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sábado, 9 de junio de 2018

La música popular del Perú


Desde que cerraron las casas editoriales de música en el Perú el país se convirtió en un "mercado de consumo" de lo que se produce afuera. Al peruano no le quedó más remedio que canalizar sus sentimientos, alegrías y tristezas, por no decir su visión del mundo, a través de las canciones venidas principalmente de EEUU, el mayor centro de producción de sonido del mundo.
Pero no todo lo que se hace allá es lo que los peruanos "consumimos": solo nos envían lo que consideran que es lo más apropiado, lo que "nos va a gustar", o sea, la "latin music", la música norteamericana hecha por latinos, por la sección latina de las disqueras. Eso fue la salsa, un producto de Nueva York para migrantes latinoamericanos que se sentían identificados con lo que dicho género representaba para ellos. Y si funcionó para los migrantes también tenía que funcionar para los demás.
En Latinoamérica no todos somos "afrolatinos"
El problema con ello es que no todos somos "afrolatinos" ni vibramos con las congas y los movimientos frenéticos negros. La gran mayoría de latinoamericanos no tenemos raíces africanas y carecemos del biotipo o conformación para gozar de ellas. Pero eso no es lo importante sino la dependencia que se ha generado con respecto a la "moda" dictada por Norteamérica.
La moda del hip hop
Su principal producto de exportación ahora es, una vez más, los ritmos negros de Nueva York, esos que crean los más pobres y con los cuales tratan de liberarse de la discriminación y el racismo. El hip hop o reggaetón, una especie de rítmica para hablar muy típica de las tribus africanas desde hace miles de años. Y en nuestro andino y raleado Perú surgen, como antes sucedió con los grupos rockeros, miles de jóvenes que encuentran en ello "su expresión" sin saber que eso tiene un origen específico y que sirve para manifestar un tipo de sentimiento que aquí no tiene sentido ni razón de ser.
La gente los ve en los micros haciendo malabares con la rima pero se hace notoria la enorme distancia que hay entre los que lo hacen y lo que el peruano común y corriente piensa y siente. Prueba de ello es que para los cantos patrioteros futbolísticos se prefiere una criollada o seudo canción criolla para cantarle al Perú que un rap afronorteamericano.
El resurgimiento
Pero para no ver solo lo malo de lo que ocurre la alternativa que ha surgido ha sido, a mi entender, excelente. Se trata de la cumbia andina o la chicha, como se prefiera. Analizando bien el fenómeno lo que se observa es que son producciones propias que están acopiando lo mejor que tiene la música nacional. Están ahí los mejores cantantes, los mejores bailarines, los mejores músicos y, en especial, los mejores arreglistas.
A muchos "clasemedieros" esta música les parecerá "inferior" al jazz (el género de los "inteligentes que sí saben de música") pero es solo porque no tienen amplitud de criterio y solo aprecian lo que les gusta, que no es lo mismo que valorar lo bueno. Las grabaciones, los discos locales son cada vez mejores y no tienen que envidiarle nada a los chilenos o a los estudios de California. Se nota que cada día se perfeccionan y encuentran nuevos caminos. Incluso hasta los videos han evolucionado, como podemos comprobar con el de Corazón Serrano "Hasta la raíz", un cover de Lafourcade pero una creación magistral de Ángel Films, a mi entender el mejor video musical hecho hasta ahora en la historia de la música peruana.
Lo que necesita
Sin embargo ¿qué falta aún? En mi opinión letra, contenido, profundidad en su expresión. Eso que tuvo el tango cuando buscaban poetas para ponerles los textos a la música, eso que tenían Pinglo y Chabuca Granda: conocimiento, observación, sensibilidad para expresarse, grandeza en la palabra. Esa es la principal razón por la que la canción criolla ha muerto: por la ausencia de inteligencia, por la vulgaridad y simplismo de su decir que no se condice con esta época. La cumbia peruana tiene que dar un paso más y es hacia su vinculación directa con la vivencia de la gente (algo de lo que sí tuvo Chacalón). Y en segundo lugar también tiene que recuperar la belleza de la melodía; no todo es "mover el cucú". La música es algo más que bailar frenéticamente; también es oír, gustar, paladear, soñar, navegar en el inconsciente. Dos elementos, letra y melodía, que avizoro muy pronto veremos presente en este género auténticamente peruano. 


lunes, 4 de junio de 2018

¿Criollismo o criollada? Sobre la actual situación de este género



La pasión futbolística ha desatado una ola de nacionalismo que hace mucho no vivíamos los peruanos. Eso no es invento nuestro: lo viven todos los países del mundo, y es algo fomentado por todos los Estados sin excepción. No digo que no sea natural: el amor a la tierra, a lo propio, lo es. Lo que es exaltado es el nacionalismo, una vinculación extrema hacia una idea de identidad llamada patria o nación.

Para el anarquismo esa idea de nación o de patria es perniciosa, y argumentan que el ser humano está preparado para vivir sin una macro organización puesto que le basta ponerse de acuerdo de manera inteligente para que todos sean libres de vivir como quieran sin que existan leyes que lo dispongan y normen. Los filósofos griegos estoicos se llamaban a sí mismos "kosmou polites" o ciudadanos del mundo porque decían que no tenían que sujetarse al hecho de haber nacido en determinado lugar y tiempo y que por ello se sentían más libres que los demás.

Más fuerte que nuestros deseos
Pero a pesar que esa idea siempre ha rondado la cabeza de mucha gente, y no sin razón, lo cierto es que nos guste o no nacemos humanos e hijos de una madre determinada a quien no se puede dejar de amar por lo que es y por lo que nos dio. Si somos lo que somos es porque ella (o él) así lo quisieron, y actuamos de acuerdo con eso sin poder evitarlo. Nacer no es un acto voluntario y nadie nace donde quiere ni como quiere. Por lo tanto el amor, el afecto hacia lo que nos dio la vida, es natural, tal como lo demuestran todos los animales.

Primero somos masa, después individuos
Pero tampoco somos solo hijos de nuestra madre natural sino también ella forma parte de un contexto llamado sociedad en la cual vive y a la cual nos inserta casi siempre con éxito. Mucho antes que tomemos conciencia de nuestra individualidad lo que somos es parte de un todo, de una masa no diferenciada y nuestro mayor esfuerzo lo dedicamos a "hacer como hacen los demás", a imitar, a aprender de otros cómo tenemos que vivir. Sin esa actitud natural no aprenderíamos ni a caminar ni a hablar ni nada; nuestra primera noción no es individual sino colectiva.

Solo después, en nuestro proceso filogenético, es que nos hacemos individuos, cuando tomamos conciencia que además de ser parte de un todo somos también seres autónomos, con capacidad de pensar y actuar al margen de lo que indiquen las mayorías. Muchos animales también tienen esa facultad, en especial los mamíferos, de modo que eso es exclusivo del ser humano. Pero esa individualidad no nos hace ajenos a nuestro medio puesto que es muy difícil, si no imposible, llegar a vivir completamente solos; un ser absolutamente solitario es un ente destinado a su desaparición, es el expatriado o expulsado condenado a la muerte en vida. Por lo que necesariamente nuestra realización como seres vivos tendrá que ser siempre en sociedad.

¿Y qué hay de la música criolla?
Pero ¿qué tiene que ver esto con el criollismo? En que la expresión de una sociedad se manifiesta muchas veces en sus manifestaciones culturales, una de las cuales es la música. En el caso concreto actual, la música criolla se ha convertido en un símbolo patrio dejando de ser lo que fue en sus comienzos: una expresión popular de fiesta, de amor y de pasatiempo. Esto por un lado puede significar que dicho género se ha realzado obteniendo una categoría superior a la que tenía, pero por otro lado ha sufrido también una transformación que, quiérase o no, la ha deformado.

