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jueves, 15 de marzo de 2018

Verdad, ciencia y paradigmas

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Al respecto del control sobre las investigaciones de fenómenos desconocidos


Si bien es conocida y aceptada en parte la idea de que los llamados "paradigmas" se imponen en cada época y sociedad eso no quiere decir que la ciencia se abra paso por sí sola; lo que sucede es que lo que cambia es el poder (como del eclesiástico al burgués en el caso de Europa) y es ese nuevo poder el que establece aquello que es "lo verdadero" de la ciencia.

"La ciencia" en realidad es solo un constructo mental, una palabra que pronunciamos o escribimos; pero lo real y concreto, su aplicación, está a cargo de quienes deciden qué de lo que se sabe "es oficial" y qué no. No basta con que un científico aislado en un laboratorio descubra algo; ese experimento, ese estudio, por más que esté bien hecho, puede ser visto como una amenaza, un peligro para determinadas entidades comerciales (laboratorios) o estatales (el ejército) y por lo tanto se lo "silencia", se "confisca" y se margina al susodicho científico. El caso Galileo, que ilustra esto, sucedió en la era pre moderna, pero el caso Tesla ocurrió ya en la era moderna.

Los científicos entonces son solo los obreros que trabajan sobre la materia; sus resultados necesariamente tienen que pasar todos por el tamiz del poder. Pero el poder no solo es el Estado: es principalmente el establishment, que es más que un gobierno (que es algo pasajero) o un Estado (que implica solo un ámbito local). Como sabemos, las revistas internacionales de ciencia, los grandes laboratorios, las instituciones de investigación, universidades u ONG privadas tienen dueños que no conocen fronteras, y sus representantes son quienes "aprueban o desaprueban" las investigaciones dependiendo del grado de implicancia que ellas tengan para el normal funcionamiento de la sociedad de mercado. Más importante que los descubrimientos en sí es la evaluación de si eso afecta o no los intereses y el control de dicha sociedad. Exactamente igual que lo que ocurrió con Galileo pero con un sentido más "comercial", menos religioso.

De modo que ideas como que "la ciencia se abre paso" son solo puras fantasías, simples creencias que albergan muchos de los que todavía, ilusamente, desligan la ciencia del poder cuando en realidad son un binomio indisoluble. Lo que le faltó en sus análisis al filósofo Thomas Kuhn, creador de la noción de “paradigma” en su obra La estructura de las revoluciones científicas, fue el factor político en la ciencia debido a que muchos de los "teóricos" como él cometen el error de creer que el estudio de la ciencia es algo puramente ajeno a los intereses humanos, como si trataran con un problema matemático o con jugadas de ajedrez.  

Desde siempre se ha dicho que "conocimiento es poder" y la ciencia hoy más que nunca significa únicamente poder (revisemos el caso de la creación de la bomba atómica en Álamo Gordo y sus ilustres personajes como Fermi, Oppenheimer o Einstein manipulados por Truman). De modo que si algún día cambian los "paradigmas" no será para que la ciencia sea como quisiéramos que fuera, clara e imparcial, sino para que sea lo que siempre será: el reflejo de la sociedad que existe en ese momento.

En conclusión, los cambios de "paradigmas" no se dan realmente en la ciencia sino en el poder, el cual necesita incorporar nuevas formas de entender la realidad pero orientadas de acuerdo con sus intereses.


martes, 13 de marzo de 2018

La canción de autor, o trova, en el Perú


El siguiente es un comentario surgido a raíz del artículo “Canción de autor en España: memorias off the record” publicado en Internet  por autor no especificado con la intención de dar un punto de vista particular sobre dicho fenómeno en el ámbito peruano.

La expresión musical llamada Trova se remonta mucho más atrás en la historia del hombre, y se sobreentiende que no ha habido pueblo que no haya contado con un poeta o un trovador que cante sus vicisitudes y conserve su memoria.

En el caso particular de Occidente, la historia de los trovadores ha sido variada y compleja, habiendo pasado por diferentes etapas que van desde las más sencillas y opacas (poetas cantantes que iban de pueblo en pueblo viviendo con lo que podían) hasta las más notables (los juglares en la Edad Media europea que eran recibidos gratamente en las cortes como vehículos de información y distracción). Más contemporáneamente esa función la desempeñaron jóvenes cantantes de la pos guerra cuyo éxito despertó la ambición de las casas disqueras.

La influencia y presencia de los trovadores está necesariamente vinculada al curso de los acontecimientos históricos que determinan el grado de importancia e influencia en cada una de sus sociedades. En el caso de Norteamérica, las guerras mundiales y la proliferación de lo medios de comunicación produjeron una etapa de cambios en la década de los sesenta. Una manera de canalizar esa situación fue el surgimiento de los poetas-cantores quienes emplearon el rock y el folk para comunicarse. Este fenómeno se prolongó hasta comienzos de los años setenta para, finalmente, ser absorbido por la maquinaria económica que, eliminando su contenido poético-político, hasta la actualidad viene empleando solo su forma y su estructura musical (las consabidas fórmulas de grupos rock con indumentaria y gestos desaforados, elementos que se dirigen de manera exclusiva a los jóvenes, en vista que son ellos los grandes consumidores y sostenedores de la industria de la música).

Como consecuencia de ello se puede decir que, actualmente, los poetas-músicos auténticos de las grandes ciudades han vuelto a sumergirse en las oscuridades de la sociedad comunicando, a solo unos pocos, cuáles son los verdaderos sentimientos, deseos y frustraciones del ser humano contemporáneo (la llamada cultura subterránea). La sociedad de mercado no los necesita y por eso los ignora, creando a su vez ciertos sustitutos que consuelan a quienes buscan mensajes y sensaciones más fuertes que las románticas melodías convencionales (en el ámbito de habla hispana se pueden identificar personajes como Sabina, Andrés Calamaro, Charly García, Ismael Serrano, Fito Páez, Alberto Plaza y, muy particularmente, Ricardo Arjona, por poner solo algunos ejemplos). Estos apenas rozan la verdadera realidad del hombre contemporáneo; no llegan a cuestionarlo.

Todos estos “trovadores” están incorporados al sistema, respetan puntillosamente sus reglas y se benefician de ello, mientras que la gente ¾su público consumidor¾ piensa que a través de ellos y de sus mensajes están siendo reflejadas sus propias vicisitudes (pero, en verdad, solo muestran una parte de ellas, las románticas y las de rebeldía adolescente, ignorando las más radicales, aquellas que determinan los verdaderos acontecimientos de la vida humana). La razón es que, si mostraran eso, afectarían directamente a los intereses de sus casas disqueras pues estarían cuestionando la cosificación del ser humano y la sociedad de consumo.

