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domingo, 10 de junio de 2018

Extraterrestres y ángeles: problemas de comunicación

Escribo para los que les gusta el tema OVNI y los mensajes "del más allá". No deja de extrañar la enorme cantidad de "contactados" a quienes "los extraterrestres" o "los ángeles" se dirigen para pedirles "que haya paz en el mundo". Recordemos si no a los tres pastorcillos de Fátima si creen más en la religión que en lo paranormal. No niego que eso pueda suceder puesto que no tengo pruebas de lo contrario (a diferencia de los escépticos profesionales que niegan sin haber siquiera investigado y se basan en sus libros). Pero sí puedo expresar mi extrañeza por la manera cómo estos "seres superiores" se comunican con nosotros.
Porque definitivamente ni los pastores ni las personas comunes y corrientes deberían ser los receptores de estos "mensajes" tan importantes. Pues si fuera cierto que "estamos a punto de destruir el mundo" creo que dicha preocupación ameritaría no perder el tiempo en conctactarse con un cualquiera que no tiene capacidad para hablar sino con alguien que sí tenga influencia y capacidad para impedir dicha destrucción. En pocas palabras, los contactos y comunicaciones de otras dimensiones deberían hacerse a los más apropiados, a aquellos que sí pueden hacer algo por cumplir con el "mensaje de paz" que dichos seres suelen transmitir siempre de manera insistente.
¿Por qué no escogen bien a sus contactos?
¿Son estas entidades tan hábiles para venir de otras galaxias o del mismo cielo y no se dan cuenta que están hablando con un pobre diablo o con un don nadie? ¿No pueden elegir un poco mejor con toda la enorme tecnología o sabiduría que dicen tener? Y esto no lo digo por algo que haya sucedido hace poco o hace algunos años: lo digo porque es una tónica que se repite desde hace siglos, desde hace miles de años según se puede leer en la Biblia.
Pero ¿cuándo viene por fin el "fin del mundo"?
En dicho libro se predice un cataclismo debido a que el ser humano "desconoce a Dios" (Apocalipsis) y promete que "muy pronto vendrá el castigo divino como consecuencia de sus actos malvados". Pero ya ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para preguntarnos ¿acaso no ha sido ya bastante la demostración de maldad del hombre como para que ya se produzca de una vez el Armagedón o algo parecido? Sin embargo todo sigue igual, los extraterrestres continúan enviando "mensajes de advertencia" de que "si no cambiamos nuestro comportamiento van a venir grandes desgracias" pero nada pasa.
Un consejo sano
Yo les recomendaría a dichos seres extraordinarios que, si realmente quieren evitar algo, se dirijan directamente a los grupos de personas que son los que toman todas las decisiones buenas o malas del planeta. No son muchas: no pasarán de 20 los que realmente deciden hacer las guerras o matanzas. La gran mayoría de la humanidad solo vivimos nuestras vidas y nada más. No sabemos de nada y nada decidimos sobre el conjunto de la sociedad. De modo que les pediría que no se desgasten en comunicarse con pastorcillos o con "contactados" porque ellos nada van a hacer más que causar algo de risa o, en el mejor de los casos, que la gente construya una ermita donde dicen que les hablaron. 

viernes, 30 de marzo de 2018

El cristianismo, ese imposible



El cristianismo en realidad nunca fue una religión; era un esfuerzo espiritual que intentaba ir más allá de lo que las leyes y normas convencionales de toda sociedad exigen. Fue convertido en religión como una manera de aplacarlo, de quitarle su fuego revolucionario y subversivo. El Maestro mostraba con el ejemplo qué cosa era el cristianismo, cuál era su mensaje: pasar por el calvario, por el vía crucis y morir en nombre de la verdad y el amor. Demasiado reto para que sea fácil aceptarlo.

No basta con ser buenos
Si el objetivo del Cristo hubiera sido decirnos que “teníamos que ser buenos” no necesitaba hacer lo que hizo: todas las religiones, las autoridades, las sabidurías y disposiciones legales y populares dicen lo mismo: tenemos que respetar al vecino, ayudar al prójimo, cumplir con nuestros deberes y ser personas probas y de bien para nuestra sociedad. Tanto el judaísmo como las leyes romanas lo especificaban claramente y era algo que cualquiera, pobre o rico, sabio o necio, podía cumplir sin ser crucificado.