Porque las expresiones musicales populares suelen caracterizarse por ser espontáneas y un reflejo del momento en que se vive; son un termómetro o una manifestación que demuestra el sentir de aquellos que no encuentran otra forma de dar a conocer lo que sienten y piensan. Y si estas empiezan a ser constreñidas por un Estado que requiere de mecanismos de unión o de uniformización el resultado es que adquieren un carácter o "cliché" que las aleja de lo que originalmente fueron. Ha pasado siempre en distintas ocasiones en la historia en que el Estado se apropió de una determinada música y la convirtió en un símbolo nacional.

Cuándo nació la criollada
Con la música criolla peruana ha ocurrido esto. Durante la época de Velasco se buscaron distintos elementos que contribuyeran con su ideario nacionalista y uno de ellos fue la música. Ello recayó en la creatividad de un compositor, Polo Campos, quien contribuyó con el pedido de crear canciones criollas de exaltación patriótica que fueran con la línea aquella. Polo Campos no era un cualquiera. A pesar de su origen ayacuchano alcanzó un éxito extraordinario surtiendo de melodías a la industria fonográfica peruana que estaba necesitada de temas que, por su llegada, fueran vendibles y así resultara un buen negocio invertir en ellas.

Esa resultó ser la era de oro de la música criolla pero también su fin. Se la transformó de ser una manifestación de una forma de vida (criolla) a ser únicamente una "canción", un valse, festejo o polca, desligándola de sus raíces y causales. Ya no era el criollo quien la creaba y entregaba a la sociedad sino el "especialista en crear música criolla para las ventas" el que instalaba el género en el imaginario colectivo nacional. ¿El resultado? Mientras que la industria del disco desapareció hasta el día de hoy la idea de música criolla vinculada a la fiesta, diversión, jarana o juerga quedó entre la gente, así como la idea de que "es patriótica".

Cómo se ve a la música criolla
Por supuesto que toda canción puede ser patriótica (como lo demuestran muchos valses hechos durante la Segunda Guerra con Chile así como la denominación de "marinera" creada por Gamarra) pero eso no la vuelve "patriotera", y hoy por hoy, si hay alguna música "patriotera" esa es la criolla, aquella que utilizando letras elementales y pegajosas demuestra una "peruanidad" que casi solo sirve para los eventos deportivos, nada más. Los "criollos" son ahora personajes pintorescos dedicados, como si fueran "personal trainers", a levantar el entusiasmo por los símbolos patrios apoyando, quieran o no, a todos los gobiernos de turno.

¿Qué se ganó y qué se perdió? 
Se ganó en popularidad masiva, porque tanto en las barras bravas como en las reuniones familiares se opta por esta expresión salpicada de licor, bulla, gritos y fanfarria entendiendo que el criollismo es para destapar nuestros instintos más primitivos envueltos en una bandera. Pero se perdió todo lo demás: el afecto, la pasión, la poesía, el retrato popular, la sensibilidad, el cariño, la sutiliza y sobre todo: la inteligencia. Una letra más o menos bien escrita resulta ser "demasiado complicada" para saltar y gritar en un partido de fútbol. Canciones como las de Chabuca Granda, la máxima expresión de cultura en dicho género, son detestadas por muchos músicos por ser "muy tristes y aburridas", solo para pituquitas delicadas.

En conclusión
Si hay alguna explicación a la decadencia de la música criolla peruana actual es por causa de su vulgarización patriotera y por la idea comúnmente aceptada que "es para la juerga" y no para el cerebro, para el alma ni para cualquier otra cosa. La juventud prefiere el género rap o hip hop (que nada tienen que ver con nuestra realidad) para expresarse, aunque esto dista mucho de llamarse música y aún está a años luz de ser poesía. No opta por lo criollo porque no lo ve "serio", y muchos artistas no se dan cuenta de ello y prefieren dejarlo así. Los pocos cultores "privados" de los llamados centros music
ales se dedican más a una labor de investigación histórica (canciones "del pasado") como si el solo rescatar lo antiguo fuera suficiente. Conocer el pasado es fundamental siempre y cuando se mire hacia el futuro. Quedarse en él es condenarlo a la muerte.

lunes, 12 de marzo de 2018

Comentario al libro El Estadio de José del Valle González

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19 de enero del 2018

Toda obra de arte consta de dos partes: la forma y el fondo. La forma es el elemento con el cual se expresa una idea, que viene a ser el fondo. En la pintura la forma es el cuadro o la superficie más los colores y cómo todo esto se dispone. En la música son los sonidos y de qué manera se organizan. En el caso de la literatura son las palabras y el modo de exponerlas.

En este libro titulado El Estadio de José del Valle González encontramos que su forma es correcta; está bien redactado, es sencillo en sus expresiones y se encuentra al alcance de cualquier público mediana o escasamente instruido, lo cual es de por sí una virtud en estos tiempos en que la gente se inclina cada vez más por las lecturas rápidas y sintéticas que nos ofrecen las diversas pantallas que por todos lados nos acosan. Tiene un formato que es el de cuento-novela, pues es más larga que un cuento y más corta que una novela convencional, según mi particular apreciación.

Pero todo esto tendrá o no importancia siempre y cuando responda al objetivo central que es la razón de ser de la obra. Y aquí es a donde entramos en la parte del fondo, a la esencia que motiva el comentario sobre este trabajo. Antes de continuar, y a modo de plantear una intriga, citaremos una de las frases que quizá sea el leit motiv del libro en cuestión. Proviene de un pasaje de la Biblia, del Eclesiástico, el cual dice: “Todo lo que de la nada viene, a la nada vuelve; así el impío, del vacío vuelve al vacío. La dicha dura pocos días, pero el buen nombre dura para siempre”.

Diera la impresión de que el autor encontrara en lo profundo de este pensamiento una motivación para exponernos preocupaciones que van desde las dudas epistemológicas —la epistemología es una especialidad que estudia a la ciencia— sobre la capacidad de ésta para explicarlo todo, hasta el asombro ante nuestra peculiaridad humana de vivir siempre insatisfechos. Se trata entonces de un relato más cercano a la reflexión y a la moraleja, cosa con la que todos los cuentos siempre finalizan.

A propósito de esto, es bueno mencionar que la literatura es un arte que camina sobre  sus propios pies y no tiene por qué atenerse a la lógica de Hollywood o de Disney, empresas que suelen utilizarla impunemente para sus películas pero deformándola para adecuarla a sus fines que son reforzar lo “políticamente correcto”. Digo esto porque la narrativa y la cuentística real no siempre funcionan con los simplistas esquemas de “bueno-malo” a los que nos tiene acostumbrados la ideosincracia norteamericana, apegada a una moral puritana de clase media que espera recibir solo aquello que ésta entiende y pueda aplaudir. En la literatura, por lo menos hasta ahora, esa idea de ser una simple máquina de repetición de los valores y patrones culturales típicos de la mass media no es la que más se utiliza.

Este es el caso de El estadio, cuyo propósito no es el de arrancar de sus lectores un “qué lindo” ni una aprobación emocional al estilo de los libros de autoayuda, sino más bien el conducirnos hacia una situación en la que terminamos con más dudas y preguntas que cuando empezamos. Y es acerca de esas dudas y preguntas sobre las cuales quiero hacer hincapié más que en su exégesis literaria, en particular porque mi personal interés es la filosofía y ese es el campo en el que mejor me desenvuelvo.

Evitaré entonces contar la trama y más aún el desenlace puesto que ello es lo que precisamente hay que invitar a hacer, centrándome en aspectos puntuales que siempre son buenos resaltar ya que muchas veces los pasamos por alto. Previamente es necesario aclarar que el autor, Valle González, es físico de profesión así como especialista en metodología científica. Este dato es fundamental ya que ello explica la preocupación central de la trama que, a mi entender, trata acerca de la verdad, la realidad y cómo el ser humano las asume. Y ya que hablamos de la verdad, es imposible mencionarla sin nombrar también a su hermana gemela: la creencia. Una verdad en la que nadie cree no es una verdad, aunque ésta sea comprobada de mil maneras. Y además, contrariamente a lo que muchos piensan, así como podemos fanatizarnos con la verdad, o con lo que pensamos que ella es, también lo podemos hacer con su negación, con el no creer, posición aún más cómoda porque así no requerimos darnos ningún tipo de explicación. Al respecto de ello cito un pasaje del libro que dice: “A veces se es fanático por creer, pero también se suele ser fanático por no creer, aun cuando las evidencias estén al alcance de la mano.”