Ahora bien, en el caso particular del Perú, es indudable que, al igual que en todas partes, ha tenido trovadores de toda clase según su devenir histórico. En la época prehispánica cuenta Garcilaso que, en el imperio incaico, esta función la ejercían ciertos poetas ambulantes denominados en quechua como "arawix". Es obvio que deben haber habido infinidad de formas y variantes de cantantes e intérpretes de la historia y acontecimientos andinos. Ya en la época hispánica surgen varios movimientos de expresión popular como el llamado Taki Onqoy; éste era una danza acompañada de letras de carácter reivindicativo y venía a ser subversiva para la colonia (puesto que quienes participaban en ella eran trovadores-bailarines que iban de pueblo en pueblo recordando lo grande que había sido el imperio incaico y de cómo tenía que hacerse para regresar a él, expulsando a los españoles; se trataba, entonces, de una “música protesta”, razón por lo cual fue combatida y suprimida).

También existieron otros tipos de músicos trashumantes quienes, cargando sus arpas, violines, vihuelas y guitarras, compusieron una serie de melodías, historias y poemas que, hasta la fecha, se recuerdan sin que se sepa el nombre de sus autores. Hoy se puede ver a esos trovadores pero principalmente en las zonas más humildes y apartadas de las grandes urbes: en las caletas de pescadores, en los pueblitos del interior y en los villorrios. Igualmente es posible encontrarlos en alguna feria popular, en eventos familiares o en los bares y cantinas amenizando alguna reunión. Pero, como es de esperarse, sus apariencias no encajan con lo que industria de la música exige, motivo por el cual no se les reconoce oficialmente como “artistas” sino solo como “músicos populares”.

A pesar de ello, irónicamente sus creaciones constantemente están alimentando al "star system", el cual se encuentra conformado por los intérpretes que sí se incorporan a las estructuras reguladas del sistema. Por eso es que se dice que la verdadera inspiración siempre “viene del pueblo y va hacia él” (César Vallejo, poeta peruano). Pero eso sí: la industria del disco no acepta canciones con letras comprometidas que tengan algún tinte político o reflexivo. Rara vez logra darse algo así y eso solo cuando un determinado fenómeno es ya imposible de ocultar (como el caso de la canción “Flor de retama” del trovador Ricardo Dolorier, que fue un popular huayno-himno en la época de la subversión del grupo maoísta Sendero Luminoso). Quiere decir que los trovadores-músicos-poetas del pueblo siempre existen, pero viviendo al margen de los medios de comunicación, transmitiendo sus mensajes para unos cuantos privilegiados que los saben valorar y escuchar.

Finalmente, con respecto a influencia que tuvo la trova en su forma cubana en ciudades como Lima, el llamado movimiento Nueva Trova de Cuba (nacido en calor de la Revolución cubana y apoyado totalmente por el Gobierno, única explicación de su fuerza e impacto) influyó en los años sesenta exclusivamente en un sector de la clase media y media alta de Lima (que en aquel entonces era izquierdista-intelectual), por eso es que muchos de esos jóvenes imitaron dicho modelo intentando desarrollar movimientos musicales parecidos (hacían música popular con textos políticos, pero normalmente utilizando ritmos cubanos y argentinos). Fue en esa época que surgieron intentos notables como el del músico académico Celso Garrido Lecca, quien, apoyado por el espíritu nacionalista del gobierno de Juan Velasco Alvarado, formó la Escuela de Arte Popular de la cual surgieron artistas y grupos interesantes como Tiempo Nuevo (el cual estaba integrado en su mayoría por estudiantes de la Universidad Católica).

Por otro lado, se hicieron también esfuerzos personales pero con modelos más liberados del discurso político, como lo hecho por Chabuca Granda, cuya influencia sirvió para formar a los más identificables y renombrados cantautores peruanos hechos bajo dichos parámetros (que exigía el uso de ritmos propios del país): Andrés Soto de la Colina y Daniel “Kiri” Escobar. Ambos trovadores tienen en común el empleo de ritmos peruanos para expresar, no solo sus sentimientos, sino también situaciones sociales agudas de su propia sociedad (la marginalidad, la pobreza, el racismo, la injusticia, etc.).

Los años setenta fueron para ellos de apogeo, pues eran vistos como los “Silvios y Pablos” peruanos, siendo de este modo aceptados por la clase alta, ansiosa de ponerse a la moda y, en especial, cuidadosa de respetar la opinión de la aristocrática Chabuca (Isabel Granda Larco) quien los apadrinaba. Luego de esta primera generación, a fines de esta década, aparecieron otros dentro de la misma línea pero cuyos textos empiezan a despegarse del discurso marxista panfletario de los setenta y se acercan al intimismo y posmodernismo de los ochenta (entre ellos se puede mencionar a Juan Luis Dammert).

Con el pasar de la moda izquierdista empieza la era del todo vale, pues solo quedó el Capitalismo y la sociedad de mercado como único modelo político. Esto hace que la generación de trovadores urbanos limeños siguiente (Pepe Villalobos, Lino Bolaños, Piero Bustos, y otros) se dispersen, a mediados de los ochenta, por caminos diversos u opuestos. Los suceden trovadores más influenciados por el rock (como Daniel F o Rafo Ráez), que es la expresión musical más aceptada por la mayoría de jóvenes. Sus obras reflejan más bien la idea de la globalización (el mundo es uno solo y todos pasamos por lo mismo y a todos nos duele lo mismo) pero con un marcado acento urbano y personal (mi realidad es la misma de la de todos) lo cual logra captar a un importante sector del mercado contracultural.

En la búsqueda del mito de la universalidad, de lo globalizado, estos músicos se encuentran más desligados del contexto del país, de la realidad integral y de los problemas coyunturales particulares del Perú. Además evitan tocar las bases de la sociedad de mercado (solo la insultan), ignorando la existencia del mundo campesino no urbano y hablando solo del estilo de vida hedonista y relajado de los jóvenes de los noventa, para quienes su mayor preocupación es la bebida alcohólica y las diversiones. Por esas épocas se dio el caso que jóvenes que no vivieron las convulsiones políticas de los 60 redescubren la música de Silvio y éste se vuelve una moda. Las chicas más "pitucas" (adineradas) y cabezas huecas repetían sus canciones sin saber qué decían y de eso se aprovecharon muchos para montar espectáculos dirigidos a dicho segmento. Fue el tiempo del auge de Barranco (distrito bohemio de Lima) y de sus peñas,  donde lo más saltante era la frivolidad y el relajo, motivado también por el profundo miedo a la guerra subversiva.