Una propuesta atrevida
Pero el cristianismo en realidad está más allá de ser solo buenos ciudadanos, buenas personas o de hacer el bien; todos lo hacen, hasta los que se dedican al delito (como lo demuestran las mafias y hasta los más connotados narcotraficantes). El cristianismo trae una propuesta atrevida, conspiradora, que rasga por completo el orden de toda sociedad. Nos propone que no es suficiente con ser solo buenos, con cumplir bien nuestros deberes, con hacer caridad con los pobres o acudir a los templos a rezar y hacer los sacrificios. Para eso no se requiere saber qué es el cristianismo. Éste trasciende lo que pensamos que es lo correcto.

Su objetivo
El Cristo dijo que el objetivo era otro al que cualquier sociedad nos obliga; se trataba de eliminar de nuestra alma, de nuestro espíritu y de nuestro ser, el egoísmo, la soberbia, la ambición y volvernos simples y humildes como el que menos. Despreciar las cosas que nos rodean como valor y verlas solo como parcialmente útiles y nada más. Apartarnos lo más posible de la riqueza y de los placeres de la vida mundana para vivir con la mayor sencillez posible. Y todo ello hacerlo en nombre de Dios, que es bueno incluso con los malos.

El prójimo antes que nada
Pero no solo eso: además decía que a Dios no se le adoraba en el templo puesto que él no lo necesita como tampoco necesita los rezos ni sacrificios: Él lo tiene todo. Lo único que Dios le pide al hombre es que trate a su prójimo como si Él lo fuera, que en vez de dar limosna al templo y al sacerdote se le dé a quien más le urge; que en vez de apoyar y beneficiar a los más poderosos se haga eso mismo pero con los más débiles y necesitados. Todo esto ninguna sociedad lo pide; al contrario, el ser “buenas personas” no implica que abandonemos nuestros beneficios, privilegios, derechos y glorias.

Casos aislados
Hubo algunos que, arrebatados por el entusiasmo, se dejaron llevar íntegramente por dicho mensaje (como San Francisco de Asís, hijo de un rico comerciante) y se lanzaron a la aventura de ser cristianos auténticos, al margen de lo que la religión oficial dice que es. A quienes como San Francisco tuvieron la suerte de sobrevivir a ello (debido más a su origen aristocrático) los convirtieron en “santos” como una manera de excluirlos y alejarlos lo más posible de la gente común para nadie siguiera su ejemplo. Fueron calificados de “iluminados”, de seres excepcionales que existieron “porque Dios lo quiso”; pero el resto debe dedicarse a su vida rutinaria. Ser santo, ser cristiano, es solo una excepción, no la regla.

El cristianismo hoy
Hoy en día el mensaje cristiano, después de tanta manipulación, tergiversación y utilización, está desdibujado, deformado y trastocado, adaptado a una vida moderna que es, por el contrario, todo lo opuesto a lo que significaría ser cristiano. Los “mercaderes del Templo” que fueron azotados y echados por el Maestro con ira, son, por el contrario, quienes se han impuesto en el mundo creando la llamada “Sociedad de mercado”, por encima de la sangre real y la disposición militar de los emperadores. “Éste mundo”, el mundo moderno, no es el del cristianismo ni mucho menos: es el del dinero, el del hombre, el del demonio aquel que le propuso al Mesías tener poder a cambio de que lo adorase. Actualmente ser cristiano es solo un título desgastado, que ya no sirve para nada útil.

¿Es aún posible ser cristiano?
Pero ¿puede el mensaje todavía tener sentido? Si lo vemos estrictamente sí, puesto que las condiciones que se describen en el Evangelio son casi las mismas en lo esencial. Salvo en la tecnología, que es como un cuchillo que puede ser bueno o malo según se lo use, el resto es exactamente igual: la envidia, el odio, la soberbia, la ambición, el desprecio, la vanagloria, la hipocresía, la mentira, el crimen, el abuso y todo lo demás siguen siendo hoy tal como eran durante aquellos tiempos evangélicos. La llamada “evolución” es solo una quimera inventada por los poderosos para hacer creer que “la humanidad ha cambiado” cuando lo único que ha cambiado realmente son los conocimientos científicos y técnicos que en nada afectan ni la mente ni el corazón del hombre.