Y efectivamente, cuando la mente  no alcanza, cuando los argumentos no llegan a ser los suficientes, la actitud más común que asumimos es la de arribar a una conclusión que es casi siempre aquella que restablece el orden previamente alterado. A quién no le ha pasado que alguna vez en la vida se ha visto ante un suceso que no pudo explicarlo y que al final lo hemos resuelto mediante una alzada de hombros junto con un: “Me habrá parecido”. Esa respuesta, que obviamente no es ni real ni culmina el misterio, resulta una tabla de salvación ante fenómenos que, por diversos motivos, no tienen explicación para nosotros. En la obra, uno de los personajes principales, que es ciego, calma las preocupaciones de todos a través del razonamiento siguiente: “No he podido contemplar al mágico estadio ni lo veré nunca, pero creo en él porque también creo en las palabras de mis amigos y buenos vecinos y estoy convencido de que existe, al igual que existen cosas malas y buenas que están fuera del alcance del hombre.”

Lo que nos propone este razonamiento es que las cosas existen no solo porque las veamos o las toquemos, o quizá porque la ciencia lo diga, sino también, y sobre todo, porque mucha gente de confianza así lo dice y les creemos, lo cual podemos comprobar en la práctica cuando los alumnos de la universidad asumen la palabra del catedrático de ciencias como “verdadera” solo porque es el profesor de ciencia. A pesar que se les enseña que no deben creer subjetivamente porque alguien con autoridad lo diga, los nuevos científicos se forman diariamente en las aulas a través de la credibilidad en la palabra del maestro. Es, sin duda, una de las tantas paradojas acerca de qué es el conocimiento. Al respecto de ello, traigo a colación otra de las frases que nos brinda el libro: “…la ciencia históricamente ha explicado muchas cosas y cada vez las sigue explicando con más precisión, pero cuestionándonos siempre si los métodos científicos constituyen la única vía para descubrir la verdad absoluta…”

No hay que olvidar que esta es una obra contemporánea, escrita por alguien que conoce muy bien la estructura científica y que, por ello, sabe que no todo es lo que parece. A ojos del lego, al igual que le pasa al paciente ante el médico, el científico figura como aquel que puede tener todas las respuestas, como las tenía el cura medieval antes de la modernidad. Pero, al igual que solo los que trabajan en el teatro saben la diferencia entre las apariencias y la realidad, lo cierto es que la ciencia no es la que da las respuestas a todo, como lo suelen repetir los medios de comunicación, sino más bien lo contrario: la ciencia es la capacidad de asombro ante todo, el deseo de entender lo que se ve, la inquietud por descubrir que se sabe menos de lo que se creía. Diariamente se desechan miles de libros de texto científicos debido a la cantidad de nuevos descubrimientos que contradicen y niegan lo que hasta hace poco era una verdad sagrada. Esa es la verdadera ciencia, y no la de las películas de ficción donde se la presenta como la que todo lo puede y que para todo tiene las respuestas exactas.

El Estadio parte de la premisa de que los misterios de la naturaleza muchas veces no son asumidos de la manera cómo deberían serlo, o sea, con una debida investigación y comprobación, sino de acuerdo a criterios y valores comunes y entendibles por las mayorías. La obra viene a ser entonces una metáfora de nuestra vida diaria donde aquello que creemos ser “la verdad” no lo es porque exista detrás de ello alguna prueba casi irrefutable sino porque alguna autoridad o fuerza la inserta en nuestra estructura mental y allí cobra sentido incorporándose a lo que llamamos como lo “conocido”. De modo que cualquier explicación que se dé, por muy irracional que sea, funcionará como un tranquilizador de nuestras conciencias permitiéndonos continuar con nuestra vida diaria.

Hasta aquí he abordado el problema de la relatividad de la verdad que el texto nos propone y con el cual nos hechiza de principio a fin, aunque sin darnos el final aclaratorio y moralizante al cual estamos acostumbrados por el cine norteamericano y la televisión, como ya señalé, los cuales procuran hacer que sigamos pensando que vivimos en un mundo confiable, controlado por nuestras supuestamente sabias autoridades. Ahora tocaré el otro aspecto también fundamental de la obra pero que tiene que ver con algo más cercano a nosotros: nuestra idea de valor, de ética y de moral.

La trama del libro nos muestra que un hecho insólito e inexplicable, aparte de cuestionar nuestras ideas de la realidad y su forma de asumirla, desencadena también una serie de sucesos de orden social. El haber elegido un argumento aceptable y consolador ante el misterio termina convirtiendo a este en uno de los tantos tabús con los cuales vivimos y que preferimos nunca tocar por cuanto hacerlo nos puede llevar a una serie de sinrazones y confusiones a las cuales no hallamos respuesta. Incluso el no buscar explicaciones, como sucede cuando estamos con los niños, resulta ser la mejor salida al entrampamiento. No preguntar, no indagar es muchas veces la solución a nuestras dudas existenciales.

Pero ello nos lleva también hacia una problemática acerca de qué es lo correcto, lo honesto y lo adecuado. Así como con las mentiras piadosas, las mentiras sociales y políticas son también un “mal necesario”. Todos sabemos que es imposible vivir diciendo siempre la verdad. Imaginemos un día salir y expresar públicamente lo que solemos pensar para nuestros adentros. No llegaríamos más allá de unos cuantos metros de nuestra casa en que ya nos veamos envueltos en un altercado con alguien a quien le hemos dicho lo que tenemos en la cabeza en voz alta. Lo contrario sucede cuando saludamos cortésmente y pronunciamos palabras gratas y enaltecedoras al prójimo con quien nos cruzamos, la mayoría de ellas, por supuesto mentiras de marca mayor que ameritarían pasar por el confesionario si fuésemos católicos. El clásico cuento del traje invisible del rey nos demuestra esta realidad.

Ahora bien, ello no sería problema si no fuese porque siempre existe gente para quienes tal hipocresía necesaria para la convivencia no es aceptable. Nuestra sociedad es un constante estado de equilibrio entre el deber ser y el ser, entre lo que deberíamos y lo que somos, entre lo que quisiéramos que fuera pero que no podemos evitar que sea. Solo cuando estas dos fuerzas se desequilibran, cuando una de ellas adquiere mayor peso o preponderancia, es cuando se producen los fenómenos sociales mencionados por la historia tales como la Florencia religiosa, moralista y persecutoria de Savonarola y la corrupción desestabilizadora de la Francia pre revolucionaria. En estos dos extremos se ubican ciertos individuos para quienes ambas fuerzas no pueden compartir el mismo espacio y solo es posible que exista una de ellas, cosa que los convierte o en criminales o en profetas o personajes aislados y sufridos, incomprendidos debido a que se aferran fanáticamente a principios que, si bien son aplaudidos y deseados por todos, son a la vez inaplicables excepto en algún determinado aspecto. Estas normas entonces solo sirven como metas, como horizontes o ideales, tal como lo son las diversas religiones lo plantean, pero no son ejecutables en la vida diaria en la mayor parte de los casos.

Y este es el contexto en el cual se desenvuelve el personaje principal de la obra, un coordinador de deportes de un pueblo quien se debate entre lo que observa y toma conciencia que es la realidad versus lo que los demás asumen falsamente con cinismo y hasta con inmoralidad. Cuando lo cuestionan o presionan para que acepte lo que por sentido común todos hacen, éste agudiza aún más su crisis personal acerca de lo que él considera como lo sensato y lo correcto. Es así que en un pasaje responde al que pone en tela de juicio la sensatez de su padre, quien actuó también principistamente: “Pero lo hizo con honradez, ministro, porque para él el deporte significaba mucho más que dinero…”.