Sin embargo, con la caída del líder de Sendero Abimael Guzmán y la sensación de estabilidad y libertad que ello produjo, la música de contenido en ese medio se hizo prácticamente innecesaria y llegó la era del canto a la sociedad de consumo y a sus valores. Desde ahí todo ha tenido que pasar por la medida de lo económico para que algo sea válido (“salvo el mercado el resto es ilusión”). Actualmente los trovadores urbanos se encuentran navegando en el dilema de estar entre la necesidad de participar activamente del proceso económico (hacer espectáculos, vender sus discos, atraer público y medios de comunicación) y la obligatoriedad de reflejar los verdaderos sentimientos y necesidades de su pueblo.

Sin este último factor dejarían de ser trovadores para pasar a convertirse en unos productos más del sistema, razón por lo cual hoy se vive una etapa de dudas, de polémica y cuestionamientos sobre cuál debe ser el verdadero rumbo a tomar con respecto a la trova. El modelo cubano ya se agotó y la sociedad exige una forma de expresión auténtica. Hasta que esto no se halle continuará la incertidumbre respecto a qué es en este momento la verdadera trova. A pesar de todo, como se dijo líneas atrás, los trovadores marginales siempre sobreviven a estos embates y continúan su labor, principalmente en los lugares más apartados del país.

lunes, 12 de marzo de 2018

Comentario al libro El Estadio de José del Valle González

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19 de enero del 2018

Toda obra de arte consta de dos partes: la forma y el fondo. La forma es el elemento con el cual se expresa una idea, que viene a ser el fondo. En la pintura la forma es el cuadro o la superficie más los colores y cómo todo esto se dispone. En la música son los sonidos y de qué manera se organizan. En el caso de la literatura son las palabras y el modo de exponerlas.

En este libro titulado El Estadio de José del Valle González encontramos que su forma es correcta; está bien redactado, es sencillo en sus expresiones y se encuentra al alcance de cualquier público mediana o escasamente instruido, lo cual es de por sí una virtud en estos tiempos en que la gente se inclina cada vez más por las lecturas rápidas y sintéticas que nos ofrecen las diversas pantallas que por todos lados nos acosan. Tiene un formato que es el de cuento-novela, pues es más larga que un cuento y más corta que una novela convencional, según mi particular apreciación.

Pero todo esto tendrá o no importancia siempre y cuando responda al objetivo central que es la razón de ser de la obra. Y aquí es a donde entramos en la parte del fondo, a la esencia que motiva el comentario sobre este trabajo. Antes de continuar, y a modo de plantear una intriga, citaremos una de las frases que quizá sea el leit motiv del libro en cuestión. Proviene de un pasaje de la Biblia, del Eclesiástico, el cual dice: “Todo lo que de la nada viene, a la nada vuelve; así el impío, del vacío vuelve al vacío. La dicha dura pocos días, pero el buen nombre dura para siempre”.

Diera la impresión de que el autor encontrara en lo profundo de este pensamiento una motivación para exponernos preocupaciones que van desde las dudas epistemológicas —la epistemología es una especialidad que estudia a la ciencia— sobre la capacidad de ésta para explicarlo todo, hasta el asombro ante nuestra peculiaridad humana de vivir siempre insatisfechos. Se trata entonces de un relato más cercano a la reflexión y a la moraleja, cosa con la que todos los cuentos siempre finalizan.

A propósito de esto, es bueno mencionar que la literatura es un arte que camina sobre  sus propios pies y no tiene por qué atenerse a la lógica de Hollywood o de Disney, empresas que suelen utilizarla impunemente para sus películas pero deformándola para adecuarla a sus fines que son reforzar lo “políticamente correcto”. Digo esto porque la narrativa y la cuentística real no siempre funcionan con los simplistas esquemas de “bueno-malo” a los que nos tiene acostumbrados la ideosincracia norteamericana, apegada a una moral puritana de clase media que espera recibir solo aquello que ésta entiende y pueda aplaudir. En la literatura, por lo menos hasta ahora, esa idea de ser una simple máquina de repetición de los valores y patrones culturales típicos de la mass media no es la que más se utiliza.

Este es el caso de El estadio, cuyo propósito no es el de arrancar de sus lectores un “qué lindo” ni una aprobación emocional al estilo de los libros de autoayuda, sino más bien el conducirnos hacia una situación en la que terminamos con más dudas y preguntas que cuando empezamos. Y es acerca de esas dudas y preguntas sobre las cuales quiero hacer hincapié más que en su exégesis literaria, en particular porque mi personal interés es la filosofía y ese es el campo en el que mejor me desenvuelvo.

Evitaré entonces contar la trama y más aún el desenlace puesto que ello es lo que precisamente hay que invitar a hacer, centrándome en aspectos puntuales que siempre son buenos resaltar ya que muchas veces los pasamos por alto. Previamente es necesario aclarar que el autor, Valle González, es físico de profesión así como especialista en metodología científica. Este dato es fundamental ya que ello explica la preocupación central de la trama que, a mi entender, trata acerca de la verdad, la realidad y cómo el ser humano las asume. Y ya que hablamos de la verdad, es imposible mencionarla sin nombrar también a su hermana gemela: la creencia. Una verdad en la que nadie cree no es una verdad, aunque ésta sea comprobada de mil maneras. Y además, contrariamente a lo que muchos piensan, así como podemos fanatizarnos con la verdad, o con lo que pensamos que ella es, también lo podemos hacer con su negación, con el no creer, posición aún más cómoda porque así no requerimos darnos ningún tipo de explicación. Al respecto de ello cito un pasaje del libro que dice: “A veces se es fanático por creer, pero también se suele ser fanático por no creer, aun cuando las evidencias estén al alcance de la mano.”

Y efectivamente, cuando la mente  no alcanza, cuando los argumentos no llegan a ser los suficientes, la actitud más común que asumimos es la de arribar a una conclusión que es casi siempre aquella que restablece el orden previamente alterado. A quién no le ha pasado que alguna vez en la vida se ha visto ante un suceso que no pudo explicarlo y que al final lo hemos resuelto mediante una alzada de hombros junto con un: “Me habrá parecido”. Esa respuesta, que obviamente no es ni real ni culmina el misterio, resulta una tabla de salvación ante fenómenos que, por diversos motivos, no tienen explicación para nosotros. En la obra, uno de los personajes principales, que es ciego, calma las preocupaciones de todos a través del razonamiento siguiente: “No he podido contemplar al mágico estadio ni lo veré nunca, pero creo en él porque también creo en las palabras de mis amigos y buenos vecinos y estoy convencido de que existe, al igual que existen cosas malas y buenas que están fuera del alcance del hombre.”