El mismo reto
De modo que ser cristiano, tal como se planteó en su origen, sigue siendo tan válido y a la vez tan “imposible” como lo fuera desde un comienzo. Imposible puesto que el tratar de serlo implica una serie de renuncias y de denuncias que así no más nadie está dispuesto a realizar. Es difícil que alguien quiera abandonar lo que tanto le ha costado: la seguridad, la tranquilidad, el prestigio y honor de ser “un buen ciudadano”, solo para seguir unas normas morales extremas que, a fin de cuentas, no son necesarias para vivir. Y si por alguna razón lo intentáramos, inmediatamente nos daríamos cuenta de el por qué el Redentor fue tratado como lo hicieron y terminó como lo hizo. No tiene mucho sentido que alguien se haga cristiano y no sufra al menos una parte de lo que el modelo, el guía, sufrió. Ni antes ni ahora el mundo está dispuesto a admitir esas “creencias” o “recomendaciones” que hoy podemos leer en el Evangelio.

Quién sabe
Pero quién sabe; viendo las posibilidades que este mundo humano le ofrece a la gente (mundo planteado como una lucha por la sobrevivencia donde no existe espacio para la piedad hacia los débiles) no es improbable que quizá alguno lo intente de nuevo. ¿Por qué razón? Tal vez porque, a pesar de lo que se asegura con firmeza, la existencia de un Dios no sea algo tan descabellado como ahora parece. Que pueda ser que el destino de la humanidad no se reduzca a cómo se alimenta, se reproduce y muere como hoy en día nos afirman que es. Que es probable que haya un plan divino tan misterioso que de algún modo nos esté esperando para que sea la única vía que tengamos para liberarnos de la vida común, corriente y rutinaria que hasta ahora vivimos como si fuera la única posible. Quién sabe si esta verdad no haga libres.

viernes, 12 de abril de 2013

Científicos versus creyentes. Más allá de los mitos


Creo que siempre se confunden las cosas y no se comprenden las funciones que cada actividad humana representa. La modernidad, sin darse cuenta ni admitirlo, ha sustituido, a pesar suyo, al fundamentalismo religioso de la Edad Media europea, cayendo en un cientificismo que pone como referente absoluto a la ciencia otorgándole a ésta un papel y una función que ella misma afirma que no tiene pero que sus seguidores sí se lo atribuyen. 

Tanto la religión como la ciencia, así como las distintas manifestaciones culturales existentes, son parte constitutiva de lo que es lo humano, mas ninguna de ellas puede ni debe prevalecer sobre las otras porque se produciría una deformidad (el sobredimensionamiento que lleva a la anomalía) ni menos invadir mutuamente sus espacios y ocupaciones. Intentar explicar la materia a través del deporte o el arte mediante la física nuclear resulta un contrasentido que, desgraciadamente, muchos cometen.

Solo quienes no conocen el verdadero significado tanto de religión como de ciencia se atreven a indicar que la una puede sustituir a la otra (como si el fanatismo por un equipo llevara a sus hinchas a negarle participación a los demás, de modo que éste se quedaría solo, sin que pueda efectuarse campeonato alguno). Mientras cada cosa esté en su lugar habrá equilibrio y armonía. Hacer de la ciencia un ídolo o un totem, un juez de todo, tanto para lo interior como para lo exterior (como, por ejemplo, buscando el gen de la poesía, que es lo que pretenden hacer hoy las neurociencias) es caer en el mismo error que convirtió a la religión europea en una cuestionable fuente de verdad sobre la naturaleza.

La ciencia tiene un campo específico que nadie le niega (investigar la materia y sus manifestaciones); todo lo demás le corresponde a las otras especialidades que nada tienen que ver con la micro física ni con el Big Bang. Entrometerse en un campo muy complicado como el teológico siendo solamente un físico es tan riesgoso como estudiar teología para lanzarse a elaborar, con los libros de Santo Tomás en la mano, teorías sobre la intramateria. En ese sentido, tal como lo dije hace tiempo, las tesis de Hawking, si bien son respetables como el punto de vista de una persona libre de opinar, carecen por completo de validez para hablar sobre Dios tanto como sobre algo de lo cual él no posee conocimiento. Esto es igual a que si el cardenal Cipriani escribiera mañana un libro de religión para refutar la física cuántica. Zapatero a tus zapatos.