Ante ello la reacción del pueblo, de la sociedad en su conjunto, que es mostrada como irreflexiva y siempre en procura de restituir el equilibrio perdido por un suceso extraordinario, es la de calificar críticamente al que no sigue la corriente ni se adapta a los hechos como de “raro y conflictivo”. Es por eso que el ministro le retruca: “Caramba, veo que eres obstinado como él [como su padre]; los tiempos han cambiado y todos los que siguen pensando así están condenados al fracaso; cuando un día se dan cuenta de su error entonces no hay remedio.”

La conclusión del relato no es la restitución del orden y el develamiento del misterio; eso es algo típico en la literatura contemporánea que intenta crear clientes y seguidores satisfechos con finales agradables que contentan y tranquilizan a los compradores y que llenan los bolsillos de las editoriales. Los verdaderos misterios siempre permanecen ocultos en su explicación y comprensión, por eso son misterios. Los poderes de turno son más bien los que intentan darles un sentido pero de acuerdo a su conveniencia, haciendo que estos se “resuelvan” pero bajo las pautas de su régimen para con ello perpetuar su autoridad y la idea que lo tienen todo controlado, situación que es lo que da confianza al pueblo y le hace creer que están bien conducido por sus dirigentes.

Pero el hecho que todo quede así, explicado pero no resuelto, hace que se perpetúe el estado de insatisfacción que, a la larga, sume a los seres humanos en la ansiedad y desilusión. El volver todo a la “normalidad”, a pesar de que los milagros se manifiestan a nuestro alrededor, nos hace entender que estos extraordinarios sucesos no son el camino hacia ningún cambio o mejora; los milagros solo sirven para el asombro inicial, pero luego el poder se encarga de engullirlos y colocarlos en una situación favorable para sus intereses. Podríamos decir, a manera de síntesis un tanto irreverente, que así aparezcan los ovnis y los extraterrestres, así se presente la Virgen María y retorne Jesucristo a la Tierra, ninguno de estos hechos producirá algo más allá de una admiración inicial puesto que al poco tiempo los dueños del poder los ubicarán en el lugar más favorable para ellos, y así podrán seguir controlando sus negocios y su lugar preferencial en la sociedad.

En conclusión, lo que a mi parecer nos pretende decir El estadio es que si realmente esperamos algún cambio auténtico en nosotros y en nuestro medio éste solo podrá venir de nosotros mismos, no de afuera. Es por eso que la historia termina con una frase que traduce este pensamiento: “Entrenador, ¿cuándo este pueblo irá a tener un estadio que valga la pena? …/… Cuando lo merezcamos, doctor… cuando lo merezcamos.”



lunes, 20 de noviembre de 2017

Todos necesitamos de un sueño

Existen momentos en la historia de los hombres en que la aparición de un sueño se hace necesaria. Quizá porque a veces la vida se convierte en una asfixiante prisión donde el futuro es previsible, y este resulta poco esperanzador. Miramos por los cuatro costados y solo vemos los mismos rostros desconcertados; nadie sabe con certeza a dónde vamos ni por qué seguimos yendo. Mientras tanto la angustia crece a pasos agigantados y los consuelos son cada vez más descorazonadores. La vida en ese momento se convierte en un acto de incertidumbre y no en uno de valor; menos en uno de fe o de alegría.

El miedo se apodera de las calles, de los caminos, de los pueblos y villorrios. Estamos entrampados. La rutina puede más que nuestros deseos. La realidad, esa mata-entusiasmos, es la única ley que hay que acatar. Y si alguien nos habla de ideales maravillosos, inmediatamente pensamos en el pasado, en un tiempo donde todo se podía porque antes era todo más fácil, incluso cambiar la realidad. Pero ahora ya no. Eso actualmente no es posible, más aún, no es conveniente. Incluso hubo un tiempo en se pensaba que los jóvenes, por el simple hecho de serlos, eran los locos soñadores ansiosos de cambiarlo todo y a ellos había que contenerlos para que no se desbordaran. Ahora vemos que no era así. Ejércitos de jóvenes modernos solo piensan en pasar el momento y vivir lo más cómodamente posible ellos mismos. Se sienten más prácticos que sus mismos padres.

Los soñadores
Es entonces que surgen los soñadores, aquellos que, además de querer un mundo mejor, tratan de ponerlo en marcha. Sus únicas armas son la fe que tienen en sí mismos. Y la gente que los sigue lo hacen porque les atrae la idea de que alguien pueda creer en algo que no sea el miedo o el dinero. Los soñadores no se resignan a soportar sacrificadamente la realidad, tratando de maquillarla o dulcificarla. Ellos tratan de inventar una nueva realidad pero que corrija la que desean cambiar. Y es aquí donde nacen las utopías, que son guías de acción a las cuales muchos seres humanos empiezan a sujetarse encandilados por su mágica música. Gracias a las utopías muchas veces se encuentran soluciones donde no parecía que las había puesto que solo se trataba de plantear el problema de otra manera.

Yo soy un soñador. Siempre lo sospeché pero no lo admitía. La idea en sí es demasiado abrumadora como para siquiera plantearla. Pero confieso que me ha vencido. O tal vez quizá ha madurado dentro de mí. Por eso es que al confesarlo siento, más que vergüenza, alivio. Porque sé que los soñadores cumplimos un rol importante en toda sociedad, del mismo modo que en un pueblo lo cumplen su loco, su cura, su policía, su alcalde y su puta.

Mi sueño
Sueño con reunir a todos los inconformes de la sociedad: los marginados, los desplazados, los desoídos, los desheredados; pero sobre todo, a los grandes soñadores dispuestos a todo con tal de no terminar sus días como carroña de un sistema que solo piensa en ser eficiente para sí mismo pero a costa de la mayoría de las gentes. A todos ellos les voy a exponer mi sueño de fundar una nueva ciudad la cual será hecha a la medida del nuevo hombre que queremos crear. Esta será diseñada y construida principalmente con un sentido estético y armónico con la naturaleza y no en función de la tecnología o el mercado. El objetivo de vivir en ella no será, no podrá serlo —por su mismo diseño— el obtener bienes materiales sino contemplar la belleza tanto del mundo como de los habitantes mismos. Los hombres que en ella habiten serán aquellos que piensen que la vida es mucho más que acumular y hacerse ricos y poderosos.

Allí todos tendrán una función que desempeñar y nadie será inútil puesto que la riqueza de dicha urbe será la suma de todos los esfuerzos de cada uno de sus integrantes. Y esa suma de esfuerzos será el capital con el cual se adquirirá el terreno y se financiarán las obras de arte, las cuales se plasmarán en los campos, en los canales, en las carreteras, en las casas y en cada artefacto y utensilio que en ella exista. Todo en ella será producto del arte. Nada se hará con un sentido práctico-económico sino más bien práctico-artístico. La ciencia estará al servicio de los hombres y no de la tecnología. ¿No está hecho acaso el hombre de barro, de arcilla? ¿No es ella moldeable, sujeta a adquirir las más variadas formas, las más extrañas?

Invoco entonces a todos los hombres de buen corazón y fe en lo bueno de la vida a renunciar a esta vida sin sentido e iniciar el proceso de creación de un nuevo mundo el cual, si bien no será un paraíso, sí puede ser lo más parecido al sueño de una existencia más noble y trascendente.

martes, 19 de julio de 2011

El racismo es por dentro, no por fuera

El problema racial en el Perú sí es algo principal tanto como lo fue en la Sudáfrica del apartheid. Pero no porque una piel sea mejor que otra (en tal caso, la más oscura sería superior porque resiste más la radiación solar) sino por lo que ella significa socialmente. Tener el color blanco es haber nacido de una madre y un padre de origen europeo o norteamericano. De estos hay pocos, claro está, pero tal hecho se encuentra asociado a pertenecer a la "clase dominante" o a ser "un superior", cosa que de por sí implica que ser blanco es “poseer un valor natural”.

Si usted es blanco en el Perú no tendrá impedimentos para estar o ingresar a los lugares más exclusivos aún sin tener dinero. Si usted es blanco podrá insultar a su regalado gusto al policía, al juez o al congresista porque, en su mayoría, todos ellos son “cholos”, provincianos de segunda. Si usted es blanco otros blancos se le acercarán y le dirán: "oye, únete a nosotros para que ‘éstos’ no se nos vengan encima y los podamos explotar como nos dé la gana". Sin haber abierto la boca el blanco ya pertenece a un club exclusivo de "patrones" por esta simple situación de afinidad.