Lo que nos propone este razonamiento es que las cosas existen no solo porque las veamos o las toquemos, o quizá porque la ciencia lo diga, sino también, y sobre todo, porque mucha gente de confianza así lo dice y les creemos, lo cual podemos comprobar en la práctica cuando los alumnos de la universidad asumen la palabra del catedrático de ciencias como “verdadera” solo porque es el profesor de ciencia. A pesar que se les enseña que no deben creer subjetivamente porque alguien con autoridad lo diga, los nuevos científicos se forman diariamente en las aulas a través de la credibilidad en la palabra del maestro. Es, sin duda, una de las tantas paradojas acerca de qué es el conocimiento. Al respecto de ello, traigo a colación otra de las frases que nos brinda el libro: “…la ciencia históricamente ha explicado muchas cosas y cada vez las sigue explicando con más precisión, pero cuestionándonos siempre si los métodos científicos constituyen la única vía para descubrir la verdad absoluta…”

No hay que olvidar que esta es una obra contemporánea, escrita por alguien que conoce muy bien la estructura científica y que, por ello, sabe que no todo es lo que parece. A ojos del lego, al igual que le pasa al paciente ante el médico, el científico figura como aquel que puede tener todas las respuestas, como las tenía el cura medieval antes de la modernidad. Pero, al igual que solo los que trabajan en el teatro saben la diferencia entre las apariencias y la realidad, lo cierto es que la ciencia no es la que da las respuestas a todo, como lo suelen repetir los medios de comunicación, sino más bien lo contrario: la ciencia es la capacidad de asombro ante todo, el deseo de entender lo que se ve, la inquietud por descubrir que se sabe menos de lo que se creía. Diariamente se desechan miles de libros de texto científicos debido a la cantidad de nuevos descubrimientos que contradicen y niegan lo que hasta hace poco era una verdad sagrada. Esa es la verdadera ciencia, y no la de las películas de ficción donde se la presenta como la que todo lo puede y que para todo tiene las respuestas exactas.

El Estadio parte de la premisa de que los misterios de la naturaleza muchas veces no son asumidos de la manera cómo deberían serlo, o sea, con una debida investigación y comprobación, sino de acuerdo a criterios y valores comunes y entendibles por las mayorías. La obra viene a ser entonces una metáfora de nuestra vida diaria donde aquello que creemos ser “la verdad” no lo es porque exista detrás de ello alguna prueba casi irrefutable sino porque alguna autoridad o fuerza la inserta en nuestra estructura mental y allí cobra sentido incorporándose a lo que llamamos como lo “conocido”. De modo que cualquier explicación que se dé, por muy irracional que sea, funcionará como un tranquilizador de nuestras conciencias permitiéndonos continuar con nuestra vida diaria.

Hasta aquí he abordado el problema de la relatividad de la verdad que el texto nos propone y con el cual nos hechiza de principio a fin, aunque sin darnos el final aclaratorio y moralizante al cual estamos acostumbrados por el cine norteamericano y la televisión, como ya señalé, los cuales procuran hacer que sigamos pensando que vivimos en un mundo confiable, controlado por nuestras supuestamente sabias autoridades. Ahora tocaré el otro aspecto también fundamental de la obra pero que tiene que ver con algo más cercano a nosotros: nuestra idea de valor, de ética y de moral.

La trama del libro nos muestra que un hecho insólito e inexplicable, aparte de cuestionar nuestras ideas de la realidad y su forma de asumirla, desencadena también una serie de sucesos de orden social. El haber elegido un argumento aceptable y consolador ante el misterio termina convirtiendo a este en uno de los tantos tabús con los cuales vivimos y que preferimos nunca tocar por cuanto hacerlo nos puede llevar a una serie de sinrazones y confusiones a las cuales no hallamos respuesta. Incluso el no buscar explicaciones, como sucede cuando estamos con los niños, resulta ser la mejor salida al entrampamiento. No preguntar, no indagar es muchas veces la solución a nuestras dudas existenciales.

Pero ello nos lleva también hacia una problemática acerca de qué es lo correcto, lo honesto y lo adecuado. Así como con las mentiras piadosas, las mentiras sociales y políticas son también un “mal necesario”. Todos sabemos que es imposible vivir diciendo siempre la verdad. Imaginemos un día salir y expresar públicamente lo que solemos pensar para nuestros adentros. No llegaríamos más allá de unos cuantos metros de nuestra casa en que ya nos veamos envueltos en un altercado con alguien a quien le hemos dicho lo que tenemos en la cabeza en voz alta. Lo contrario sucede cuando saludamos cortésmente y pronunciamos palabras gratas y enaltecedoras al prójimo con quien nos cruzamos, la mayoría de ellas, por supuesto mentiras de marca mayor que ameritarían pasar por el confesionario si fuésemos católicos. El clásico cuento del traje invisible del rey nos demuestra esta realidad.

Ahora bien, ello no sería problema si no fuese porque siempre existe gente para quienes tal hipocresía necesaria para la convivencia no es aceptable. Nuestra sociedad es un constante estado de equilibrio entre el deber ser y el ser, entre lo que deberíamos y lo que somos, entre lo que quisiéramos que fuera pero que no podemos evitar que sea. Solo cuando estas dos fuerzas se desequilibran, cuando una de ellas adquiere mayor peso o preponderancia, es cuando se producen los fenómenos sociales mencionados por la historia tales como la Florencia religiosa, moralista y persecutoria de Savonarola y la corrupción desestabilizadora de la Francia pre revolucionaria. En estos dos extremos se ubican ciertos individuos para quienes ambas fuerzas no pueden compartir el mismo espacio y solo es posible que exista una de ellas, cosa que los convierte o en criminales o en profetas o personajes aislados y sufridos, incomprendidos debido a que se aferran fanáticamente a principios que, si bien son aplaudidos y deseados por todos, son a la vez inaplicables excepto en algún determinado aspecto. Estas normas entonces solo sirven como metas, como horizontes o ideales, tal como lo son las diversas religiones lo plantean, pero no son ejecutables en la vida diaria en la mayor parte de los casos.