Por eso creo que no hay necesidad de cruzar la barrera de la lógica y la cordura ni sublimizando a la ciencia por un lado —como referente de cualquier verdad— ni apelando a la religión o a un libro sagrado por el otro para abordar asuntos que son meramente prácticos. En el pasado, en las diferentes culturas habidas, ningún sacerdote ejercía de astrónomo ni ningún constructor de pirámides se dedicaba a hacer los sacrificios. Solo en la modernidad es que tal contraposición se ha presentado producto más del conflicto particular entre la Iglesia Católica y la burguesía europea en su lucha por el poder que por el afán de conocimiento.

La religión no es ni ha sido nunca una pre-ciencia, una manera primitiva de "explicar" al mundo como muchos quieren ver. El estudio de los pueblos más aislados revelan que, hasta en los más sencillos, el curandero tiene bien en claro la delimitación de sus funciones y no confunde jamás lo material con lo espiritual (como sí lo hacen, ridiculizándolo, las infantiles películas de Hollywood). Para lo uno es un gran experto en biología y zoología, y para lo otro un buen conocedor de los mitos y creencias de su sociedad. Ambas cosas en el mismo individuo pero ocupando correctamente sus respectivas dimensiones. El mezclar la religión con la ciencia es solo propio de la gente común para quienes las dos les resultan extrañas, misteriosas y complejas, razón por lo cual las meten en el mismo saco de lo “mágico”. El emblemático caso de Galileo está hoy lo suficientemente aclarado como para darnos cuenta que jamás existió tal ceguera religiosa versus la oposición de la ciencia. Todo se trató de un conflicto por el poder. Pero lamentablemente ha quedado como un mito urbano al cual se aferran los enemigos de la religión del mismo modo que apelan a la Inquisición como argumento —a pesar de que está comprobado que la acción de ésta fue también política, no religiosa, y que sus víctimas no pasaron del millar (se trató de un intento fallido por controlar el avance de la Reforma).

Ahora bien, si las religiones (no los teólogos) utilizan simbologías o analogías para explicarse a sí mismas eso no es un delito ni menos una intromisión en el campo científico. Analizadas con calma y sin apasionamientos interesados observamos que jamás pretenden referirse a lo científico del asunto (o sea, ni investigan ni exponen los principios fundamentales del comportamiento de la naturaleza) sino que apuntan únicamente a dar un mensaje que va por un camino diferente al del campo científico: a sostener la noción de Dios en el hombre, que no es lo mismo que demostrar fácticamente su existencia. Hay millares de cosas en nuestra humanidad que las damos por ciertas aunque de ellas no tenemos (ni pedimos) ninguna comprobación física (por ejemplo: los sentimientos humanos, nuestras leyes y reglas de convivencia, los números, la imaginación, el arte, etc.), sin embargo sabemos que sin estas no nos podemos llamar humanos. Entre esas está la idea de Dios, y hablar de la historia del hombre sin mencionar el papel que éste juega en ella sería absurdo. Aún hoy en día todas las sociedades actuales, sin excepción, conviven con ese Dios en sus conformaciones orgánicas; es más, la mayoría de los miembros de la llamada comunidad científica son creyentes (muchos judíos) y no encuentran ninguna contradicción en ello, lo cual deja a solo unos cuantos no-creyentes en solitario luchando férreamente contra la corriente, sin lograr hasta el momento algún buen resultado para su causa pues el número de creyentes aumenta cada vez más en el mundo mientras que el de los escépticos se mantiene en la misma proporción de siempre: mínima.

Por otro lado habría que preguntarse si es que Dios, o la idea que tenemos de Él, necesitará defensores. Si Dios existe al margen de la opinión del ser humano indudablemente que no requerirá de especialistas que lo protejan del “ataque” de sus detractores. Eso está bien claro. Por lo tanto recurrir a toda la batería teológica para "defenderlo" de alguien que lo niega resulta una pérdida de tiempo. Sin embargo lo que sí es defendible es nuestra idea particular de Dios, que es otra cosa. "Nuestro" Dios personal sí puede ser cuestionado y ofendido, y eso es lo que en verdad defiende cada creyente: su propia idea de Dios. A la mayor parte de la humanidad, por ejemplo, lo dicho por Hawking o quien sea le tiene sin cuidado pues nada de lo que este señor mencione puede afectar en lo más mínimo a la idea de Dios (para empezar, ni es ni sacerdote, ni es teólogo ni es un santón como para darle crédito en esta materia). Pero hay un pequeño grupo a quien sí le remueve estas opiniones y tal vez sea porque, o bien son de aquellos que intentan "conciliar" la ciencia con la religión (a la manera del padre Chardin) aunque nadie sabe para qué, o bien son los clásicos fundamentalistas que van por el mundo cual quijotes poniendo el oído en todas las puertas para ver quién se expresa distinto a lo que ellos piensan y así “desfacer estos entuertos”.

