólica y las diversiones. Por esas épocas se dio el caso que jóvenes que no vivieron las convulsiones políticas de los 60 redescubren la música de Silvio y éste se vuelve una moda. Las chicas más "pitucas" (adineradas) y cabezas huecas repetían sus canciones sin saber qué decían y de eso se aprovecharon muchos para montar espectáculos dirigidos a dicho segmento. Fue el tiempo del auge de Barranco (distrito bohemio de Lima) y de sus peñas,  donde lo más saltante era la frivolidad y el relajo, motivado también por el profundo miedo a la guerra subversiva.

Sin embargo, con la caída del líder de Sendero Abimael Guzmán y la sensación de estabilidad y libertad que ello produjo, la música de contenido en ese medio se hizo prácticamente innecesaria y llegó la era del canto a la sociedad de consumo y a sus valores. Desde ahí todo ha tenido que pasar por la medida de lo económico para que algo sea válido (“salvo el mercado el resto es ilusión”). Actualmente los trovadores urbanos se encuentran navegando en el dilema de estar entre la necesidad de participar activamente del proceso económico (hacer espectáculos, vender sus discos, atraer público y medios de comunicación) y la obligatoriedad de reflejar los verdaderos sentimientos y necesidades de su pueblo.

Sin este último factor dejarían de ser trovadores para pasar a convertirse en unos productos más del sistema, razón por lo cual hoy se vive una etapa de dudas, de polémica y cuestionamientos sobre cuál debe ser el verdadero rumbo a tomar con respecto a la trova. El modelo cubano ya se agotó y la sociedad exige una forma de expresión auténtica. Hasta que esto no se halle continuará la incertidumbre respecto a qué es en este momento la verdadera trova. A pesar de todo, como se dijo líneas atrás, los trovadores marginales siempre sobreviven a estos embates y continúan su labor, principalmente en los lugares más apartados del país.

lunes, 12 de marzo de 2018

Comentario al libro El Estadio de José del Valle González

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19 de enero del 2018

Toda obra de arte consta de dos partes: la forma y el fondo. La forma es el elemento con el cual se expresa una idea, que viene a ser el fondo. En la pintura la forma es el cuadro o la superficie más los colores y cómo todo esto se dispone. En la música son los sonidos y de qué manera se organizan. En el caso de la literatura son las palabras y el modo de exponerlas.

En este libro titulado El Estadio de José del Valle González encontramos que su forma es correcta; está bien redactado, es sencillo en sus expresiones y se encuentra al alcance de cualquier público mediana o escasamente instruido, lo cual es de por sí una virtud en estos tiempos en que la gente se inclina cada vez más por las lecturas rápidas y sintéticas que nos ofrecen las diversas pantallas que por todos lados nos acosan. Tiene un formato que es el de cuento-novela, pues es más larga que un cuento y más corta que una novela convencional, según mi particular apreciación.

Pero todo esto tendrá o no importancia siempre y cuando responda al objetivo central que es la razón de ser de la obra. Y aquí es a donde entramos en la parte del fondo, a la esencia que motiva el comentario sobre este trabajo. Antes de continuar, y a modo de plantear una intriga, citaremos una de las frases que quizá sea el leit motiv del libro en cuestión. Proviene de un pasaje de la Biblia, del Eclesiástico, el cual dice: “Todo lo que de la nada viene, a la nada vuelve; así el impío, del vacío vuelve al vacío. La dicha dura pocos días, pero el buen nombre dura para siempre”.

Diera la impresión de que el autor encontrara en lo profundo de este pensamiento una motivación para exponernos preocupaciones que van desde las dudas epistemológicas —la epistemología es una especialidad que estudia a la ciencia— sobre la capacidad de ésta para explicarlo todo, hasta el asombro ante nuestra peculiaridad humana de vivir siempre insatisfechos. Se trata entonces de un relato más cercano a la reflexión y a la moraleja, cosa con la que todos los cuentos siempre finalizan.

A propósito de esto, es bueno mencionar que la literatura es un arte que camina sobre  sus propios pies y no tiene por qué atenerse a la lógica de Hollywood o de Disney, empresas que suelen utilizarla impunemente para sus películas pero deformándola para adecuarla a sus fines que son reforzar lo “políticamente correcto”. Digo esto porque la narrativa y la cuentística real no siempre funcionan con los simplistas esquemas de “bueno-malo” a los que nos tiene acostumbrados la ideosincracia norteamericana, apegada a una moral puritana de clase media que espera recibir solo aquello que ésta entiende y pueda aplaudir. En la literatura, por lo menos hasta ahora, esa idea de ser una simple máquina de repetición de los valores y patrones culturales típicos de la mass media no es la que más se utiliza.