¿Y qué blanco diría que no, que no estoy de acuerdo porque blancos y cholos en el Perú somos iguales, que no me parece que a mí me traten como a un rey sin haberme preguntado cuánto realmente tengo en el bolsillo? Tendría que estar loco o ser un renegado para hacerlo. Entonces, con este tipo de lógica, pensamiento y actitudes ¿se puede hablar de igualdad, de no-racismo en el Perú?

Claro; existen personas que salen en los medios a decir que "soy tan cholo como cualquiera, aunque sea colorado". Mueve a risa. Nadie los ha visto en su casa ni se los conoce cómo son en realidad, pero sabemos que en verdad son puras poses. Ante esto se dirá: entonces ¿qué es ser "del pueblo”?

Para saberlo lo primero sería no tomar las cosas por su envase, por su envoltura, sino por su contenido. No importa si se tiene tal o cual color de piel o si se nació en tal zona de la ciudad. Lo único que vale es de qué lado se está. Para decirlo en términos futbolísiticos: para dónde se patea.

Si se patea para los ricos difícilmente uno será del pueblo. Pero si se patea a favor de los más pobres y enfermos para que tengan una buena atención hospitalaria (y no necesariamente un buen hospital porque estos suelen ser “faenones”), para que los trabajadores reciban el sueldo que les corresponde, para que a nadie se le discrimine por no haber estudiado en una universidad privada y hecho su doctorado en el extranjero (como si ese fuera el único camino para ser "importante"); si se piensa y se actúa de esta forma en la vida diaria, así se sea blanco como la nieve y se tengan los ojos más azules que el cielo de Huaraz se pertenecerá al pueblo.

Pero dirán que los cholos no lo van a aceptar porque ellos también son racistas con los "blanquiñosos". Eso no es cierto. El ejército de Túpac Amaru, en su primera etapa, estaba formado por españoles y peruanos blancos, negros y cholos de todo tipo. La causa común hacía olvidar mágicamente esos "detalles", lo cual demuestra que toda diferencia se puede superar cuando los principios son comunes y la metas superiores.

El racismo inverso, el del cholo al blanco, solo ocurre en respuesta al primero, cuando el blanco construye a su alrededor un sistema legal y social que lo favorece ostensiblemente. Si éste no se diera se comprobaría que la sociedad peruana no es por naturaleza discriminatoria sino, por el contrario, inclusiva, pues por tradición provenimos de una cultura que asimila los valores y expresiones foráneas siempre y cuando estos sean considerados como positivos.

Según Basadre la culpa del destino del Perú la tiene su clase dirigente, mientras que Hernando de Soto los desenmascara al acusarlos de ser mercantilistas (de vivir a costa de los grandes contratos del Estado, el único gran negocio que se puede hacer en este país). Desgraciadamente esa clase dirigente siempre se ha refugiado en sus características raciales para formar una especie de logia basada sobre el común “origen extranjero” de sus ascendientes. Al verse entre ellos se identifican y saben que están hablando con “uno de los suyos”, de modo que pueden ejercer sin problemas sus intercambios de beneficios y prebendas.

Eso es precisamente lo que ha ocasionado el atraso y el caos en el que actualmente vivimos pues tenemos una nación conducida por personas que, en vez de ver a su país como su casa, como su lugar de residencia y última morada, lo ven como una chacra, como un centro de enriquecimiento no importándoles si ésta se encuentra bien, saludable y ordenada. Solo les interesa la ganancia que puedan obtener para al final irse a refugiar al país de sus ancestros y del cual han obtenido su nacionalidad.

De modo que no es la piel la causa del problema: es el espíritu de un grupo de peruanos que usufructúan dicha peculiaridad cromática y que la emplean como una ventaja a la hora de recibir los favores del Estado. Ese espíritu de lucro y egoísmo ha convertido a toda esta clase "alta y blanca" del Perú en seres desesperados que viven mirándose a sí mismos y a sus bolsillos preocupados por las amenazas de que tal relación ventajosa de poder algún día se acabe.

Y esas amenazas siempre han provenido, como pasó en Sudáfrica, del lado de quienes son los perjudicados de origen, de aquellos que sin haber empezado a jugar están ya condenados a perder, de esos ciudadanos de cuarta categoría (como los parias de la India) que lógicamente ven que esto es una clara y descarada injusticia, de los cholos, de los nativos, de los andinos y, por extensión, de todos aquellos que provienen de las culturas prehispánicas de nuestro continente.

Por lo tanto si queremos superar las taras que nos impiden sentirnos como una nación orgullosa de sí misma y de su gente (y no solo de su territorio y sus restos arqueológicos) tenemos que encontrar la manera de superar esta mirada colonialista, de acabar con esta execrable forma de discriminación para establecer reglas claras de juego donde todos sin excepción, y sin considerar sus vínculos con determinados grupos cerrados de poder, tengan las mismas oportunidades de aportar un bien para las mayorías de nuestra patria.

martes, 4 de agosto de 2009

China diabla, chola fea


Hace poco se suscitó un extraño problema entre Perú y Bolivia a raíz del uso de la reina de belleza peruana de un traje relacionado con la diablada. Resulta que Bolivia acusó al Perú de emplear un atuendo que era típico de Bolivia y no del Perú. Esto levantó polvo tanto por lo llamativa de la acusación como por las tensas relaciones que ambos países tienen debido a sus distintos modelos de desarrollo que cada uno quiere implantar.
Pero el problema que queremos comentar no es tanto sobre lo atinado o no del traje que usó la "reina" peruana (pues todos los que tenemos un poco de cultura sabemos que el mundo andino atraviesa las fronteras de las actuales repúblicas) sino más bien sobre algo en lo que ahora nadie repara: por qué tenemos que elegir a las personas que nos representan internacionalmente dentro de los biotipos "blancos".

Perú país de rubios
Siempre me resultó gracioso ver en los concursos de belleza (entendiendo éstos como que existe un biotipo oficial de “belleza”) cómo ciertos países africanos (como por ejemplo la antigua Sudáfrica) y algunos sudamericanos (como Bolivia y Perú) eran representados por mujeres "rubias de ojos azules y de apellidos extranjeros". Tenemos los casos de Gladys Zender, Jacqueline Graham Fletchelle o Madeleine Hartog-Bel. En el caso nuestro sabemos que es así porque siempre hemos perseguido un imaginario tipo racial y social al estilo occidental, cosa que no lo somos pero quisiéramos serlo.

Los blancos no son racistas
Esto se llama obviamente "complejo de inferioridad" o deseo de ser aquello que no se es. El 99% de nuestro país es mestizo pero no lo queremos aceptar. Prueba de ello es la televisión: para ingresar a ella, sea como presentador o como modelo de comerciales, hay que ser "aquel blanco que todos queremos ser". Lo digo porque trabajé durante 20 años en el mundo de la publicidad y allí se aprende mucho del racismo inveterado y silencioso que existe entre nosotros (y que además sumamente hipócrita, como cuando todos decimos -en el balneario que ya conocemos- "aquí todos somos cholos mi hermano").

Las cholas no tienen buenas medidas
¿Por qué nuestras reinas de belleza nunca son andinas, cholitas de 1.60 mt de estatura, rechonchas, de pelo negro y de apellido Quispe? ¿Por qué para decir que "aquí no hay discriminación racial" siempre se escoge a "una negrita" y con eso estamos contentos (tal como se hace en los comerciales, donde los cholos solo salen para burlarse de ellos o para la propaganda de las postas de salud). Dicen que es por las tallas y por los trajes, etc. Pero ¿por qué eso no amilana a Japón y siempre mandan a una japonesa de tipo japonés? ¿Por qué no usan esa misma lógica otras naciones como las de Oceanía, donde todas son bajitas y regordetas?