Me parece que es agradable e interesante conocer un poco de todo (y es tarea del filósofo conocer aún más) pero también hay que hacer notar que puede resultar enfermizo entreverar las áreas del conocimiento produciéndose así una penosa confusión. En una novela de Vargas Llosa le ocurría eso a un escribidor de radioteatro y al final nadie sabía qué pasaba con las historias. Hacer un potaje conformado por creencias, neurociencias, física atómica, teología y demás yerbas, si no se sabe adecuar con maestría (como lo haría un Gastón) lo único que se va a producir es un estado de delusión y de locura en donde se acaba con una borrachera de ideas que no llevan a ninguna parte. Yo, como muchos, amo a mi madre, pero de ahí a descuartizarla para ver de qué está hecha y, recién ahí, comprobar que mi amor tiene fundamento es demasiado. Ni la ciencia lo abarca todo ni todo tiene que someterse al ritmo de mis creencias, sean religiosas o no.  


domingo, 4 de septiembre de 2011

La Iglesia Católica: entre el discurso y la política

Un amigo, Pepe Mejía, periodista peruano radicado en España, me envía esta nota la cual tengo el gusto de publicar. Pero al respecto también quisiera hacer algunas observaciones que desde hace tiempo he tenido pendientes en relación al papel que juega en el mundo contemporáneo la Iglesia Católica.

La nota de Mejía

Julio Lois: teólogo y activista

Conocí al teólogo y sacerdote Julio Lois —que falleció el pasado 22 de agosto— cuando en Madrid me integré en la Plataforma 0’7 a finales de 1995. Tuve el privilegio de compartir discusiones con otros teólogos y estudiosos, todos ellos comprometidos políticamente. Desde el primer momento compartí muchas de las ideas y propuestas que Julio hacía en ese excepcional foro de pensamiento y activismo. Me llamaron siempre la atención dos cosas: su desprendimiento a toda notoriedad pública y su permanente autocrítica como una manera de avanzar. Tuvo un papel destacado en la elaboración de la estrategia de unir a las distintas Comisiones 0’7 desperdigadas por el Estado español. No paró hasta conseguir la unidad de la Plataforma de Comisiones 0’7. Mientras ejercí de portavoz de la Plataforma 0’7 tuve en Julio un consultor siempre disponible. Pero, sobre todo, a un amigo. Humilde y austero, no olvidaré ese viaje que hicimos en tren desde Cádiz a Madrid después de asistir él a unas jornadas y yo a otras. En ese viaje hablamos y discutimos sobre las relaciones de la fe y la práctica política militante. Los sinsabores, las limitaciones y el compromiso. La crítica a esa jerarquía católica que menospreciaba al movimiento popular. Recordamos la labor de la teología de la liberación en América Latina, su estancia en Bolivia y mi experiencia en la pastoral del Arzobispado del Callao siguiendo la senda de Gustavo Gutiérrez. Julio, además de ser un buen teórico y teólogo, era un buen activista. Defensor de la laicidad y la convergencia de cristianos y no cristianos en la actividad política en su tarea de denunciar las injusticias y las ataduras al poder. Julio fue, además, un profesor. Pero sobre todo, un amigo, una persona que hizo de su compromiso militante y político un hacer de vida. La última vez que nos vimos fue —como no— para participar en una tertulia sobre movimientos sociales y compromiso político con un grupo de cristianos en Vallecas. Gracias, Julio, por tu compañía.

El Cristianismo

Puede parecer una obviedad tratar de explicar qué es el Cristianismo pero ello no es así: es tan difícil como intentar decir qué es la filosofía. Ambas cosas son sumamente comunes pero, por su complejidad, se hacen imposibles de precisar; al menos, no hay consenso acerca de cómo entenderlas.