Este es el caso de El estadio, cuyo propósito no es el de arrancar de sus lectores un “qué lindo” ni una aprobación emocional al estilo de los libros de autoayuda, sino más bien el conducirnos hacia una situación en la que terminamos con más dudas y preguntas que cuando empezamos. Y es acerca de esas dudas y preguntas sobre las cuales quiero hacer hincapié más que en su exégesis literaria, en particular porque mi personal interés es la filosofía y ese es el campo en el que mejor me desenvuelvo.

Evitaré entonces contar la trama y más aún el desenlace puesto que ello es lo que precisamente hay que invitar a hacer, centrándome en aspectos puntuales que siempre son buenos resaltar ya que muchas veces los pasamos por alto. Previamente es necesario aclarar que el autor, Valle González, es físico de profesión así como especialista en metodología científica. Este dato es fundamental ya que ello explica la preocupación central de la trama que, a mi entender, trata acerca de la verdad, la realidad y cómo el ser humano las asume. Y ya que hablamos de la verdad, es imposible mencionarla sin nombrar también a su hermana gemela: la creencia. Una verdad en la que nadie cree no es una verdad, aunque ésta sea comprobada de mil maneras. Y además, contrariamente a lo que muchos piensan, así como podemos fanatizarnos con la verdad, o con lo que pensamos que ella es, también lo podemos hacer con su negación, con el no creer, posición aún más cómoda porque así no requerimos darnos ningún tipo de explicación. Al respecto de ello cito un pasaje del libro que dice: “A veces se es fanático por creer, pero también se suele ser fanático por no creer, aun cuando las evidencias estén al alcance de la mano.”

Y efectivamente, cuando la mente  no alcanza, cuando los argumentos no llegan a ser los suficientes, la actitud más común que asumimos es la de arribar a una conclusión que es casi siempre aquella que restablece el orden previamente alterado. A quién no le ha pasado que alguna vez en la vida se ha visto ante un suceso que no pudo explicarlo y que al final lo hemos resuelto mediante una alzada de hombros junto con un: “Me habrá parecido”. Esa respuesta, que obviamente no es ni real ni culmina el misterio, resulta una tabla de salvación ante fenómenos que, por diversos motivos, no tienen explicación para nosotros. En la obra, uno de los personajes principales, que es ciego, calma las preocupaciones de todos a través del razonamiento siguiente: “No he podido contemplar al mágico estadio ni lo veré nunca, pero creo en él porque también creo en las palabras de mis amigos y buenos vecinos y estoy convencido de que existe, al igual que existen cosas malas y buenas que están fuera del alcance del hombre.”

Lo que nos propone este razonamiento es que las cosas existen no solo porque las veamos o las toquemos, o quizá porque la ciencia lo diga, sino también, y sobre todo, porque mucha gente de confianza así lo dice y les creemos, lo cual podemos comprobar en la práctica cuando los alumnos de la universidad asumen la palabra del catedrático de ciencias como “verdadera” solo porque es el profesor de ciencia. A pesar que se les enseña que no deben creer subjetivamente porque alguien con autoridad lo diga, los nuevos científicos se forman diariamente en las aulas a través de la credibilidad en la palabra del maestro. Es, sin duda, una de las tantas paradojas acerca de qué es el conocimiento. Al respecto de ello, traigo a colación otra de las frases que nos brinda el libro: “…la ciencia históricamente ha explicado muchas cosas y cada vez las sigue explicando con más precisión, pero cuestionándonos siempre si los métodos científicos constituyen la única vía para descubrir la verdad absoluta…”

No hay que olvidar que esta es una obra contemporánea, escrita por alguien que conoce muy bien la estructura científica y que, por ello, sabe que no todo es lo que parece. A ojos del lego, al igual que le pasa al paciente ante el médico, el científico figura como aquel que puede tener todas las respuestas, como las tenía el cura medieval antes de la modernidad. Pero, al igual que solo los que trabajan en el teatro saben la diferencia entre las apariencias y la realidad, lo cierto es que la ciencia no es la que da las respuestas a todo, como lo suelen repetir los medios de comunicación, sino más bien lo contrario: la ciencia es la capacidad de asombro ante todo, el deseo de entender lo que se ve, la inquietud por descubrir que se sabe menos de lo que se creía. Diariamente se desechan miles de libros de texto científicos debido a la cantidad de nuevos descubrimientos que contradicen y niegan lo que hasta hace poco era una verdad sagrada. Esa es la verdadera ciencia, y no la de las películas de ficción donde se la presenta como la que todo lo puede y que para todo tiene las respuestas exactas.