Y este es el contexto en el cual se desenvuelve el personaje principal de la obra, un coordinador de deportes de un pueblo quien se debate entre lo que observa y toma conciencia que es la realidad versus lo que los demás asumen falsamente con cinismo y hasta con inmoralidad. Cuando lo cuestionan o presionan para que acepte lo que por sentido común todos hacen, éste agudiza aún más su crisis personal acerca de lo que él considera como lo sensato y lo correcto. Es así que en un pasaje responde al que pone en tela de juicio la sensatez de su padre, quien actuó también principistamente: “Pero lo hizo con honradez, ministro, porque para él el deporte significaba mucho más que dinero…”.

Ante ello la reacción del pueblo, de la sociedad en su conjunto, que es mostrada como irreflexiva y siempre en procura de restituir el equilibrio perdido por un suceso extraordinario, es la de calificar críticamente al que no sigue la corriente ni se adapta a los hechos como de “raro y conflictivo”. Es por eso que el ministro le retruca: “Caramba, veo que eres obstinado como él [como su padre]; los tiempos han cambiado y todos los que siguen pensando así están condenados al fracaso; cuando un día se dan cuenta de su error entonces no hay remedio.”

La conclusión del relato no es la restitución del orden y el develamiento del misterio; eso es algo típico en la literatura contemporánea que intenta crear clientes y seguidores satisfechos con finales agradables que contentan y tranquilizan a los compradores y que llenan los bolsillos de las editoriales. Los verdaderos misterios siempre permanecen ocultos en su explicación y comprensión, por eso son misterios. Los poderes de turno son más bien los que intentan darles un sentido pero de acuerdo a su conveniencia, haciendo que estos se “resuelvan” pero bajo las pautas de su régimen para con ello perpetuar su autoridad y la idea que lo tienen todo controlado, situación que es lo que da confianza al pueblo y le hace creer que están bien conducido por sus dirigentes.

Pero el hecho que todo quede así, explicado pero no resuelto, hace que se perpetúe el estado de insatisfacción que, a la larga, sume a los seres humanos en la ansiedad y desilusión. El volver todo a la “normalidad”, a pesar de que los milagros se manifiestan a nuestro alrededor, nos hace entender que estos extraordinarios sucesos no son el camino hacia ningún cambio o mejora; los milagros solo sirven para el asombro inicial, pero luego el poder se encarga de engullirlos y colocarlos en una situación favorable para sus intereses. Podríamos decir, a manera de síntesis un tanto irreverente, que así aparezcan los ovnis y los extraterrestres, así se presente la Virgen María y retorne Jesucristo a la Tierra, ninguno de estos hechos producirá algo más allá de una admiración inicial puesto que al poco tiempo los dueños del poder los ubicarán en el lugar más favorable para ellos, y así podrán seguir controlando sus negocios y su lugar preferencial en la sociedad.

En conclusión, lo que a mi parecer nos pretende decir El estadio es que si realmente esperamos algún cambio auténtico en nosotros y en nuestro medio éste solo podrá venir de nosotros mismos, no de afuera. Es por eso que la historia termina con una frase que traduce este pensamiento: “Entrenador, ¿cuándo este pueblo irá a tener un estadio que valga la pena? …/… Cuando lo merezcamos, doctor… cuando lo merezcamos.”



lunes, 20 de noviembre de 2017

Todos necesitamos de un sueño

Existen momentos en la historia de los hombres en que la aparición de un sueño se hace necesaria. Quizá porque a veces la vida se convierte en una asfixiante prisión donde el futuro es previsible, y este resulta poco esperanzador. Miramos por los cuatro costados y solo vemos los mismos rostros desconcertados; nadie sabe con certeza a dónde vamos ni por qué seguimos yendo. Mientras tanto la angustia crece a pasos agigantados y los consuelos son cada vez más descorazonadores. La vida en ese momento se convierte en un acto de incertidumbre y no en uno de valor; menos en uno de fe o de alegría.

El miedo se apodera de las calles, de los caminos, de los pueblos y villorrios. Estamos entrampados. La rutina puede más que nuestros deseos. La realidad, esa mata-entusiasmos, es la única ley que hay que acatar. Y si alguien nos habla de ideales maravillosos, inmediatamente pensamos en el pasado, en un tiempo donde todo se podía porque antes era todo más fácil, incluso cambiar la realidad. Pero ahora ya no. Eso actualmente no es posible, más aún, no es conveniente. Incluso hubo un tiempo en se pensaba que los jóvenes, por el simple hecho de serlos, eran los locos soñadores ansiosos de cambiarlo todo y a ellos había que contenerlos para que no se desbordaran. Ahora vemos que no era así. Ejércitos de jóvenes modernos solo piensan en pasar el momento y vivir lo más cómodamente posible ellos mismos. Se sienten más prácticos que sus mismos padres.

Los soñadores
Es entonces que surgen los soñadores, aquellos que, además de querer un mundo mejor, tratan de ponerlo en marcha. Sus únicas armas son la fe que tienen en sí mismos. Y la gente que los sigue lo hacen porque les atrae la idea de que alguien pueda creer en algo que no sea el miedo o el dinero. Los soñadores no se resignan a soportar sacrificadamente la realidad, tratando de maquillarla o dulcificarla. Ellos tratan de inventar una nueva realidad pero que corrija la que desean cambiar. Y es aquí donde nacen las utopías, que son guías de acción a las cuales muchos seres humanos empiezan a sujetarse encandilados por su mágica música. Gracias a las utopías muchas veces se encuentran soluciones donde no parecía que las había puesto que solo se trataba de plantear el problema de otra manera.

Yo soy un soñador. Siempre lo sospeché pero no lo admitía. La idea en sí es demasiado abrumadora como para siquiera plantearla. Pero confieso que me ha vencido. O tal vez quizá ha madurado dentro de mí. Por eso es que al confesarlo siento, más que vergüenza, alivio. Porque sé que los soñadores cumplimos un rol importante en toda sociedad, del mismo modo que en un pueblo lo cumplen su loco, su cura, su policía, su alcalde y su puta.

Mi sueño
Sueño con reunir a todos los inconformes de la sociedad: los marginados, los desplazados, los desoídos, los desheredados; pero sobre todo, a los grandes soñadores dispuestos a todo con tal de no terminar sus días como carroña de un sistema que solo piensa en ser eficiente para sí mismo pero a costa de la mayoría de las gentes. A todos ellos les voy a exponer mi sueño de fundar una nueva ciudad la cual será hecha a la medida del nuevo hombre que queremos crear. Esta será diseñada y construida principalmente con un sentido estético y armónico con la naturaleza y no en función de la tecnología o el mercado. El objetivo de vivir en ella no será, no podrá serlo —por su mismo diseño— el obtener bienes materiales sino contemplar la belleza tanto del mundo como de los habitantes mismos. Los hombres que en ella habiten serán aquellos que piensen que la vida es mucho más que acumular y hacerse ricos y poderosos.