El Cristianismo: ¿es una entidad filosófica, social, política, religiosa? Quizá sea todo eso y mucho más. En él se han congregado demasiados procesos, al punto que se hace inviable discriminarlos y separarlos. Es como esas montañas de escombros que se han ido acumulando a lo largo de los años y, a la hora de decir de qué están hechas, se encuentra con que hay de todo un poco y todo eso es lo que las conforma.

Tal vez el Cristianismo haya nacido de una manera y para un objetivo, pero al pasar el tiempo muchos otros elementos se le han ido sumando al punto que estamos casi seguros de que lo que hoy tenemos no es lo que se pretendió que sea desde un comienzo. Y esta opinión no es solo producto de una investigación exegética —remontándonos a los más antiguos textos— sino algo constatable a simple vista pues basta con leer su libro fundamental, la Biblia, para comprobar que lo que allí se dice no corresponde con lo que hoy se observa en los hechos.

Ello nos lleva a adoptar varias formas de leer las cosas y a interpretarlas según los diferentes contextos dados. Para algunos el Cristianismo consiste en una religión más, una de las tantas habidas en el tiempo, y su importancia radica en que es un efectivo control social. Para otros es la verdad revelada, la auténtica palabra de Dios, creador de la materia y del Universo. Esta lista de definiciones podría ser larga (un buen negocio, un aliado del poder, etc.) pero nunca habría un acuerdo. La conclusión es que se trata de un prisma donde todo se ve según el lado por donde se mire.

La Iglesia Católica

Cuando hablamos de la Iglesia Católica en realidad nos estamos refiriendo a algo diferente al Cristianismo. Claro, para sus fieles es lo mismo, corregido y aumentado, pero desde un análisis imparcial no es así. La Iglesia como tal tiene su historia y, aunque ella lo niegue, no nació con el Cristianismo. Sus orígenes se encuentran vinculados más bien a la antigua casta sacerdotal romana, a ciertos reyes y emperadores y a un determinado número de pensadores y filósofos. Además tampoco ha sido siempre una sola; durante su existencia ha conocido varias versiones de sí misma y ha negociado con todas las facciones surgidas en su seno para lograr la unidad. Lo que tenemos ahora es finalmente un producto político más que una evolución ideológica de sus principios constitutivos.

De modo que de ella sí podemos decir que es un poder terrenal. Sus dominios y propiedades son tangibles y su influencia va más allá de las actividades rituales. Se podría decir que nos hallamos ante una típica religión de Estado, tal como lo fueron en su momento la egipcia o la babilónica, y cuya razón de ser es acompañar al poder. Esto por supuesto independientemente de los mensajes o recomendaciones que emite como dogma de fe y de acción. No se puede confundir al mensaje con el mensajero.

Pero ¿puede ser bueno el mensaje y malo el mensajero? Allí está la discusión y el problema central en mi opinión. Quienes la defienden sostienen que, a pesar de sus errores —pues está dirigida por humanos, no por Dios o sus ángeles— ésta mantiene incólume el contenido central de su promesa —su “razón porqué” como dicen los gringos— y en eso es en lo que hay que fijarse. En cambio los que la cuestionan argumentan que no puede haber tanta contradicción entre lo que se dice y lo que se hace y que eso es corrupción (como cuando un ladrón habla todo el tiempo de honradez y ello, por supuesto, no es creíble).

El conflicto

En esas divergencias es donde está, a mi entender, la mayor parte del conflicto. ¿A quién creer: a la palabra o al orador? Precisamente el protestantismo fue una reacción contra esta divergencia (matizada con obvios intereses políticos). Los seguidores del libro —como se les llama a quienes usan la Biblia pero reniegan de la Iglesia Católica— consideran que la teoría debe congraciarse con la práctica y que no puede haber un cristiano auténtico si no vive como tal y lo demuestra. Pero, salvo algunas excepciones, también estos caen en el mismo error que le achacan al Catolicismo y crean iglesias personalistas con su propio poder particular, a diferencia de lo que inicialmente predicaban.