El Estadio parte de la premisa de que los misterios de la naturaleza muchas veces no son asumidos de la manera cómo deberían serlo, o sea, con una debida investigación y comprobación, sino de acuerdo a criterios y valores comunes y entendibles por las mayorías. La obra viene a ser entonces una metáfora de nuestra vida diaria donde aquello que creemos ser “la verdad” no lo es porque exista detrás de ello alguna prueba casi irrefutable sino porque alguna autoridad o fuerza la inserta en nuestra estructura mental y allí cobra sentido incorporándose a lo que llamamos como lo “conocido”. De modo que cualquier explicación que se dé, por muy irracional que sea, funcionará como un tranquilizador de nuestras conciencias permitiéndonos continuar con nuestra vida diaria.

Hasta aquí he abordado el problema de la relatividad de la verdad que el texto nos propone y con el cual nos hechiza de principio a fin, aunque sin darnos el final aclaratorio y moralizante al cual estamos acostumbrados por el cine norteamericano y la televisión, como ya señalé, los cuales procuran hacer que sigamos pensando que vivimos en un mundo confiable, controlado por nuestras supuestamente sabias autoridades. Ahora tocaré el otro aspecto también fundamental de la obra pero que tiene que ver con algo más cercano a nosotros: nuestra idea de valor, de ética y de moral.

La trama del libro nos muestra que un hecho insólito e inexplicable, aparte de cuestionar nuestras ideas de la realidad y su forma de asumirla, desencadena también una serie de sucesos de orden social. El haber elegido un argumento aceptable y consolador ante el misterio termina convirtiendo a este en uno de los tantos tabús con los cuales vivimos y que preferimos nunca tocar por cuanto hacerlo nos puede llevar a una serie de sinrazones y confusiones a las cuales no hallamos respuesta. Incluso el no buscar explicaciones, como sucede cuando estamos con los niños, resulta ser la mejor salida al entrampamiento. No preguntar, no indagar es muchas veces la solución a nuestras dudas existenciales.

Pero ello nos lleva también hacia una problemática acerca de qué es lo correcto, lo honesto y lo adecuado. Así como con las mentiras piadosas, las mentiras sociales y políticas son también un “mal necesario”. Todos sabemos que es imposible vivir diciendo siempre la verdad. Imaginemos un día salir y expresar públicamente lo que solemos pensar para nuestros adentros. No llegaríamos más allá de unos cuantos metros de nuestra casa en que ya nos veamos envueltos en un altercado con alguien a quien le hemos dicho lo que tenemos en la cabeza en voz alta. Lo contrario sucede cuando saludamos cortésmente y pronunciamos palabras gratas y enaltecedoras al prójimo con quien nos cruzamos, la mayoría de ellas, por supuesto mentiras de marca mayor que ameritarían pasar por el confesionario si fuésemos católicos. El clásico cuento del traje invisible del rey nos demuestra esta realidad.

Ahora bien, ello no sería problema si no fuese porque siempre existe gente para quienes tal hipocresía necesaria para la convivencia no es aceptable. Nuestra sociedad es un constante estado de equilibrio entre el deber ser y el ser, entre lo que deberíamos y lo que somos, entre lo que quisiéramos que fuera pero que no podemos evitar que sea. Solo cuando estas dos fuerzas se desequilibran, cuando una de ellas adquiere mayor peso o preponderancia, es cuando se producen los fenómenos sociales mencionados por la historia tales como la Florencia religiosa, moralista y persecutoria de Savonarola y la corrupción desestabilizadora de la Francia pre revolucionaria. En estos dos extremos se ubican ciertos individuos para quienes ambas fuerzas no pueden compartir el mismo espacio y solo es posible que exista una de ellas, cosa que los convierte o en criminales o en profetas o personajes aislados y sufridos, incomprendidos debido a que se aferran fanáticamente a principios que, si bien son aplaudidos y deseados por todos, son a la vez inaplicables excepto en algún determinado aspecto. Estas normas entonces solo sirven como metas, como horizontes o ideales, tal como lo son las diversas religiones lo plantean, pero no son ejecutables en la vida diaria en la mayor parte de los casos.