Allí todos tendrán una función que desempeñar y nadie será inútil puesto que la riqueza de dicha urbe será la suma de todos los esfuerzos de cada uno de sus integrantes. Y esa suma de esfuerzos será el capital con el cual se adquirirá el terreno y se financiarán las obras de arte, las cuales se plasmarán en los campos, en los canales, en las carreteras, en las casas y en cada artefacto y utensilio que en ella exista. Todo en ella será producto del arte. Nada se hará con un sentido práctico-económico sino más bien práctico-artístico. La ciencia estará al servicio de los hombres y no de la tecnología. ¿No está hecho acaso el hombre de barro, de arcilla? ¿No es ella moldeable, sujeta a adquirir las más variadas formas, las más extrañas?

Invoco entonces a todos los hombres de buen corazón y fe en lo bueno de la vida a renunciar a esta vida sin sentido e iniciar el proceso de creación de un nuevo mundo el cual, si bien no será un paraíso, sí puede ser lo más parecido al sueño de una existencia más noble y trascendente.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Artista adalid

Artista: ser humano creador de belleza. Adalid: persona que lleva el estandarte; un líder. Si combinamos estos dos seres en uno tendremos, a no dudar, a un personaje singular: un líder creador de belleza, o una belleza que lidera. Todo depende de cómo lo queramos ver. Para quienes sufrimos esta época nos es más grata esta segunda expresión porque ello refleja el nuevo sentido que deberían tomar las cosas en nuestra sociedad. Pero ¿qué tiene que ver el artista con el liderazgo? Veámoslo.

Desde muy antiguo el poder ha sido detentado por personajes de muy distintas naturalezas. Ha habido reyes, guerreros, religiosos, intelectuales, iluminados, delincuentes, etc. Cada uno respectivamente ha encontrado una justificación en su tiempo para asumir el mando. Pero ¿alguna vez lo han asumido los artistas? Quizá se hayan dado casos accidentales, pero han sido pocos. Hubo escritores presidentes, pero tal parece que sus gobiernos no fueron para nada artísticos pues indudablemente relegaron sus funciones creativas para efectuar las administrativas. En suma, tuvieron la oportunidad de proponer nuevos horizontes y, o no lo pudieron hacer, o no lo quisieron.

Resurgimiento de una civilización
Miremos a nuestro alrededor. Algo está pasando. Algo se está moviendo y no lo vemos con claridad pero el país ya no es el mismo de hace algunos años. Estamos un país en crisis, con una sociedad que hace agua en todas sus estructuras. Pero la razón no es debido a un fenómeno de corrupción muy común en toda cultura ni no que se trata de un proceso social que no es otra cosa que la resurgencia de una renacida civilización andina que viene presionando y socavando a la occidental desde abajo hacia arriba, desde dentro hacia fuera, con la fuerza de un huracán, con la intención de volver a ocupar el sitial que le corresponde en nuestra realidad (entendiendo por civilización andina todo aquello que actualmente se da y se genera en el ámbito de la cordillera de los Andes, incluyendo las ciudades de la costa y de la selva, y a la cual pertenecemos todos los que habitamos aquí, sin importar el color de nuestra piel o nuestro lugar de origen).

Este hecho ¿hay alguien que lo esté percibiendo? ¿Hay quien constate el suceso y lo haya empezado a reconocer, describir y pregonar?  ¿No eran acaso los artistas ¾aquellos hombres poseedores de una especial sensibilidad e inteligencia, capaces de captar lo que para el común de la gente es invisible, aptos para transformar lo oscuro en obvio con el genio suficiente para crear mundos imaginarios de la nada¾ los que deberían estar interpretado la sutileza de estos cambios? ¿Qué les ocurre: están sordos, ciegos, mancos, mudos? ¿Los mantienen acaso encerrados sin ver el mundo y sin conocer lo que está ocurriendo a su alrededor?

Miami way of life
Lo que sucede es que nuestros más selectos y sensibles artistas quienes deberían haberlo captado tienen la cabeza puesta en otra parte. La tienen puesta en Miami (otros en un plato de comida). Y Miami significa no necesariamente dicha ciudad sino todo el conjunto de valores y cosas que el mundo moderno pone a nuestra disposición. Miami significa patrones de conducta y esquemas de vida que reflejan otras realidades, por muy latinoamericanas que éstas sean (lo que puede ser válido en Cuba o en Puerto Rico no lo es en nuestro país). Lamentablemente la mayoría de nuestros artistas tienen el cerebro lleno de libros norteamericanos, ingleses, franceses y alemanes y viven diciendo como cierta vez manifestaba el escritor Vargas Llosa en sus discursos de candidato presidencial: “Algún día nuestro país será como Suiza”.

Y se la pasan enfrascados en sus bibliotecas leyendo la última traducción de algún escritor europeo o concentrados escuchando una de las más selectas grabaciones de jazz hechas por un pobre negro convertido por los blancos en mercancía. Viven condenando y burlándose de la “incultura” de la gente de nuestro pueblo, de su pueblo, quienes, para ellos, no se merecen ningún respeto puesto que no conocen a Marcel Proust o Faulkner (y a lo más reconocen, mientras sostienen un whiskey en la mano, la sorprendente  “habilidad” de estos “indios” incultos para hacer ciertas cosas que ellos no se atreverían jamás).

Es por eso que nuestros artistas se sienten frustrados y amargados, porque sueñan con un mundo que aquí nunca se va a dar. Y entre sus anhelos occidentales y sus lamentos no tienen tiempo para pensar en nuestra realidad. Me refiero a nuestra realidad andina, porque indudablemente ellos se desplazan solo por la occidental.

Pero antes esto dirán: ¿y qué hay del artista popular? ¿Cuál, el que se disfraza de “típico” y se convierte en un títere para poder sobrevivir? Ese está igualmente encasillado en el esquema Miami; la prueba de ello se halla en sus giras al exterior. Estos personajes son más bien un objeto más de la sociedad consumista. Solo exceptuaríamos de ello a ciertos músicos y actores populares, urbanos y rurales, aunque haciendo la salvedad que como todavía no han tenido la oportunidad de ser tentados por el dinero grande no se les puede juzgar terminantemente.