Es en esta lucha por la coherencia en donde ubicaríamos a muchos católicos disconformes con los altos mandos de su iglesia. Para ellos la fe tiene que vivirse y ser plasmada en la realidad, no solo orar y moderar los impulsos. El católico, dicen, no solo debe no pecar sino también obrar, es decir, acudir al prójimo para hacer patente que su fe es la verdadera y que produce auténticos beneficios al ser humano.

Quienes así piensa son los que, al ver el comportamiento de sus jerarcas y seguidores, los acusan de incongruentes y de desvirtuar el contenido de la palabra, reprobando sus métodos y sus cómodos privilegios. Los acusados, en cambio, les devuelven las críticas tildándolos de alteradores del orden y de interpretar a su antojo las enseñanzas sagradas sin entender cómo son realmente las cosas.

En la actualidad

Hoy tanto el Cristianismo como el Catolicismo se encuentran en una etapa crucial de su historia debido a dos fenómenos: la crisis de Occidente (civilización a la que le debe todo) y el avance de otras confesiones, en especial, del Islam. A pesar de sus orígenes orientales el Cristianismo es más que nada una mirada occidental, una forma particular de entender al mundo y de definirlo. La manera cómo Occidente se ve a sí mismo y cómo orienta sus pasos es eminentemente cristiana; incluso su ciencia, a la que califica de neutral, está totalmente impregnada de ella. Todas sus concepciones principales (como qué es el ser humano, cuál es su misión en la vida, qué es lo justo, lo bueno, lo adecuado, etc.) provienen de una matriz cristiana sin la cual jamás se podría comprender lo occidental. Occidente y Cristianismo son una misma cosa y el uno depende del otro para sobrevivir. Por lo tanto el fin de uno implica, inevitablemente, el fin del otro.

Dentro de este panorama es que navega el Catolicismo actual entendido como una versión del Cristianismo pero con su propio programa político y social. ¿Cuál será su futuro? Dependerá como siempre de la manera cómo maneje su relación con el poder. La Iglesia Católica sabe perfectamente que ella es lo que es gracias a sus artes políticas pues, si no, hace mucho que hubiese desaparecido como tantas otras religiones de la historia. Su experiencia de siglos es, finalmente, la que la orienta y le hace dar los pasos indicados hacia su preservación, único y principal objetivo el cual viene a ser su verdadera razón de ser. Cualquier mal movimiento, cualquier gestión mal desarrollada, cualquier enemistad con algún poderoso (como lo fue con Enrique VIII y ahora con Estados Unidos y la pederastia) le puede costar carísimo y relegarla al lugar de iglesia menor o de secta.

Conclusión

De modo que podemos decir que la Iglesia está haciendo lo que siempre ha sabido hacer y ello implica muchas veces tomar distancia de sus postulados religiosos. La historia demuestra (y el mismo Evangelio así lo explicita) que cuando se prioriza el mensaje sobre la realidad todo termina en una autodestrucción o en un suicidio. Lo aconsejable es vincularse con el poder y controlar los impulsos de “poner en práctica” las ideas que, si bien son buenas para leerlas o recomendarlas, resultan inviables de ejecutar (y eso lo sabe todo padre de familia que “aconseja” a su hijo a portarse como él no lo haría).

Dicen que fue Judas quien recriminó a Jesús por no saber “negociar” con el poder. Lamentablemente el Cristo no tenía objetivos mundanos e inmediatos y optó por el enfrentamiento, a consecuencia de lo cual fue ajusticiado. Esa fórmula, el martirio, tuvo “éxito” al comienzo entre sus seguidores y produjo una ola de “suicidios” (al estilo musulmán contemporáneo) donde la gente prefería morir a seguir adorando a otros dioses. Sin embargo, cuando el Cristianismo fue asumido y administrado por los herederos del antiguo clero romano y por el emperador, la pugna contra el poder (quien era siempre el gran “pecador”) se invirtió y pasó más bien a ser éste la encarnación del bien más elevado designado directamente por Dios (Dios bendecía al Rey tanto como hoy bendice al Estado, según lo manifiestan las ceremonias oficiales en casi todos los países cristianos). A partir de esto es que surge la Iglesia Católica tal como la conocemos y con esta estrategia es que intentará otra vez perdurar hasta donde pueda como un poder mundano, hasta que no aparezca otra civilización dominante con una nueva propuesta de vida y, por supuesto, con una nueva religión.