Ser blanco es ser superior
El actual gobierno, con tal de vender su ya gastada y sesentera idea de modernidad, asocia a este concepto con "occidental y blanco", por eso se llena de asesores y técnicos que provienen de las clases altas quienes suelen ser casi todos de ese tipo racial (que en el Perú significa: si soy blanco soy de la clase alta y pienso como tal). ¿No existen en las universidades estatales o de provincias "cholitos" brillantes que, si bien no han estudiado su postgrado en Harvard, son capaces de asumir los cargos con eficiencia?

Sigan al blanco
Los casos de Malpartida y Mulánovich son ejemplares (además de muchos otros) puesto que se las eleva a la categoría de "peruanas modelo" sin darse cuenta que están poniendo como parámetros de "éxito" a quienes tienen el estereotipo blanco de origen social alto. Eso indica claramente que en el Perú se sigue deseando ser lo que no se es (occidental) y se sigue rechazando como realmente se es (cholo) con la idea errada que la piel o la raza nos convierte en "más desarrollados o menos desarrollados". Los hechos de Bagua demostraron claramente esta triste verdad ("esas razas no son peruanas").

Cholo es cholo
Toda mi vida (desde mi lejano San Isidro infantil) he escuchado la eterna monserga de que “aquí el que no tiene de inga tiene de mandinga” y que todos somos peruanos, y que hablar de razas es dividirnos, que también los cholos discriminan, que ser blanco no tiene por qué se excluyente, que hay muchos blancos que son cholos de corazón, que también hay blancos cholos en Cajamarca, etc., etc”. En mi no corta vida conozco todos los argumentos habidos y por haber para eludir la realidad. Al final, después de haberlo vivido todo en el Perú, de lo único que estoy convencido es que aquí “el cholo apesta”; así lo dicen mis amigos, mi familia, mi entorno social y mis clientes. Eso no ha cambiado ni un mísero ápice en nuestra acomplejada y racista sicología nacional.

Hacia la República de indios
Termino recordando lo primero que aprendí cuando ingresé al mundo de la publicidad. Me dijeron que todos los modelos tenían que ser blancos y lindos porque "eso era lo que los peruanos queríamos ser". Parece que, a pesar de los años, esa idea está muy arraigada aún, y por eso se desprecia a personas que quieren poner a los cholos en el poder, mientras que se alaba y se exalta a los blanquitos por ser “inteligentes, capaces, trabajadores, bien educados y bellos”). Hace un tiempo una revista eligió a los hombres más guapos de la política peruana y todos eran los “blanquitos” del medio. Su calidad moral no importaba para nada. Estamos en esa coyuntura: entre aceptar a la República de Indios o a la República de Blancos, como se decía en la Colonia, como la auténtica representante del Perú. El tiempo decidirá por cuál de las dos nos inclinaremos.

domingo, 26 de julio de 2009

Cambridge: racismo moderno e ilustrado


En el corazón de la sabiduría de Occidente, Cambridge, de donde se dice que provienen los mejores hombres de la historia, el racismo chusco y chabacano de toda la vida sigue tan vivo y a flor de piel como en los tiempos de la esclavitud anglosajona y los progroms hitlerianos. Un distinguido profesor de la universidad —que identifica por antonomasia a dicha ciudad— por el solo hecho de estar en la puerta de su casa fue víctima de la peor humillación posible: fue acusado de ser sospechoso por ser negro. ¿Qué lecturas se pueden extraer de todo esto? “A diferencia del racismo del Sur, que destaca la raza y trata de mantener a los negros en su sitio, el racismo liberal afirma no hacerlo” expresa Rene Monroe en un artículo para la web Rebelión que nos sirve de base para hacer este comentario. (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=89154)

Personalidades mundiales supuestamente muy blancas y occidentales como Mario Vargas Llosa (intelectual español nacido en Perú y promotor acérrimo y fanático de la cultura occidental y sus valores) se sienten ufanas de ser parte de dicha cultura a la que consideran como la fuente de la tolerancia, el saber y el respeto por los derechos del hombre. Para ellos, provenir de ese medio es un sinónimo de superioridad en todos los sentidos, en especial, en el moral. Cuando alguien dice haber realizado sus estudios superiores en las más insignes instituciones occidentales, como la universidad de Cambridge, es visto, ya no como simple humano, sino como un semidiós que viene a salvar a un país de su atraso e ignorancia. Sin embargo el racismo escondido detrás de sus títulos y cartones de pacotilla —y la bajeza que allí se camufla— son una realidad tanto o más execrable que la que se haya practicado en el peor país racista que hubiera existido.

El racismo moderno: el responsable

En esa universidad, en medio de tanto cretino que se vende a sí mismo como un ente superior (como si tener muchos títulos de abogacía convirtieran a alguien en honesto) existe una discriminación solapada que revela las más profundas ideas cavernarias sobre cómo está organizado el mundo. Digan lo que digan, para ellos la raza blanca y anglosajona es necesariamente la que tiene que dominar a la humanidad; prueba de esto es que la casi totalidad de las personalidades que prevalecen en el ámbito cultural y científico actual son de esa raza (exceptuando a unos cuantos orientales e indios que sirven para darle el matiz de pluralidad que el marketing exige). Pero claro: dirán que así no piensan ni los catedráticos ni los alumnos de dicha institución pero ¿será eso verdad? ¿Por qué la población que rodea a la universidad practica este racismo moderno (que no sale a la calle con palos y antorchas sino que llama discretamente a la policía cumpliendo con el “muy responsable” deber ciudadano de denunciar cualquier cosa que les parezca “extraño a su forma de vida”)? ¿Qué ha hecho ella para modificar en algo estas ideas, si es que es verdad que no las comparten? ¿Por qué sus autoridades se desplazan tan tranquilamente por sus avenidas y locales públicos y privados y no han notado nada anormal? ¿Son tan sabios para algunas cosas y tan incompetentes para otras que no pueden percibir el tufillo racista de las discretas expresiones de sus pobladores y funcionarios?

El prejuicio ante el diploma

La verdad es que en toda esa famosa entidad educativa se piensa lo mismo: están convencidos que hay una raza dominante y esa es la blanca anglosajona. ¿Existe alguna manera de negarlo? Por supuesto que los Vargas Llosa del mundo no dirán ni palabra sobre ello puesto que para ellos, como adalides y vendedores que son, lo importante es afirmar la necesidad de aceptar siempre la hegemonía occidental por sobre todas las cosas. Lo grave es que muchos habitantes de los países tercermundistas se pliegan a ese prejuicio y por eso estudian en universidades de este tipo para después regresar a sus países de origen a ofrecerse como las más insignes personalidades políticas, exigiendo que se les entregue la conducción del país. “Es de Harvard, es de Cambridge”, dicen sus aduladores y lo repiten los medios de comunicación, absortos ante ellos como si de extraterrestres se tratase, intentando promoverlos cual renombrados boxeadores. Finalmente los gobiernos, mayormente sumisos a las políticas de Washington y de Europa, los ven como buenos interlocutores y fieles correligionarios (prooccidentales por excelencia) y los eligen debido a sus “inmensos méritos y a su gran currículum”.

Saber es poder

Si embargo a partir de ahora, gracias a incidentes como éstos —que revelan la verdadera miseria moral y humana de quienes provienen de estos centros universitarios— estamos advertidos que muchos de los que allí estudian y se gradúan lo hacen principalmente para asumir el mando de sus países pero siguiendo las líneas maestras del imperio anglosajón. Pasan del aula al gobierno o al ministerio bajo el supuesto que sus gigantescos conocimientos aportarán algo bueno, cuando en realidad lo único que van a hacer es reforzar a los grupos de poder (de los cuales casi siempre ellos provienen) y la relación dependiente con Occidente. Dicho en pocas palabras: en universidades como Cambridge se forman los futuros líderes que difundirán el pensamiento retrógrado, prepotente y racista que se impondrá en el resto del mundo, poniendo principalmente por delante la idea de que “siempre un blanco, con estudios o sin ellos, es y será superior”. Ello lo reflejarán después en las políticas orientadas a mantener el statu quo actual. Por todo esto creemos que ha llegado el momento de denunciar a estos déspotas ilustrados y demostrar que su calidad moral es inversamente proporcional a sus conocimientos. En nuestra opinión, se trata de asesinos tecnócratas que no saben que lo son y que no dan la cara, pero que aprietan un botón, a miles de kilómetros de distancia de donde se producen las masacres, sin que ellos sientan el mínimo remordimiento. Estamos, entonces, todos advertidos.

jueves, 18 de junio de 2009

El racismo en Latinoamérica

Si no fuera por el racismo en la mayor parte de los países de Latinoamérica no sabríamos diferenciar a las personas por su origen ni su nivel socio-económico-cultural y nos vincularíamos con gente incompatible con nuestros pensamientos e ideas, ocasionándose así un caos producto de las innumerables discrepancias entre unas costumbres y otras.