Y este es el contexto en el cual se desenvuelve el personaje principal de la obra, un coordinador de deportes de un pueblo quien se debate entre lo que observa y toma conciencia que es la realidad versus lo que los demás asumen falsamente con cinismo y hasta con inmoralidad. Cuando lo cuestionan o presionan para que acepte lo que por sentido común todos hacen, éste agudiza aún más su crisis personal acerca de lo que él considera como lo sensato y lo correcto. Es así que en un pasaje responde al que pone en tela de juicio la sensatez de su padre, quien actuó también principistamente: “Pero lo hizo con honradez, ministro, porque para él el deporte significaba mucho más que dinero…”.

Ante ello la reacción del pueblo, de la sociedad en su conjunto, que es mostrada como irreflexiva y siempre en procura de restituir el equilibrio perdido por un suceso extraordinario, es la de calificar críticamente al que no sigue la corriente ni se adapta a los hechos como de “raro y conflictivo”. Es por eso que el ministro le retruca: “Caramba, veo que eres obstinado como él [como su padre]; los tiempos han cambiado y todos los que siguen pensando así están condenados al fracaso; cuando un día se dan cuenta de su error entonces no hay remedio.”

La conclusión del relato no es la restitución del orden y el develamiento del misterio; eso es algo típico en la literatura contemporánea que intenta crear clientes y seguidores satisfechos con finales agradables que contentan y tranquilizan a los compradores y que llenan los bolsillos de las editoriales. Los verdaderos misterios siempre permanecen ocultos en su explicación y comprensión, por eso son misterios. Los poderes de turno son más bien los que intentan darles un sentido pero de acuerdo a su conveniencia, haciendo que estos se “resuelvan” pero bajo las pautas de su régimen para con ello perpetuar su autoridad y la idea que lo tienen todo controlado, situación que es lo que da confianza al pueblo y le hace creer que están bien conducido por sus dirigentes.

Pero el hecho que todo quede así, explicado pero no resuelto, hace que se perpetúe el estado de insatisfacción que, a la larga, sume a los seres humanos en la ansiedad y desilusión. El volver todo a la “normalidad”, a pesar de que los milagros se manifiestan a nuestro alrededor, nos hace entender que estos extraordinarios sucesos no son el camino hacia ningún cambio o mejora; los milagros solo sirven para el asombro inicial, pero luego el poder se encarga de engullirlos y colocarlos en una situación favorable para sus intereses. Podríamos decir, a manera de síntesis un tanto irreverente, que así aparezcan los ovnis y los extraterrestres, así se presente la Virgen María y retorne Jesucristo a la Tierra, ninguno de estos hechos producirá algo más allá de una admiración inicial puesto que al poco tiempo los dueños del poder los ubicarán en el lugar más favorable para ellos, y así podrán seguir controlando sus negocios y su lugar preferencial en la sociedad.

En conclusión, lo que a mi parecer nos pretende decir El estadio es que si realmente esperamos algún cambio auténtico en nosotros y en nuestro medio éste solo podrá venir de nosotros mismos, no de afuera. Es por eso que la historia termina con una frase que traduce este pensamiento: “Entrenador, ¿cuándo este pueblo irá a tener un estadio que valga la pena? …/… Cuando lo merezcamos, doctor… cuando lo merezcamos.”



viernes, 29 de mayo de 2009

La selva y la conquista del mundo por Occidente

En un momento en que la civilización occidental se mira y se evalúa para ver cuál es la magnitud del error que comete con el planeta, producto de su forma de entender a la naturaleza como objeto de estudio, las transnacionales se aprovechan de los gobiernos corruptos y mafiosos de los países subdesarrollados para hacer negocios con sus caciques y lograr que les den las leyes que les permitan apoderarse de sus riquezas y territorios.

Todos sabemos que la Tierra está plagada de materia de diverso tipo que, bien analizada y empleada, sirve para todo uso en la industria. Y aunque en muchos casos esa investigación trae ciertos provechos y beneficios, al hacer un balance final nos damos con la sorpresa que el dominio de naturaleza por el hombre (occidental) lleva finalmente a la destrucción de esa fuente de riquezas.