Artista maestro
Visto esto, ¿qué queremos decir? Que existe una civilización andina que despierta de su letargo y un artista que no lo ve. Es como si estuvieran conectados a la televisión de otros países pero no a los programas locales. Pero esto ya no debe seguir así. Es duro criticar pero no lo hago por placer o afán de notoriedad sino con el objetivo de ablandar nuestra sensibilidad y prepararla para los nuevos mensajes. Y este es el nuevo mensaje que yo daría a nuestros artistas: tenemos que ser maestros. Maestros tal como lo son los profesores de escuela primaria: personas sencillas y sacrificadas, con el corazón más grande que las necesidades y dificultades. Tenemos que vivir modestamente y aceptar nuestra posición social. Tenemos que transmitir, por sobre todas las cosas, amor hacia nuestros “alumnos” que son nuestros receptores, aquellos que asimilan el arte y a quienes debemos enseñar las tradiciones, el valor del trabajo, del sacrificio, la abnegación y la humildad. Tal como así lo hacen miles de maestros que recorren diariamente los confines de nuestra nación.

Porque un artista en nuestro mundo, el andino, no puede ser ni será nunca una “estrella”. Ese modelo hollywoodense aquí es ajeno y no se digiere. “Estrellas” solo son los de afuera: seres de plástico, productos de venta, objetos de nuestra curiosidad y divertimento a quienes solo les interesa llevarse nuestras alabanzas, nuestros aplausos y nuestro dinero. Ellos no son nuestros artistas. Ellos no reflejan nuestra realidad, nuestros sentimientos, nuestras ambiciones y necesidades. Ellos no comprenden nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. Solo nos entretienen y mantienen ocupada nuestra mente con experiencias ajenas. ¡Olvide el artista andino el buscar ser una estrella al estilo occidental! Nosotros tenemos nuestra propia manera expresarnos y de ser y hacia eso debemos llegar.

El más indicado
Creo entonces que el papel del artista en nuestra sociedad pasa por, primero, despertar sus cualidades naturales y luego orientarlas hacia nuestra propia realidad, asumiendo así el papel de un maestro sin poses que imiten costumbres ajenas. Además debería en lo posible, evitar vivir de su arte. De esta manera tendríamos un necesitado menos y un artista más. A los que ya se estén dedicando a tiempo completo a ello solo les alentaría a que tengan la suficiente fuerza para persistir con el mismo empeño con que empezaron para que, de este modo, no caigan en la desesperanza cuando vean que sus problemas caseros se agudizan. Quien no tenga este coraje, quien no ame el oficio sin pensar en la compensación económica no pretenda entonces ser artista.

No hay otros
Los hombres cambian solo cuando sus ideas cambian, y por su facultad de percepción que les permite captar los fenómenos y las sutilezas, a lo cual se suma su capacidad de transmisión para darlas a conocer a las mayorías, el artista debería tomar conciencia que en la actualidad él es el más indicado para señalar el rumbo a seguir. Es la hora del artista. Ni los filósofos e intelectuales están preparándose para dicha acción como tampoco los científicos, los colegios profesionales o las organizaciones políticas. Veamos si no sus ideas, sus postulados y observemos que el tiempo no está propicio para ellos.

Porque dichas personas y organizaciones en verdad no saben por dónde ir ni qué hacer con el país. Quizá les falte imaginación o sensibilidad y amor por nuestra tierra; o capacidad de entrega, honradez, o simplemente valor (aunque habrá algunos que, contra viento y marea, a pesar de las pasadas y funestas experiencias, tratarán de decir que lo que se necesita es aplicar determinadas recetas importadas porque, ya que funcionaron en otro país, tienen que resultar en el nuestro por muy diferentes que seamos). El auténtico artista, en cambio, sí es capaz de saber qué hacer y de demostrar que el futuro nos pertenece, hecho por nosotros y para nosotros.

Señalar el camino
Es por esa razón que pienso que nuestro artista tiene que ser hoy el adalid; el portavoz del cambio. Y si tú, amigo lector, eres o quieres ser artista, prepárate. No hay ni habrá otro mundo mejor que el que tú mismo puedas imaginar y crear. No es tiempo de esperar a que vengan otros de afuera para que arreglen las cosas. La historia y nuestro pueblo están aguardando a que sus propios artistas cumplan con su deber. No hacerlo sería traicionarlo y condenarlo a vivir en la desilusión, el miedo y el fracaso más tiempo del que ya los ha vivido.

De modo que el artista tiene que señalar el camino. Y debe hacerlo recurriendo a las propias fuentes de su cultura y a sus manos. Todos los ojos, oídos y corazones están esperando que hable, que se manifieste, que construya algo para propiciar el cambio. Tiene que darse cuenta que el mañana que proyecte será el presente de nuestros hijos y que será juzgado en la medida que no sea consecuente con su destino.


Como decía Vallejo: “Ya va a llegar el día, ponte el alma”. Ha llegado el momento de que el artista asuma su verdad y lidere la nación. Ya salió el Sol y la noche quedó atrás. Solo queda, entonces, levantarnos y andar. 

sábado, 24 de septiembre de 2011

La felicidad. ¿Eso es todo?



¿Es acaso la felicidad el auténtico fin de la existencia humana? ¿Siempre fue así o alguna vez se pensó de otro modo? ¿La felicidad, una vez alcanzada, lo comprende todo y nos da la tranquilidad o es una fiera devoradora que exige constante alimento? ¿Qué pasó con las otras creencias en las que el hombre no tenía como razón de ser su felicidad personal sino alcanzar el Cielo, el Nirvana o muchas cosas por el estilo? El siguiente es un acercamiento a este complejo tema que hoy se debate precisamente porque se empieza a dudar de él y a considerarse que tal vez no sea lo que la humanidad siempre soñó como respuesta a su esencia humana.

Desde que los intereses de la burguesía europea entraron en conflicto con el poder de la Iglesia Católica surgieron una serie de ideas que iban en contra del discurso oficial impuesto por la curia. Se anunciaba un cambio de poderes, donde los reyes y sacerdotes cederían su puesto a los ricos, por lo que hacía falta un cuerpo teórico que sustentara ante los pueblos la legitimidad de la nueva clase dominante. Dichos argumentos fueron hallados en viejos y olvidados textos provenientes de una cultura desaparecida casi dos mil años atrás (los griegos del antiguo Peloponeso) y fue así cómo se “innovaron” las creencias. Reaparecieron conceptos aparentemente superados como democracia, república, libertad, igualdad y, en especial, felicidad (eudaimonia en griego, felicitas, en latín), una “nueva” forma de plantear cuál era el objetivo real de la vida del ser humano.