Veamos un ejemplo de ello. Todos sabemos de la marcada propensión al machismo en las clases C, D y E. En cambio, en las clases A y B, éste es notoriamente de menor intensidad. Si alguien con costumbres de A se juntara con una persona de clase D las ofensas y disputas serían irreconciliables por ser ambos de diferentes ideosincracias. En estos casos el racismo a priori evita estos malos entendidos y desencuentros al facilitar la rápida selección de nuestro prójimo. Este sería el lado positivo del racismo. Pero ahora veámoslo en su otra dimensión.

Podría haberse dado otro factor discriminante que no fuera el color de la piel, como sucede por ejemplo en Holanda, donde casi todos son blancos. En esos contextos las diferencias se establecen por la cultura, el tipo de vestimenta, los modales, la forma de expresarse, los lugares a donde se frecuenta, etc., algo que un portero de una discoteca europea sí puede distinguir, mientras que uno latinoamericano le es imposible. Para estos todos los blancos son superiores, se vistan como se vistan. Pero lo cierto es que en Latinoamérica, por los avatares de su historia, el factor más importante para diferenciar una clase de otra es la “raza”, el aspecto físico. En pocas palabras: el color de la piel. Entonces ello sí es importante para saber quién es quién y a quién se le dice señor y a quién se le dice “o’e tú”; a quién se lo elige ministro o ejecutivo y a quién vigilante. Si no se respetaran estas “diferencias” se produciría un descalabro económico-social. ¿Por qué? Por lo siguiente.

Las causas: la conservación de los privilegios

Todos sabemos lo importante que son las herencias familiares, más aún si éstas son cuantiosas, como ocurre en las grandes empresas y grupos económicos. La gran preocupación de sus dueños es y será siempre a quién le delegan toda esa fortuna y poder. Si sus hijos, por mala suerte, se casaran con personas que no pertenecieran a su misma estirpe o clase social esa fortuna pasaría a manos “extrañas”, a seres con otras costumbres, provenientes de otras realidades y con otro tipo de vínculos sociales. Así el imperio de dicho clan se acabaría.

Entonces, para conservar esos privilegios, a los niños de clase alta se les enseña, desde pequeños, que solo deben juntarse con sus iguales. ¿Y quiénes son sus iguales? Aquellos que poseen, principalmente, sus mismas características físicas (después viene el tipo de apellido, el lugar de residencia, los sitios donde se frecuenta, etc.). Como consecuencia de ello todos se casan entre blancos y así acrecientan y aseguran las fortunas de las familias. En pocas palabras: los ricos se juntan con los ricos, y los ricos en Latinoamérica suelen ser blancos. Rico, blanco, poderoso, superior son, en nuestra realidad, sinónimos.

Racismo invertido

Pero este racismo no solo ocurre entre las clases altas sino también entre los niveles C, D y E. El mestizo se siente “blanco” frente a la “indígena” o la “negrita”, y en los hogares más modestos la gente se alegra cuando alguien consigue una pareja blanquiñosa o “blancona”, como dicen, lo cual es, para ellos, un privilegio, un ascenso social. La piel blanca abre muchas puertas en la vida. Y aquel que lo niegue es, evidentemente, un blanco, porque son ellos (los de apellido importante, por supuesto) los únicos que niegan que exista el racismo. ¿Por qué? Porque no les conviene que se hagan manifiestas las diferencias sociales, dándole a entender a la gente común que “todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades”.

Pero ¿será cierto que todos tenemos las mismas oportunidades, así no seamos blancos? La niña egresada de un colegio estatal, proveniente de un barrio pobre de la ciudad y que quiere hacer cine ¿tendrá las mismas oportunidades frente a la rica? ¿Podrá estudiar su carrera en Europa, en Estados Unidos? ¿Tendrá parientes influyentes en el mundo de la cultura que la apoyen y le den los mejores contactos con las empresas cinematográficas? Lo más probable es que termine trabajando de obrera en una empresa o quizá de vendedora en alguna tienda.

La derecha en Latinoamérica es blanca

Como prueba de esta afirmación, cada vez que en televisión se ve a algún latinoamericano que es blanco es casi seguro que pertenece a los sectores altos y que tiene un pensamiento de derecha. La gran mayoría de políticos de esa línea, proclives a las ideas occidentales, son blancos. Mientras tanto, la gran mayoría, por no decir casi todos, los que se oponen al modelo neoliberal y a la derecha son de raza mestiza (aunque como en todo hay excepciones y variantes, como pueden ser Argentina o Uruguay, pero eso no invalida la realidad general).

Entonces, para redondear la idea, en Latinoamérica las ubicaciones sociales y económicas tienen una correspondencia racial, fenómeno que de algún modo se intenta cambiar en algunos gobiernos actuales como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, pero de los que a la fecha no sabemos su destino. Esperamos que de alguna manera ello sea un síntoma de que la historia está dando un vuelco y que éste sea a favor de los postergados y marginados.

Mientras tanto, insistimos en que negar la realidad del racismo no tiene sentido porque sería seguirle el juego a aquellos que, al hacerlo, lo ocultan y así evitan que se haga visible, que salga a la luz y que sea motivo de juicio y condena. La mejor manera de combatirlo es identificarlo bien, sin minimizarlo ni exagerarlo, y así saber sus causas y sus mecanismos de perpetuación.

martes, 2 de junio de 2009

Más sobre el racismo en el Perú

Existen naciones conformadas por diferentes pueblos, razas, lenguas y costumbres para quienes eso es precisamente una ventaja, un matiz que los enriquece y de lo cual están orgullosos. Allí se puede decir que en la variedad está el gusto. Tenemos ejemplos que lo demuestran como Suiza, con sus 23 cantones y cuatro lenguas oficiales (suizo, alemán, francés e italiano), la cual tiene una conformación geográfica muy similar a Bolivia (montañosa y mediterránea).

Pero ¿por qué en Bolivia el factor racial, cultural y geográfico los divide y por qué en Suiza sí los integra y enriquece? La respuesta es: por la voluntad de sus clases dominantes. En Suiza, después de muchas guerras, llegaron a la conclusión que lo mejor era tener un país viable para todos y no solo para uno de los grupos dominantes. Mientras que en Bolivia, después de muchas guerras, hay un grupo dominante (caracterizado por ser blanco) que se niega a dejar de ser el grupo privilegiado y es el que insiste en que ellos no son iguales a los "indios". Por lo tanto, los “indios” también les cierran las puertas a los blancos.

Esto es algo que va contra la experiencia pues ésta nos demuestra que no existe nación en la Tierra que no esté conformada por varias naciones con varios tipos de cultura dentro de ella, así que no se puede decir que eso sea algo imposible de resolverse. La convivencia es un trabajo social y sicológico que el propio humano debe crear mediante las leyes y la educación. Pero ni en Bolivia ni Perú se hace.