Porque en verdad no se trata solo de riqueza sino principalmente de poder. El Occidente ha acuñado una frase que dice: “Conocimiento es poder”, dando a entender que, canalizando las fuerzas de la materia, cierto grupo humano puede imponerse sobre el resto. Las pruebas de ello son contundentes, tanto que hoy vemos los resultados.

Todos los conflictos que hoy vive el mundo tienen un solo origen: la expansión y el apetito de las transnacionales por apoderarse de los recursos naturales. Por eso se entiende Irak, Afganistán, Somalia, Perú y un largo etcétera, en razón a que en todos estos países existen reservas comprobadas de todo tipo de minerales y de vegetación valiosísimas para la supervivencia de las grandes superpotencias.

Las invasiones se producen con los argumentos conocidos de “lucha contra el terror y contra los subversivos, para llevar la libertad y la democracia”; ello justifica enviar los ejércitos a esos lugares semi-abandonados donde solo habitan “indios salvajes”, quienes, por supuesto, “se oponen al desarrollo” debido a su ignorancia y a las perversas influencias de los Ben Laden y los guerrilleros tipo Sendero Luminoso.

Pero ni es Ben Laden ni es Sendero: son los pueblos de la Tierra que pagan el precio del hambre desenfrenado de poder de las grandes empresas, quienes se encuentran en una loca carrera por ver quién se apodera y patenta primero todo lo que encuentran a su paso (primero patentan, luego investigan).

El caso peruano es un ejemplo de ello. Los grandes poderes mundiales ya han decidido que la selva amazónica sea de su propiedad, por eso han forzado a sus gobiernos títeres como el de Alan García para que den leyes que favorecen la apropiación “legal” de millones de hectáreas de vegetación y minerales allí escondidos. Como era de esperarse, los grupos nativos que allí viven son los primeros en sufrir las consecuencias pues pierden territorio, derechos y autonomía.

Sin embargo el gobierno peruano sale a argumentar que “el territorio peruano no es de los que lo habitan sino del gobierno”, con lo cual justifica que, cómodamente, desde Palacio de Gobierno, se firme un documento que avale la vergüenza de entregarle a los extranjeros toda la riqueza. Con una frase muy publicitaria y efectista tratan de respaldar sus actos.

Pero no todos los peruanos somos tan simples en los análisis para caer en el juego. Se está entregando la cuenca del Amazonas a las transnacionales para que ellas eludan sus compromisos internacionales y, a futuro, terminen por considerar que esa riqueza es “patrimonio de la humanidad y no de un grupo de nativos ni de sus gobiernos corruptos”, usando la lógica tradicional de Occidente de irrogarse el derecho sobre algo por considerar que, quien lo tiene, no lo sabe usar.

Y como los peruanos “no sabemos usar los recursos que tenemos” entonces es mejor que la “comunidad internacional” se encargue de ellos pues ella sí sabe qué hacer. Y lo que van a hacer, ya lo sabemos, no es otra cosa que perpetuar el milenario concepto de explotar las riquezas de las colonias para beneficio de la metrópoli. ¿No ha sido acaso así desde hace siglos en el caso de Europa y ahora de Estados Unidos? Es obvio que de todo esto siempre se benefician un grupo de personas del lugar quienes, haciendo de serviles lacayos, se ponen felices a las órdenes de los poderosos extranjeros. La mayoría de éstos suelen tener pasaporte de otras nacionalidades y residen realmente fuera del país.

En conclusión, estamos ante una fase más de la expansión de la visión y el pensamiento occidental que, llevado por una filosofía moderna y científica que trata de entender al mundo y a la naturaleza a través de una razón instrumental que considera que el dominio sobre ella es el objetivo final del ser humano, creencia que lo va a llevar, de un modo u otro, a apropiarse de la Luna, de Marte, de Venus, del sistema solar y de las galaxias, pues según ello “es destino manifiesto del hombre la conquista del Universo” (teoría norteamericana del pueblo elegido para tener hegemonía sobre la Creación). Aquí, en este pensamiento típicamente occidental, es en donde reside el origen de todo lo que está ocurriendo, cosa que no veo cómo pueda detenerse a no ser que Occidente cambie radicalmente su forma de entender al mundo. (Pero para ello tendría que ocurrir una revolución interna y profunda, que no si sabemos si va a ocurrir o si realmente ellos la quisieran).