Hasta antes de esto la única manera de vivir, legitimada por el mismísimo Dios, era tal como lo indicaba la Biblia, documento sagrado y eterno que no podía ser modificado por el hombre. Allí se especificaban claramente tanto los orígenes de éste como su deber sobre la tierra y su destino final, cerrando así el círculo de la existencia correcta. El hombre surgió por el amor de Dios quien quería compartirlo con sus criaturas; pero para que ese plan se haga efectivo el ser creado debía acceder a dicha gloria mediante una serie de pruebas pues solo de ese modo es cómo tal don se justifica. La vida terrena no era otra cosa que una etapa de preparación para ese más allá prometido al cual todos teníamos derecho a acceder. Mientras más se hiciera por alcanzar ese estado más se acercaba uno a la meta, por lo que la piadosidad y el respeto a las normas eran el mayor logro que alguien pudiese obtener.

Esto obviamente exigía una actitud y un determinado comportamiento que, en lo fundamental, minusvaloraba lo material frente a la vivencia interna y la virtud. Pero la falta de aprecio a las cosas no era algo bien visto por aquellas personas para quienes su manipulación significaba una forma de vida (los comerciantes) razón por la cual la espiritualidad, llevada a un grado extremo, significaba para ellos una ostensible baja en las ventas. Es comprensible entonces que, para modificar esta situación, se hiciera necesaria una inversión de valores, una revolución, que pusiera los mercantiles por encima de todos los demás. Es con ello que aparece otra forma de entender la religión; ya no se trataba de despreciar lo terrenal sino, todo lo contrario, emplearlo como vehículo para alcanzar el Cielo. El protestantismo, apoyado intensamente por los comerciantes alemanes primero y luego por los ingleses, contribuyó entonces a “rediseñar” el pensamiento y los mandatos de Dios “interpretándolos”, de modo tal que la posesión de riquezas, en vez de alejar al hombre de la divinidad, más bien lo acercaba puesto que era deseo del Creador proveer a su creatura de todo lo necesario para que no sufra mientras transcurre su preparación para el más allá dichoso (de “valle de lágrimas” se pasó a “tierra prometida”).

De modo que ya no era bueno sacrificarse y renunciar a nada sino, por el contrario, adquirir lo más posible aquello que diera satisfacción, idea que pasó a llamarse “felicidad” y que se comprende hasta el día de hoy como “la satisfacción plena de las necesidades”. Para ello no es necesario llevar una vida de santidad y recogimiento sino acudir al mercado a comprar los dones que la naturaleza le brinda generosamente al hombre. Cuando éste los tuviera, decía la nueva versión sagrada, entonces se sentiría feliz y realizado, sin importar si con ello se hacía merecedor o no a un premio “después de muerto”. La muerte misma pasó a ser vista como el peor de los males —que antes lo era pero con el consuelo de ser el ingreso a una etapa superior— y comenzó a entenderse como “la desaparición de la razón de ser humano”. Muerto el cuerpo, todo acaba. El mercado no tiene injerencia en otra dimensión que no sea la material. Después de la muerte, lo que ocurra ya no pertenece al campo de lo humanamente comprensible y admisible. En pocas palabras, con el advenimiento de la Modernidad el hombre empezó a verse a sí mismo solo en su magnitud corporal dejando de lado las preocupaciones extramundanas.

Cierto que hay quienes, a pesar de este pensamiento, aún se apoyan en alguna fe para darle un sentido a sus vidas, pero el detalle es que ninguna de ellas atenta o violenta las normas del mercado; simplemente se adecúan a éste. Existen casos aislados de creencias que van en su contra (como cierto sector del Islamismo) pero esto es combatido en todos los frentes, tanto ideológicos como militares (las “repúblicas fundamentalistas teocráticas”) siendo ello un ejemplo de que a lo que se ataca es a las ideas que no priorizan el comercio como ley básica para la organización de toda sociedad, no así a las instituciones per se. Incluso el tan vituperado Comunismo no era otra cosa que una acentuación de la propuesta que no hay otro fin en la vida que no sea el sostener al organismo hasta su desaparición de la mejor manera posible. La felicidad, en este caso, seguía siendo la idea primordial, solo que dirigida por un ente regulador que era el Estado.
Pero ¿será acaso la felicidad realmente el único norte al cual el ser humano puede y debe aspirar? Ya vimos que es un concepto retrotraído del pasado con la exclusiva finalidad de desbancar las ideologías religiosas e imponer otras más afines a los negocios, por lo que se puede decir que no estamos ante una noción universal ni mucho menos eterna. Al contrario, se trata de algo solamente vinculado a la etapa moderna occidental, mas no un criterio surgido en distintos lugares e instancias de la historia de nuestra especie. Nuestra vivencia teológica no puede ser reemplazada tan fácilmente pues nació con el mismo hombre cuando dejó de ser animal, y ello significa no solo una tradición de casi cuatro millones de años sino también una parte constitutiva de nuestro cerebro —si es que les creemos a las últimas investigaciones de las neurociencias que aseguran que llevamos un “gen” religioso.

¿Significa esto que se debería volver al oscurantismo medieval o a la idolatría de las casas reales? No necesariamente; existen muchas otras opciones. Pero lo que parece ser cierto es que la actual, la comercializada y adorada “felicidad”, ya no satisface las expectativas de la humanidad puesto que se ha podido comprobar, en la práctica, que tal cosa no solo es imposible de alcanzar (pues, como los alimentos, una vez consumida se desvanece) sino que no se percibe que ella sea realmente el objetivo del ser seres humanos. En este sentido la filosofía nos recuerda que nada hay dicho en materia de humanidad, que no existe una norma o ley que lo especifique y que el hombre sigue aún preguntándose quién es él y por qué es lo que es. Se han dado hasta el momento muchas versiones, pero ninguna ha pasado la prueba definitiva y ha perdurado como verdadera.

En conclusión, es muy probable que dentro de poco nos veamos envueltos en otra loca carrera por intentar reemplazar al mercado y a la felicidad por otros elementos que nos proporcionen la paz y el entendimiento que desde siempre hemos estado buscando. La satisfacción de necesidades, tanto materiales como espirituales, por más que sea plena, abundante y abarque todos los sentidos, no soluciona nuestro principal drama, por lo que inevitablemente volveremos una vez más a asumir otra forma de mirarnos, con las respectivas transformaciones violentas que ello significa.