En el caso del Perú no existe la intención de abandonar este esquema de confrontación racial-cultural. No hace falta ser muy suspicaz para ver que allí no se fomenta la integración sino el racismo. Se sigue insistiendo en establecer las diferencias en vez de quebrarlas. Se persiste en que, por ejemplo, la televisión sea "blanca" y sus mujeres "rubias". Se busca que los funcionarios más importantes sean todos "blancos, de preferencia de universidades de clase A y con estudios en el extranjero", algo imposible de lograr para la mayor parte del país que es no blanca. Se aplaude que exista un balneario exclusivo para blancos, llamado Asia, donde no pueden ingresar peruanos de otro aspecto, así tengan más dinero que todos los veraneantes juntos. No se los quiere aceptar porque el ser blanco es un requisito para manejar fácilmente la exclusividad. Es una característica diferencial como en otras partes lo es la religión, el origen familiar, el dinero o los títulos nobiliarios, allí donde el color de la piel es similar en todos los habitantes.

Pero ¿a dónde conduce todo esto? A dónde más sino a que aparezcan un Morales, un Chávez o un Fidel que rompan esta infausta situación de marginación y conflicto soterrado. ¿Cuánto tiempo falta para que esto se manifieste teniendo a su costado a los países más directamente iguales, sus pares, que están diciendo cuál es su inevitable destino?

El tema es que todos los peruanos, empezando por los más ricos y poderosos, deberían procurar crear una nación de iguales, no una igualdad solo en el papel y en la ley. El suizo italiano es igual al suizo alemán; en cambio el peruano blanco no es igual al peruano cholo. Incluso en el extranjero los peruanos blancos de clase alta se diferencian de los otros puesto que la mayor parte posee pasaporte de otros países gracias a una relación de parentesco o por medio de la nacionalización.

Todo parece indicar que el futuro ya tiene reservado para el Perú un fenómeno similar al de toda América, el cual parece inevitable por más se lo intente demorar con los TLC o con las alianzas militares con USA, la que supuestamente fungirá de protectora de la clase dominante peruana en caso se produzca algún cambio social. Veremos si ese argumento llegará realmente a funcionar.

viernes, 29 de mayo de 2009

Apuntes sobre el racismo en el Perú

El racismo es la identificación a través de una determinada apariencia física. En su aspecto más negativo, sirve para la apropiación de las mayores ventajas de algo.

En realidad, si bien el racismo está asociado al abuso y explotación, no necesariamente tiene tal fin y, muchas veces, es necesario para diversos usos en la vida diaria. Por ejemplo, para una determinada actuación musical, es necesario que los danzantes tengan un biotipo racial común, como los danzantes de tijeras o los de festejo. En otros casos se lo utiliza como un ejemplo de integración más que de separación, como cuando se ve a varios individuos de aspecto racial diferentes unidos en una sola imagen, al estilo de los viejos comerciales de Coca cola. Hay casos en los que ayuda a que la gente se sienta más identificada con una determinada expresión cultural al otorgarle aspectos raciales de origen provenientes de sus antepasados (lo cual no es necesariamente malo ni bueno, sino solo un elemento que beneficia a la identificación).

Hay también un racismo natural, en el sentido que muchas veces las personas gustan más de sus iguales, de aquellos con quienes pueden compartir sus mismas costumbres y culturas, y por eso prefieren, en muchos casos, gente que se parezca a ellos (como les pasa a muchos peruanos que, viviendo en el extranjero, se casan con peruanas porque "son más afines a ellos"). En general, el racismo, en su buen sentido, es un indicador de algo: de una cultura, de un género o modo de vida, de una forma de pensamiento, por la que los individuos pueden o no optar. El racismo entonces, tal como lo demuestra la historia, no es un factor condicionante ni obliga a nadie nada. Siempre es una opción; prueba de ello son los innumerables casos de mezclas de distintas razas a lo largo del tiempo, lo que ha permitido a su vez que la humanidad no se degrade como especie.

Pero el aspecto más común asociado al racismo es el negativo, el que discrimina a unos a favor de otros. Aquí el asunto es más complejo, por cuanto siempre, en estos casos, existen dos posiciones encontradas, ambas con su respectiva razón. Tanto el que discrimina como el discriminado tienen argumentos que los justifican. Muchos encuentran en el racismo una forma de preservación de su manera de ser y de pensar, de su cultura ancestral que, muchas veces, se encuentra en vías de extinción, cosa que sucede, por ejemplo, con el pueblo gitano. Para ellos la apertura significaría la muerte de su cultura, por eso consideran necesario el racismo, por una necesidad de sobrevivencia.

Existen otros casos donde el racismo sirve para proteger una forma de poder, de conquista o de privilegios los cuales, si no se elitizan, correrían el riesgo de perderse con la mezcla. Esta es la forma más común de racismo pues es el que tiene por origen o razón de ser la preservación del beneficio económico que da el poder. Aquí el caso más conocido es el de los judíos quienes, sin ser realmente una raza (pues no existe la raza judía) sí existe como “concepto” (“el pueblo judío”) lo cual sirve para mantener, entre quienes son considerados como “judíos”, el poder. Eso es lo que explica porqué a lo largo de la historia de Occidente numerosos “judíos” han alcanzado notoriedad en todos los campos a pesar de no ser un pueblo numeroso: porque siempre han contado con la preferencia de los miembros de su “pueblo-raza” que los han escogido a ellos antes que a los no judíos (esto es necesario decirlo porque existe una creencia popular de que los judíos son “seres superiores” y que por eso destacan en todo; esto no es cierto: más bien son quienes tienen la prerrogativa en todo, por eso “inevitablemente destacan en todo”, manteniéndose así el privilegio de pertenecer a la “raza judía”, que ya sabemos que no existe).

Entonces, tanto el discriminador como el discriminado tienen ambos el mismo derecho a acusarse y defenderse con el argumento de la justicia a su favor. En este terreno no existe autoridad que pueda juzgar con equidad porque se trata de dos formas de ver la realidad.

En el caso del Perú el racismo tiene la misma connotación negativa que hemos mencionado: no sirve para mostrar la unión de los peruanos (como puede suceder en algunos países de Europa donde, como en Francia, se está empezando a admitir a los negros como franceses) sino sirve para resaltar más bien la enorme y ancestral desunión. Lo que en unas partes sirve para demostrar que, por encima de la raza, está la unión de una sociedad, en el Perú sirve para demostrar lo contrario. La explicación es que aquí los privilegios están dirigidos todos a favorecer a un determinado tipo racial (en este caso, blanco, pudiendo haber sido asiático u otro) el cual, por un consenso social, tiene la prerrogativa de estar POR ENCIMA DE LA LEY, lo cual es, para este grupo, una enorme ventaja con respecto al resto.

Pero así como esto significa una ventaja y un privilegio desmesurado para unos pocos es a la vez la causa de la gigantesca injusticia y el desequilibrio que existe en nuestra sociedad. En una nación donde unos cuantos se apropian de la mayor parte en perjuicio de muchos existe el germen de un desorden y un descontento tan grandes que inevitablemente terminará en revolución.

En resumidas cuentas: la sociedad peruana posee un racismo de tipo negativo pues es disociador en vez de unificador y produce un notorio desequilibrio que pone en peligro la estabilidad de la nación. Los últimos veinte años de prosperidad demuestran que la única región del Perú que se ha beneficiado de ello ha sido “Asia”, incluida su extraordinaria pista, mientras que el resto del país se encuentra igual o peor a como estaba hace treinta años. Todos los empresarios, los funcionarios y profesionales de éxito en el país pertenecen al mismo biotipo: blancos. Todos se conocen, han estudiado en los mismos colegios, en las mismas universidades tanto del Perú como del extranjero. Y toda la riqueza y los mejores sueldos recaen, por esa razón, en ellos. Esto se llama racismo, en su peor sentido. Y este es el tipo de racismo que termina en revolución, al igual que pasó en Sudáfrica.

Mientras tanto el Estado, que debería cumplir el papel de distribuidor justo de los beneficios de la sociedad, solo se encarga de protegerlos, por lo que se ha desprestigiado y ha perdido total credibilidad ante el pueblo. Hace poco Barak Obama, el presidente de los Estados Unidos, en su discurso inaugural, dijo que una nación que solo se dedica a beneficiar a los más ricos es una nación condenada a desaparecer. Este parece ser el caso del Perú.